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De elección y Bad Bunny

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Oscar Guardiola-Rivera
03 de junio de 2026 - 05:05 a. m.
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Ya hemos estado aquí antes. Partiendo desde atrás para llegar a la meta primero y ganar. Como Bad Bunny. “Es otro reggaetonero más”, decían quienes descartaban su música y la subcultura que representa. Esa cultura nos viene desde abajo. Tiene calle, expresa la experiencia de los victimizados por la fuerza, las reclutadas y los reclutados en la historia por la puerta de atrás y desde abajo. Como nuestros padres y sus ancestros en el Caribe y el Pacífico, migrantes, indígenas, mulatos y negros sometidos a concierto forzoso, arriendo y deuda. Los que emigraron y las que emigraron de la costa a las capitales. Las mujeres trabajadoras y maltratadas en casa, cuyos hijos fueron reclutados por los guerreros o asesinados por la policía y los paramilitares para luego ser negados como “falsos positivos” y tratados como basura en las protestas del 2021. Los campesinos y pescadores desplazados de la finca Las Pavas y de otros lugares por terratenientes con la ayuda de abogados sin escrúpulos, maltratadores con yate de lujo y rólex. Los jóvenes de ayer y de hoy precarizados por deuda y arriendo que lo dan todo para defender su ambiente y salir adelante, así como lo hacen en el círculo reguetón y dembow. Como la niña Juana y los miembros de la banda Diecinueve de Marzo de Laguneta, quienes crearon el porro palitiao, el guapirreo y los ritmos que resuenan con la rara, la bomba y la plana que Bad Bunny fusiona con reguetón y dembow en DeBí TiRAR Más FOToS.

Nos movemos desde atrás con la vista puesta delante, para que el futuro sea diferente. Esos ritmos son movimiento. Nos mueven. Están unidos al movimiento de las mujeres que ya no lloran y no están dispuestas a aceptar ser maltratadas, al campesino, y al de los jóvenes que resisten a que les disparen en los ojos y los llamen dizque comunistas para así justificar o negar que los matan. Por eso los hacen de lado, y a su cultura y su música. Como hacían antes con la electrónica, el hip hop, el dancehall, y el rock.

Yo soy rockero, más bien punkero. Lo soy desde que me acuerdo. En los ochenta y noventa, durante la apoteosis de la guerra sucia en Colombia, iba a Barbarie y Kalimán para escapar y encontrarme con otros jóvenes hartos de la guerra. Para respirar y sobrevivir a la atmosfera tóxica de violencia y razón de estado que nos imponían desde arriba so pretexto de defender la democracia. Allí escuchábamos a The Clash mezclando reggae y ska con ritmos de batería a toda prisa, y hacíamos nuestras propias mezclas. Bailábamos a Sumo, cuya música nos llegaba en cintas contrabandeadas grabadas sin permiso en el Café Einstein de Buenos Aires a donde los milicos y los hombres de gris no entraban.

En una de esas cintas aprendimos de Luca Prodan que nuestros sitios y nuestra música eran under, queriendo decir desde atrás y desde abajo. Como underground o underdogs. Así se denomina a los que partimos de atrás para llegar a la meta primero. Los outsiders verdaderos. En ello no hay nada gris, ni aburrido, ni resentido. Hay euforia y goce. Es la búsqueda de una imagen esperanzadora del futuro. Solo que esa esperanza no es romántica. Está a medio camino entre la dicha y la autodestrucción porque no cierra los ojos ante la violencia que ha organizado nuestras vidas familiares e íntimas, ni la niega. Y no es sinónimo de la felicidad falsa que nos prometen los que alardean de su yate y de su rólex al tiempo que maltratan a las hijas y defienden a quienes nos matan. Estos últimos no saben de dónde vienen el reguetón o el dembow y no les importa ni el ambiente, ni nuestro futuro, ni nuestra historia. Como Trump, al que sirven como lacayos, se ponen la máscara de los nunca para continuar sirviendo a los de siempre. Y cuando bailan lo hacen forzando a las mujeres y dando pasos en falso. Su baile, su espectáculo y su movida, como todo en ellos, es falso. Lo han robado a otros. ¿Si así tratan a sus hijas, como tratarán al resto de la gente? Todo lo copian. Wannabe Trump, wannabe Milei, wannabe Bukele. Quiere llenar el mundo consigo mismo y por eso alardea de su reloj y de su sexo. Es un tirano.

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