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¿Cómo resolver el problema del cambio climático?

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Oscar Guardiola-Rivera
09 de noviembre de 2022 - 05:00 a. m.
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La discusión sobre un fondo de reparaciones por los daños y pérdidas causadas a unos por las actividades de otros que causan degradación ambiental continúa sin resolverse en el ámbito de las Cumbres de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP). Se trata de una demanda que los países llamados pobres y en desarrollo han hecho pública desde anteriores versiones de la COP. No es una solicitud a los países llamados ricos y desarrollados. Mal podría serlo. Ello la haría depender de la gracia unilateral de estos últimos a quienes los primeros señalan como responsables de dichas actividades, que les han beneficiado. Antes bien, se ha transformado en un reclamo, por fin aceptado en la agenda de la COP27. ¿Por qué?

Para comenzar, la premisa que nos permite acercarnos de manera algo más justa al problema es simple: cualquier actividad que causa daño ambiental genera ganadores y perdedores. La actividad beneficia a algunos, de otra manera nadie la llevaría a cabo. Y otros cargan con los costos, por lo que el daño climático es visto como un problema. Entonces, la pregunta más básica es: ¿por qué los que se benefician de estas actividades pueden imponer tales costos ambientales a otros?

Como nos explican quienes se sirven de la ciencia para hablar de justicia social, existen tres respuestas posibles a esa pregunta. Primera, deferir los costos en el espacio y el tiempo. Por ejemplo, en las poblaciones de los países mal llamados periféricos o en las generaciones futuras que no están presentes aún y por tanto no pueden defenderse. En tales casos es necesario tomar en serio la filosofía política de las confederaciones y repúblicas indígenas expresada en sus instituciones. Como la Constitución de la Nación Tierra Blanca del 2013 y la Constitución del pueblo Iroqués que nos llama a ser responsables por aquellos “cuyos rostros están bajo la superficie de la tierra, los no nacidos aún de la Nación futura”. Dicha filosofía política republicana resulta ser más realista que la metafísica de la presencia que informa buena parte de nuestras instituciones jurídicas, políticas, y económicas actuales en la medida en que toma en cuenta la realidad del tiempo. Dicha concepción, a contrapelo de las metafísicas idealistas que declaran el tiempo una mera ilusión, permite pensar mejor tanto la relevancia del pasado latente en el presente como la relevancia actual de aquello que es pero no todavía. Como las generaciones siguientes.

Ello tiene implicaciones prácticas: solo si se concibe el tiempo de esta manera, será posible crear remedios basados no en modelos de pérdida, que hacen el cálculo del valor de tales fondos muy difícil por hacerlo depender de un contrafactual (por ejemplo, ¿qué tan desarrollada sería África si la esclavitud no hubiese tenido lugar?). Mas bien, al contrario, con base en modelos de ganancia similares a las opciones del mercado financiero cuyo valor depende no de contrafactuales, sino de acuerdos entre las partes forzados, al menos en parte, por la volatilidad cambiante de la situación y para hacer la incertidumbre algo más cierta.

Las otras dos respuestas, que quienes son afectados no sepan que lo son o su causa, o bien, que sabiéndolo carecen del suficiente poder económico y político para prevalecer en la toma de decisiones sociales, apuntan al mismo fenómeno que la primera. Disparidades en el poder. Entonces, la solución al problema es clara: hay que cambiar los balances de poder. A ello se orientan, precisamente, el reclamo y la demanda por un fondo pagado por los países cuya riqueza sea el resultado de ejercer actividades climáticamente dañinas y con costes impuestos a otros. Es una demanda justa. No solo posible sino también realizable. No va a ser concedida de manera graciosa. Es bien probable que los países beneficiarios deban ser forzados a pagar con el fin de liquidar las opciones ejercidas por los países a los que han impuesto costos ambientales. Para evitar que la volatilidad, ya evidente, crezca y se generalice. De manera que todos podamos esperar, entonces sí, un nuevo comienzo.

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