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“América, ¿qué le ha pasado a tu optimismo, a tus fronteras por descubrir, a tus sueños simples pintados al crudo estilo de Norman Rockwell? Caigo en tu noche, América, empujándome en tu corazón como una hoja afilada. Pero el corte de mi espada es la esperanza”. Así describe el Sancho de Salman Rushdie la primera de las visiones que le brinda como un regalo la carretera que cruza de este a oeste los Estados Unidos en un bus Greyhound.
Siempre me ha parecido que esta frase guarda un secreto más allá del imaginario. Como en las visiones de los mal llamados chamanes, y en las colecciones genuinas de historias y dibujos de las que hablan Walter Benjamin, y entre nosotros, el antropólogo y escritor Miguel Taussig. Dichas visiones constituyen no tanto y no solamente un arte, sino también una herramienta de investigación social e histórica debido a sus cualidades ocultas y visionarias.
Rushdie, o su Sancho, ha visto el futuro de América y entonces el del occidente. Pero al contrario de quienes popularizaron la idea de occidente al reinventarla bajo el signo de la decadencia y el defensivismo, como Oswald Spengler y los hispanistas Americanistas después de Franco, el filo de la herramienta que usa Sancho para adentrarse en el corazón y el alma de América es la esperanza. Como bien se sabe, toda arma, toda tecnología tiene dos filos. De un lado, el miedo. Del otro, la esperanza. La primera es una pasión triste, a la que suele acompañar el pesimismo como suplemento. La segunda es una pasión de alzada propia del levantamiento que sigue a la caída, como en las imágenes de la poesía de Milton que inspiraron a los filósofos morales de la Ilustración y los teóricos de la justicia en los Estados Unidos.
Si el pesimismo que acompaña a la primera suele tornarse en la mayor preocupación, el defensivismo decadentista que lo niega todo y se traduce por ello en el más alto grado de derrotismo, la segunda se ocupa de identificar y negar lo que está mal aquí y ahora, en esta sociedad concreta. Es lo que distingue la negación indeterminada y abstracta, que piensa que todos está mal, que todo es malo, y que todos excepto yo y los que piensan como yo encarnan el mal, de la negación determinada.
Los pesimistas derrotistas reaccionan contra todo y contra todos para aniquilarlo como si se tratase del mal mismo. Trátese de producciones de la naturaleza como en el caso de las sustancias declaradas drogas, maléficas ellas mismas, o de la cultura, como las políticas progresistas y quienes las encarnan desde su experiencia de sufrimiento, opresión y guerra. Esto últimos, en cambio, desde su experiencia apuntan con el dedo a lo que puede cambiarse y mejorarse.
Hoy en día, las derechas están asumiendo el papel de derrotistas pesimistas y apocalípticos. Disimulan su derrotismo, la idea de que nada va a cambiar, de defensa de lo conquistado, de la ley y el orden, al tiempo que se autoexcluyen de ellas para aniquilar a quienes perciben como sus enemigos, que somos todos los demás, todos y todo, y apoderarse de lo que es de todos. De esa manera, al tiempo, se enriquecen. Son la corrupción y la decadencia, no en abstracto sino en concreto. Son el nihilismo que destruye todo en nombre de conservar lo conquistado. Así son Trump, De Santis, y sus malas copias: Ayuso en España, Bolsonaro en Brasil, o Duque y las derechas decadentistas que en Brasil, Colombia, Chile y otros países de las Américas ya se aprestan a usar lawfare y mediafare, o de nuevo el filo de las espadas (no la de Bolívar) si ello corresponde, con tal de mantener su orden derrotista, pesimista, defensivo y decadente.
A las izquierdas y los liberales de corazón, en cambio, les ocupa no solo y no tanto la defensa de lo que existe, sino el avivar la imaginación pública para acometer la más dura de todas las tareas: transformar los males concretos de nuestra sociedad, contra toda probabilidad y a partir de la experiencia de quienes han sufrido en carne propia y en el día a día dichos males. El ser racializados. El ser excluidas y subordinadas. Los pueblos convertidos en periferias a la mano de quienes se dicen centros. Las regiones, las fronteras que ya no quieren ser encubiertas ni exotizadas como lo nuevo, sino antes bien el lugar de un comienzo diferente. En eso consiste el principio de la esperanza. Que es el motivo del actuar ético y político en una época derrotista como la nuestra.
No será fácil. Los retos parecen insuperables. Pero esa es precisamente la lección y el legado de Sancho. Y de Rushdie. Y de los y las que luchan contra el nihilismo en España y en el resto de una Europa que se ensombrece. Y en las Américas. Parece que, a ellos y ellas, progresistas, liberales, y de izquierda les ocupara librar a América y las Américas (a Occidente) de ellas mismas. Hundiéndose en su corazón como una hoja afilada.
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