Publicidad

Empate

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Oscar Guardiola-Rivera
26 de junio de 2026 - 04:32 p. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

En el fútbol, cuando ninguno de los equipos obtiene una victoria clara y contundente, los puntos se distribuyen de manera si no igualitaria al menos proporcional. Ninguno obtiene los dos o tres puntos, se otorga uno a cada uno. Guardadas las proporciones, es lo que sucede en las democracias parlamentarias, en particular si las acompañan fórmulas electorales de representación proporcional. No es un modelo perfecto. Lamento molestarles con mi arrogancia de élite woke académica, lamento romper su burbuja de fantasía, sorry to bother you, pero lo cierto es que la política no es cuestión de milagros ni de intervenciones divinas hacia el fin más perfecto por ungidos pastores del rebaño.

La política es humana, y nada humano es perfecto ni se dirige a la perfección de manera necesaria. No siempre progresamos. También hay regresiones, retrocesos, pasos atrás sin mirar adelante, sin visión o con una muy escasa, incapaz de ver sus propias contradicciones.

Esta semana, Keir Starmer anunció su renuncia como líder del Partido Laborista y primer ministro de Gran Bretaña. No puede culpar de su desgracia a alguna causa externa, al contrario de quienes le antecedieron y que en general apelaron a eso que los españoles denominan en el lenguaje futbolero “echar balones fuera”.

Cayó porque fue incapaz de ver y resolver sus contradicciones propias. Hace apenas un año y trescientos cincuenta y tantos días Starmer había ganado las elecciones generales, el sí y su partido, de manera amplia y categórica.

Había prometido retornar al progresismo político y económico tras décadas de conservatismo dedicado a reducir el tamaño del estado, a reducir impuestos a los más ricos para generar confianza inversionista, a predicar “ley y orden” y mano dura, y a “recuperar” el control territorial después del Brexit.

Una vez en el gobierno, Starmer se dedicó a purgar o extirpar a la izquierda del Partido Laborista, retiró las ayudas estatales de invierno a los más vulnerables en nombre de la disciplina fiscal y la confianza inversionista, nombró a personas como Peter Mandelsson con el fin de apaciguar y rendir pleitesía al presidente Trump de los Estados Unidos, y ha justificado una extensión de la legislación antiterrorista al espacio de la protesta social que le acerca peligrosamente al autoritarismo. Al hacerlo alienó a las bases de su partido y a un sector importante de la política nacional, dio la impresión de ser cruel y hasta odioso con sus opositores y con quienes más necesitan del estado y los servicios públicos, apareció como un lacayo de una potencia extranjera dedicada a destruir el orden y la ley internacional en vez de ser un líder nacional o regional, y se ha revelado como alguien sin ideas propias, ineficiente o inexperto y, sobre todo, incapaz de brindar confianza u orientación ética alguna al aparecer él mismo carente de ética alguna. Por intentar aparecer tigre, resultó tigrillo.

Su caída sirve de lección o advertencia para quienes creen que es válido decir que van a destripar a sus opositores o extirparlos como si fuesen un cáncer; para quienes piensan que la economía nacional se beneficia al reducir en extremo el tamaño del estado y su capacidad de prestar servicios a quienes más los necesitan; para quienes pregonan a los cuatros vientos que serán “socios leales” al gobierno de una potencia extranjera dedicada a destruir la ley internacional y ejecutar extrajudicialmente a personas denominadas “terroristas” de manera arbitraria; y a quienes abusan de la fe de las personas y del lenguaje religioso para esconder la escasez y corteza de sus ideas y desorientación o falta de ética.

Cuando tomen medidas ineficaces o crueles que den pie a la protesta social, estos últimos apelarán al mismo guion de siempre: la descalificación de la protesta social como “terrorista” y dar licencia a la fuerza del Estado para que se vuelva en contra de sus propios ciudadanos, en especial las mujeres y los más jóvenes. Los que se presentan como tigres suelen demostrar a la hora de la verdad que no son más que tigrillos.

