¿El rey? Bueno, el rey está desnudo. Eso dice el niño en el famoso cuento de Andersen. El niño dice la verdad, al igual que los jóvenes y las víctimas cuando alguien las escucha. Eso fue lo que hizo la Comisión de la Verdad dirigida por Francisco de Roux en Colombia, que cuenta con el apoyo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y otros organismos internacionales. El volumen No es un mal menor cuenta la verdad que arrojó la escucha de esos niños y niñas. Los 2.744 testimonios allí recogidos dan cuenta de 4.014 víctimas menores de dieciocho años, de sus vidas puestas en riesgo, de su reclutamiento por parte de guerrillas y paramilitares, y de su vinculación por parte de la fuerza pública.
No se omite la violencia que contra esos niños cometieron las guerrillas de izquierda ni se le da menor importancia que aquella ejercida por la fuerza pública. De modo que la posición política de los comisionados, y no cabe suponer cuál sea, ni le resta valor ni veracidad a su trabajo. Decir lo contrario es torcer los hechos que cuentan los niños y niñas que sufrieron esa violencia tal y como aparecen consignados en el informe para que el lector los lea y juzgue por sí mismo. No es que exista otra verdad además de la que vivieron los niños que nos la cuentan. Quienes dicen lo contrario buscan desacreditar el informe. Lo niegan. Por eso se les llama negacionistas. También se llama así a los que la historiadora Deborah Lipstadt dedicó su libro Denying the Holocaust. Lo que hacen adiciona un insulto a la violencia que ya sufrieron los niños, por lo menos.
El informe de la comisión deja que nos hablen de sus vidas en el conflicto, sus roles y las violencias que padecieron. Pero también da cuenta de cómo rompían esa cadena de violencias mediante el arte, la movilización social y el encuentro con la verdad: “ser pequeños no significa que no tengamos nada que decir”, comienza una de las secciones del volumen. Es cierto, como en el cuento de Andersen ellos dicen la verdad. Allí está. Hay que leer el informe, como le respondió con acierto el Padre de Roux a la Senadora Cabal cuando ésta última negaba darle crédito al decir en un reciente programa radial que borraba la historia de los niños en el conflicto.
¿Quién de entre ambos busca ocultar la verdad? ¿Quién la niega o intenta relativizarla al hacerla equivalente con la mera opinión? Quizá la verdad que los negacionistas ocultan es que su rey lo sabía todo, y que todos saben que lo sabía todo. Que sus soldados fueron por allí disfrazando a los hijos e hijas de los campesinos, no más que niños, presentándolos como terroristas. Que la guerra contrainsurgente era también un proceso de acumulación primitiva. Todos lo saben. Es la verdad. Por ello, los organismos internacionales han pedido que, a las entidades colombianas encargadas de escuchar a los niños, los jóvenes y las víctimas, se les deje hacer su trabajo. La JEP, la Comisión. Y que se tomen en serio tales verdades, sus decisiones y sugerencias. Es que al niño del cuento hay que tomarlo en serio.
Como a los derechos, decía mi maestro Ronald Dworkin. El problema es que, aunque todos lo saben, hay quienes prefieren no decirlo. Como en el cuento de Andersen. “Pero si está desnudo” dicen de ese rey el niño, los jóvenes en la protesta, los hijos e hijas de los campesinos e indígenas desaparecidos y asesinados. “Vaya inocentada”, exclaman entonces los patriarcas. “Cómo se les ocurre que las recomendaciones de la comisión deberían ser incluidas en algo como un plan de desarrollo o una hoja de ruta para gobernar si no hacen parte del Acuerdo del Teatro Colón y no son obligatorias” dicen. ¿Entonces qué eran? Se preguntan el niño y las gentes del pueblo. ¿Teatro?
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