Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Bajo el influjo del escritor argentino Ricardo Piglia, hemos imaginado este intento de explicar lo inexplicable. La acción transcurre en un país oprimido y tenaz. La tenaz sudamericana. Aunque el narrador es contemporáneo, la historia que nos cuenta no lo es tanto. Es falsa, pero conocida. Se trata del tema del traidor y del héroe. Piglia nos recuerda que un aspecto peculiar de la guerra sucia en Argentina en que fueron desaparecidas cientos o miles de personas entre 1976 y 1983, es que las intenciones de la dictadura militar eran públicas y evidentes a quien quisiera escuchar sus declaraciones. “Los militares construyeron una versión de la realidad. En dicha fantasía, los militares y sus áulicos aparecían como los guardianes de la salud social. Comenzaron a circular una historia según la cual un cuerpo foráneo había penetrado la fábrica social y era necesario extirparlo quirúrgicamente. Ello anticipaba en público lo que en secreto ya ocurría con los cuerpos de las victimas. Todo era dicho sin decir nada”.
Pero mucho ha cambiado la violencia en América Latina desde los 80s. Para comenzar, los ideólogos de la guerra sucia de hoy se cuidan bien de no aparecer ante las cámaras con gafas oscuras, bigote y fatigas à la Franco o Videla. Por ello, nuestro personaje asume la apariencia de un joven inteligente y dotado, bien intencionado. Aparece entonces mirando a la nada, en un set vacío de tonos neutros, con aura de fondo, respondiendo a una entrevista que no existe, un falso positivo periodístico. Y nos cuenta su historia. Lo hace en inglés, sobre gesticulando y con acento del este de los Estados Unidos para mayor efecto dramático. Él, que ha olvidado conjugar los verbos en su lengua nativa, acude a otra lengua para redactar tanto su biografía como la historia del país. En el fondo, si no en la forma, se trata sin embargo de la misma historia: la versión de la realidad construida por los militares del Cono Sur para justificar lo injustificable y hacer inexplicable lo explicable.
La semana pasada cerró con dos grupos de noticias. De un lado, las circuladas por los colectivos, los jóvenes en las primeras filas, periodistas e instituciones públicas como el DANE confirmaban la realidad del drama que están detrás de la protesta. Desaparecidos. Brutalidad policial. El repudio a la violencia desatada como instrumento de protesta. Desempleo, desescolarización y pobreza. Del otro lado, la oficina de prensa de Presidencia se convertía en Ministry of Truth al circular un video en el cual el presidente Iván Duque deja de serlo, revisa la historia, la niega, y reaparece in fancy costume, hablando fancy language. Una copia de una copia, Ivan Duke. Not the Thin White Duke but a counterfeit David Duke. Ante semejantes simulaciones se quedan cortos ejercicios de ficción como los de Ricardo Piglia.
El abismo entre estas dos historias, la del Presidente y la de la gran mayoría, entre la realidad evidente y su negación es tan grande como el vacío que existe entre la Colombia de tonos neutros del video de Presidencia y las imágenes desgarradoras que han inundado las pantallas de los televisores y los celulares de toda la nación. Duke y sus amigos (amigos por ahora, Duke sabe que terminarán traicionándolo) parecen incapaces de entender lo que muchos tienen claro. Acuden a una historia repetida y una lectura equivocada. La historia que se repite es la de un ejercicio político paranoico y guerrerista, cocinado en los rincones más oscuros y tristes del continente. Recocida en la reunión que tuvo lugar en Quito el fin de semana pasado, on show en las fotografías de la posesión de Lasso que lo muestran en inmejorable compañía: Bolsonaro, Ayuso, los Vargas Llosa y el rey de España. Allí también estuvo Duke, en video. Se ha completado así la deriva de la derecha iberoamericana, desde la desilusión con la revolución setentófila hacia el liberalismo económico y el libertario. Para acabar, ahora, repitiendo el i-liberalismo autoritario de las juntas de ayer.
Todo esto y más contribuye a explicar por qué Colombia se encuentra en medio de la protesta más larga y generalizada de su historia reciente. Pero también nos sugiere que una limitación del paro y la protesta puede ser su carácter nacional. Los colectivos y organizaciones en la calle estarán en la tarea de extender sus redes mas allá de las fronteras que nos separan de las mismas historias de represión en Ecuador y Brasil, también en los Estados Unidos y en España. En esos lugares, como en Colombia, hay razones de más para interrumpir esa historia que postuló a la muerte como la condición necesaria de la propiedad y el orden social. En esos lugares, como en Colombia, no se trata de que detrás de este malestar generalizado haya un actor y una razón única. Tres semanas de levantamientos y protestas en Colombia demuestran con claridad que este no es el caso. Lo que debe seguir entonces son tanto otros ejercicios narrativos como otras políticas públicas. Unas que reconozcan lo explicable y que construyan por fin otro mañana.