A fin de cuentas, como sucede en Colombia, a pesar de sus amenazas y dado que antes de ser una victoria categórica se trata de un empate técnico, una victoria más parecida a la de Keiko Fujimori en Perú que a las de Bukele, Milei o Kast, ni estamos ante el comienzo de un milagro ni al final de la historia. La gente cree, es cierto, pero también deja de creer. Miren a Bolivia, el Chile de Kast, o la Argentina de Milei.

Papá Trump va en caída libre tras el asalto brutal de ICE en Minnesota y luego de ser humillado por los iraníes, un David frente al Goliath ejército norteamericano. Puede que le queden unos meses de control absoluto del Congreso, y en el mejor de los casos tan solo un par de años. El panorama puede cambiar radicalmente.

No, no hay milagros en política. La política no es perfecta. La izquierda tampoco lo es. La izquierda colombiana tiene que cuidar a sus bases, defender con orgullo los logros en la búsqueda esperanzadora de la igualdad y un mejor futuro, y, al tiempo, abrirse más a otros sectores como los estudiantes y padres afectados por el impuesto a la educación privada, por ejemplo. Ello habida cuenta de que los casi trece millones alcanzados -y es un número impresionante, esperanzador- no son todos ellos ni solamente suyos.

Tiene que renovar sus cuadros dirigentes en el interior para combinar los que han trabajado con ahínco e inspirado a muchos con otros nuevos y más inspiradores, también entre las clases medias cuya confianza es necesario ganar. Tiene que prestar más y mejor atención a la gente y a sus cuadros en el exterior, muchos de ellos forzados al exilio precisamente por violencias políticas como la que ha prometido el tigrillo, y por circunstancias económicas como las que podrían afectar a muchos si se llevan a cabo los recortes mayúsculos que han sido anunciados.

La izquierda tiene que movilizarse para defenderse de los ataques que vienen, pero también pasar a la ofensiva con ideas propias y más visionarias. Por ejemplo, en defensa del espíritu de la Constitución del 91, para dar el paso de la democracia representativa a una mejor y más participativa, en vez de una nueva asamblea hoy innecesaria e inconveniente podríamos considerar una reforma que permita introducir lo mejor de los sistemas parlamentarios y hacer de lado lo peor del presidencialismo de siempre.

Hoy tenemos lo peor de ambos: bloqueo y falta de gobernabilidad cuando el gobernante no tiene suficiente apoyo legislativo, polarización, culto a la personalidad, y corrupción. Un mejor parlamentarismo, con representación proporcional, con medidas que regulen el papel de las plataformas digitales, junto a los derechos y la regionalización que sigue siendo el capítulo incumplido de la Constitución del 91, favorecería coaliciones entre progresistas de izquierdas, de centro y de tonos varios con preferencias realmente democráticas.

Para contener a quienes se disfrazan y abusan de la democracia con el fin de incendiarla, sin tener que esperar al último minuto del partido antes de la segunda vuelta. No es una fórmula perfecta. Nada lo es. Pero al menos da que pensar y nos permite imaginar espacios democráticos en los que, en vez de destripamientos o ingobernabilidad, ganemos todos y todas.

👀🌎📄 ¿Ya se enteró de las últimas noticias en el mundo? Invitamos a verlas en El Espectador.

El Espectador, comprometido con ofrecer la mejor experiencia a sus lectores, ha forjado una alianza estratégica con The New York Times con el 30 % de descuento.

Este plan ofrece una experiencia informativa completa, combinando el mejor periodismo colombiano con la cobertura internacional de The New York Times. No pierda la oportunidad de acceder a todos estos beneficios y más. ¡Suscríbase aquí a El Espectador hoy y viva el periodismo desde una perspectiva global!

📧 📬 🌍 Si le interesa recibir un resumen semanal de las noticias y análisis de la sección Internacional de El Espectador, puede ingresar a nuestro portafolio de newsletters, buscar “No es el fin del mundo” e inscribirse a nuestro boletín. Si desea contactar al equipo, puede hacerlo escribiendo a mmedina@elespectador.com

Conoce más

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.