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El éxito del paro

Oscar Guardiola-Rivera

22 de junio de 2021 - 11:57 p. m.

Si la acción de protesta se entiende como un ensayo de la conciencia transformadora antes de la performance actual, entonces este paro ha sido un éxito. Por ello quieren sepultarlo.

Opinión
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Quienes miden el éxito o fracaso del paro y la protesta en términos de resultados, demandas recogidas por el estado, o proyectos legislativos de reforma, hacen bien en recordarnos la sobriedad que requiere pensar el día siguiente. En tal sentido, su intervención es bienvenida. Pero se equivocan al confundir el sentido de la protesta con sus logros mas o menos inmediatos, o para ser mas precisos con la falta de estos en general.

Aunque en principio podemos estar de acuerdo en que el paro y la protesta expresan juicios racionales negativos, en el sentido de un encuentro entre personas con demandas diversas que se reúnen para decir no y denunciar el estado actual de cosas, quienes afirman el fracaso de la protesta por la falta de consecuencias y logros inmediatos confunden al menos dos sentidos de la negatividad. Confunden el juicio indeterminado y el escepticismo generalizado, con una negación determinada. El primero corresponde a quien afirma en modo general que vivimos en un mundo totalitario, o en incesantes ciclos de guerra, y que no importa cuan alto precio hayan pagado quienes salieron a la calle al final nuestros esfuerzos han sido tan solo una gota de agua en el océano.

Asumen pues, respecto del presente, el punto de vista de la finitud, y lo ven como si ya hubiese pasado. Aunque sobrio, dicho punto de vista está bien lejos de ser critico. Antes bien, es derrotista y por lo mismo contraproducente. Puede incluso llegar a ser un derrotismo máximo, la negación cosificada: las organizaciones populares son débiles, incapaces de encadenar sus demandas, y si lo hacen resultan ser tan solo propuestas de reforma que el estado puede ignorar. En suma, su progreso, todo progreso, es solo aparente. Pues bien, lo que nos dicen los jóvenes en las calles de Estados Unidos, en Chile, en Palestina y en Colombia es que no están interesados en el derrotismo como profesión: ‘nos amenazaron diciendo que si salíamos nos mataría el Covid, y nos terminó matando el estado’, dice una de las frases mas repetidas en dichas protestas.

Esa es una negación determinada que pone el dedo sobre algo: no cuentan solo los efectos de una año y medio de pandemia, que los hay y son muy graves, sino también las perspectivas de no-futuro que esta ha hecho visibles. Paro, precariedad en aumento, salud mental y alienación social, crisis educativa y sanitaria, criminalización. El esto concreto que apuntan con el dedo no es un fenómeno de la naturaleza sino una forma de poder: la globalización de la condición del colonialismo interno, de colonos, que asume como si fuese de sentido común el que una parte de la población debe convertirse, largarse o ser aniquilada.

Ya no es el ‘déjenlos comer pastel’ de María Antonieta, sino el ‘déjenlos morir’ de Bolsonaro y Duque, y el de sus poblaciones de apoyo irrestricto que se reúnen en Ciudad Jardín de Cali con la policía y quizás también con algún miembro del partido de gobierno para armarse y defender o conservar lo conquistado. O lo que es lo mismo, para salir a ‘cazar indios’ y jóvenes afro-latinoamericanos y de tal manera autoafirmarse como la salvaguarda médica de la sociedad toda en contra de la amenaza permanente por parte de enemigos y contaminantes dispersos.

Es esto a lo que apuntan con el dedo quienes protestan: ‘el patriarcado es un juez, que nos juzga por nacer’ dice el estribillo de la performance de Las Tesis cuyo titulo hace referencia a un slogan publicitario usado por los carabineros de Chile en los 90s, parecido al ‘una sola razón” de la ‘reformada’ policía colombiana. He allí el secreto publico: este aparato estatal que ha subsumido al legislativo y los organismos de control, que nos criminaliza y nos mata, presupone la homogeneidad del grupo. Y todo lo que no quepa allí, nos lo volvió a recordar Duque en ese infame video angloparlante en el que reencarna a la Junta Militar de las dictaduras del Cono Sur, hay que extirparlo como si fuese un cáncer del cuerpo político.

Para algunos, el objetivo de una protesta es el logro de ciertas demandas. Pero ello no solo confunde el objetivo con el sentido y la orientación de la protesta, sino que además nos impide pensar en los limites de la política de las demandas: el placer cosificado, por ejemplo, en el círculo vicioso entre quienes demandan del estado algo que este va a ignorar, pero siguen haciéndolo pues ello por lo menos les hace sentir bien en lo mas intimo de su corazón. Hasta el punto de gozar el propio sufrimiento, la frustración y la rabia. Por el contrario, la protesta de los jóvenes es la infelicidad cuando le sirve de algo a quienes han tomado una decisión.

Esa negación, en tanto que conoce el de donde viene es reconocida como denuncia concreta, y en tanto que suspende el para qué de las demandas particulares emerge, y este ser insuficiente es denunciado como insuficiente y espantoso: este estado no existe para hacer que las cosas sean mejores sino solamente para sostener el reino del terror al recrear el grupo unipolar, la sola razón que no admite ambigüedad alguna. Y ello lo prueban los cuerpos flotando en el rio y la cabeza cortada de Santiago Ochoa. En este caso no cabe la mesura. Al poner sus cartas sobre la mesa, dicha negación se convierte en rebeldía y en acción.

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Si la acción de protesta se entiende como un ensayo de la conciencia transformadora antes de la performance actual, que denuncia e ilumina la dirección hacia la cual habrán de dirigirse nuestros pasos en los días difíciles que vienen, entonces este paro ha sido un éxito. Por ello quieren sepultarlo.

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