Publicidad

El significado de matar

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Oscar Guardiola-Rivera
06 de mayo de 2026 - 05:05 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

El 14 de octubre de 2025, el presidente Donald Trump anunció en Truth Social que había ordenado, sin juicio ni proceso legal, muerte y ejecución en el Caribe. Como se ha vuelto habitual en nuestra era de soberanía del espectáculo en pantalla, la publicación digital incluyó un vídeo de 33 segundos. La imagen aérea muestra la detonación de un misil que mata a Rishi Samaroo, de 41 años, y Chad Joseph, de 26, junto con otros cuatro ocupantes de una embarcación que viajaba desde la costa norte de Venezuela a Las Cuevas, en Trinidad. Este fue el quinto ataque contra personas negras y latinas pobres durante el cerco de los mares abiertos del Atlántico y el Pacífico justificado mediante una opinión secreta redactada por abogados del llamado Departamento de Justicia de los EE. UU. En lo que va de octubre del 2025 hasta la semana pasada se piensa que unas 188 personas han sido asesinadas.

Ese número puede palidecer frente a otro, hecho público la semana pasada por la Jurisdicción Especial de Paz de Colombia durante una audiencia acerca de la masacre de la Resbalosa en Apartadó, Antioquia. Al final de dicha audiencia, el magistrado Pedro Díaz reveló la cifra arrojada por el más reciente trabajo de depuración realizado por el equipo de investigación de esa unidad que dirige el muy brillante antropólogo, pensador y escritor Juan Felipe García acerca del universo de los llamados “falsos positivos”: 7.837.

¿Por qué la resonancia entre esas cifras? ¿Qué significan esas muertes?

Es posible que las cifras de los muertos en el Caribe y las que tuvieron lugar durante la apoteosis de la guerra en Colombia no sean comparables, pero pertenecen al mismo universo: el de quienes piensan que pueden domesticar la fuerza para alcanzar los fines que supuestamente la justifican. Como la confianza de los inversionistas, la seguridad de los terratenientes y otros bienes particulares que confunden con el bien común.

Importa además el estilo y la manera en que se dieron a conocer estos hechos. Las ejecuciones de Trump aparecen en Truth Social como bajadas del cielo, literalmente, de la nube, de su red privada. Me enteré de la cifra de falsos positivos, como muchos otros y otras, en los reportes del radio y televisión pública, a través de las fuentes de información de la JEP y de los memes que con base en esas fuentes circularon desde abajo. Esa diferencia importa pues es a través de la diseminación de ciertas imágenes y ciertos lenguajes que se busca dar forma, afianzar o minar la confianza en las posibilidades del actuar político. De disfrazar los bienes privados como tolerantes y tolerables o hacerlos pasar por el bien público. De construir o destruir lo público y al sujeto de lo público; eso que suele llamarse “la comunidad” o “el pueblo”.

Fueron los poetas del Caribe del siglo pasado quienes mejor distinguieron entre sus comunidades una suerte de disglosia. No la que divide el habla creole o raizal del francés, el inglés o el castellano desde el punto de vista lingüístico, sino aquella otra mediante la cual se separan el lenguaje del poder del lenguaje popular corriente y la lengua del ascenso social de los estilos y afectividades “desde abajo”. Cuando esta última se hace escuchar, el resultado es una suerte de corto circuito. Fue lo que molestó a algunos cuando el presidente Gustavo Petro invitó a un joven youtuber a la Casa de Nariño. Y es lo que les molesta cuando escuchamos a las madres de los “falsos positivos” calificar de burla la propuesta de nombrar a Álvaro Uribe Vélez como ministro de defensa si gana el palomismo.

Alguien me hizo notar que la reacción de Uribe ante la cifra de falsos positivos revelada por los investigadores de la JEP habría pasado más o menos desapercibida en medio de los debates sobre los debates acerca de seguridad, drogas, guerra y paz en el escenario político nacional e internacional. Para comenzar, parece que Uribe ya no niega la cifra, pero alega que se trata de una verdad a medias. En su parecer, la verdad completa pasa por entender que la llamada “seguridad democrática de confianza inversionista” le sirvió al país, aunque se hubiesen cometido equivocaciones. Incluidas las suyas propias. Se trataría del viejo y conocido argumento según el cual el fin justifica los medios. Solo que, en este caso, como sucede en casi todos los casos de instrumentalización de los medios para el logro de fines que se suponen más altos, son los medios los que terminan gobernando a los fines.

Por ello, me dicen quienes saben más que yo de estas cosas, el expresidente se habría encerrado en su propio dilema. O bien habría reconocido que se dio la orden de aumentar los resultados militares para ganar las elecciones y mantener el disfraz de la seguridad democrática y la confianza inversionista a costa de campesinos y jóvenes de entre la población civil no combatiente, lo que puede implicar (ir)responsabilidades políticas y hasta criminales. O bien, ante la evidencia que hace imposible seguir negando lo ocurrido, endilga la culpa a sus subordinados, argumenta que fue engañado por ellos, y dice, disfrazado de pueblo, que si “a uno le cuentan que alguien que uno quiere está haciendo mal, en principio uno no cree”, con lo cual aparece como un hombre débil, moralmente culpable e incapaz de liderazgo. Como el coronel Jessep de la película A Few Good Men.

Por mi parte, creo que el ejemplo de Jessep y la voluntad de exhibición espectacular de Trump deberían hacernos preguntar cuán lejos nos lleva la satisfacción de ver a los perpetradores confesar la verdad de sus culpas y exponerla a la luz. La normalización de las ejecuciones violentas en el Caribe y la relativamente escasa atención a las “confesiones” de Uribe podrían significar que, de una parte, no bastan las revelaciones para convencer a quienes prefieren permanecer en la seguridad de su cueva observando las sombras. Y de la otra, existe el peligro de que nos hayamos acostumbrado, vuelto adictos a la satisfacción que nos causa la negativa de los poderosos a acceder a nuestras demandas y reconocer de una vez por todas su parte en la administración de las medias verdades, de la vida y de la muerte.

Como sea, deberíamos recordar que quienes gobiernan por el miedo también temen. Temen que un buen día nosotros, las multitudes, las gentes, el pueblo ya no expresemos lealtad y obediencia. Temen que, antes bien, aburridos de sus mentiras y de la crueldad de sus disfraces nuestra respuesta sea un bostezo. Que ni siquiera nos molestemos ya en mirar hacia arriba para identificarnos con ellos por miedo o reverencia. Ese día, que bien puede ser este, habremos comenzado a comportarnos como seres libres.

👀🌎📄 ¿Ya se enteró de las últimas noticias en el mundo? Invitamos a verlas en El Espectador.

El Espectador, comprometido con ofrecer la mejor experiencia a sus lectores, ha forjado una alianza estratégica con The New York Times con el 30 % de descuento.

Este plan ofrece una experiencia informativa completa, combinando el mejor periodismo colombiano con la cobertura internacional de The New York Times. No pierda la oportunidad de acceder a todos estos beneficios y más. ¡Suscríbase aquí a El Espectador hoy y viva el periodismo desde una perspectiva global!

📧 📬 🌍 Si le interesa recibir un resumen semanal de las noticias y análisis de la sección Internacional de El Espectador, puede ingresar a nuestro portafolio de newsletters, buscar “No es el fin del mundo” e inscribirse a nuestro boletín. Si desea contactar al equipo, puede hacerlo escribiendo a mmedina@elespectador.com

Conoce más

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.