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En 2013 escribí un libro titulado Historia de una muerte anunciada. El golpe contra Salvador Allende, 11 de septiembre de 1973. El libro fue publicado en vísperas del 40 aniversario del violento golpe de Estado que interrumpió el proceso democrático de la Revolución chilena poniendo fin a esa fase de la historia de la revuelta en las Américas. Llegó a la lista de los más vendidos del periódico londinense The Guardian, fue seleccionado en la lista corta para el prestigioso Premio Bread & Roses 2014 y escogido como una de las mejores publicaciones de no ficción del año. Se volvió a publicar en 2014, después de lo cual se tradujo a otros idiomas.
Para un libro crítico de este tipo entrar en una lista de best-sellers resulta un poco sorprendente. Mezclar la filosofía política con un enfoque minuciosamente documentado y material de la historia, y el guiño del título a las reconfiguraciones de la literatura modernista en las Américas no es la receta que un agente literario recomendaría para crear un éxito comercial.
Más sorprendente, sin embargo, fue la respuesta que obtuvo dicho agente al preguntar sobre el hecho de que, a pesar de su aparente atractivo de mercado y traducibilidad, el libro no llegó a ser publicado en una versión en español dirigida a su público más obvio: América Latina. “Mis contactos en la industria editorial española”, que ahora monopoliza en la práctica lo que se traduce, publica y pone a disposición de las audiencias de habla hispana, incluidas las Américas, me dicen que no hay interés en volver a visitar ese período. Dicen que se ha escrito lo suficiente y nada nuevo puede haber al respecto. La página ha pasado, y si alguien está interesado, puede leerlo en inglés. Fin de la historia”, me dijo.
Nada nuevo. El fin. Cincuenta años después, esas palabras resuenan fuertemente con los mismos objetivos y expectativas que explican o al menos contribuyeron a motivar el golpe que no solo llevó al poder al general Augusto Pinochet, sino también, a “limpiar” violentamente a Chile y luego al resto de las Américas y de esa manera allanar el camino para que se convirtiera en el punto cero del experimento ahora conocido como “neoliberalismo” y la exclusión del futuro.
En las semanas anteriores he visitado Latinoamérica para hablar de la manera en que el período que se inició entre 1973 y 1974 no solo incluye el golpe contra Allende y la destrucción de la ahora legendaria red informática y de comunicaciones llamada Proyecto Cybersyn, que prometía un futuro muy diferente para la cibernética y las redes sociales que el que ahora vivimos, sino también la invención de la famosa ecuación Black-Scholes, que abrió las puertas para la fijación de precios de los derivados y la financialización de todos los aspectos de la vida social.
Podría decirse que la unión de la violencia “legal” al estilo chileno que permite ciclos intermitentes de acumulación “primitiva” en tiempos de crisis y los mercados de derivativos financieros impulsados por el infoentretenimiento acelerado inauguraron el mundo en el que vivimos. El mundo de las violaciones masivas de los derechos humanos, las comisiones de la verdad o los tribunales de paz; la sociedad en red y los mercados globales de derivados que ponen fin al capitalismo tal como lo habíamos conocido, el del individualismo posesivo. El mundo de clases, movimientos y clasificaciones precarias, así como socialidades derivadas que a través del desplazamiento forzado de los costos ambientales destructivos a las generaciones futuras aún podrían significar el final. No el final de la historia del que hablase la agente literaria, sino el final de la Historia con H mayúscula. En fin, el mundo del capital y el resentimiento. El mundo en el que estamos. El mundo en el que nunca cesamos de caer.
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