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Escándalo y política

Oscar Guardiola-Rivera

10 de agosto de 2023 - 05:21 p. m.

Me han pedido que compare la recepción en el exterior acerca de la noticia sobre el arresto y confesión de Nicolás Petro y su narración y recepción en Colombia. La mayor diferencia entre la recepción exterior y la interna es que esta última tiende a evitar el giro melodramático y moralista que parece más común en la primera.

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The Guardian titula “Hijo del presidente colombiano arrestado en investigación sobre lavado de activos”. La versión inglesa de la BBC, lejos de hacer juicios tajantes, tituló el 29 de julio “Hijo del líder colombiano arrestado en investigación sobre corrupción”. En ambos casos el acento de la nota cae sobre el hijo sin intentar especular acerca de los efectos que dicho arresto pueda tener sobre el padre o sobre el carácter moral de este.

Respecto del padre, se habla de sus “éxitos intermitentes en el primer año de gobierno” en relación con su política de paz y se hace referencia al alto al fuego negociado con el ELN en contraste con las dificultades y fracasos a la hora de lograr un acuerdo similar con el paramilitarismo de derechas y el llamado Clan del Golfo. La edición en español del servicio mundial de la BBC contiene una pieza de análisis firmada por su corresponsal en Colombia que, a diferencia de las anteriores, introduce los giros que se han hecho comunes en el contexto colombiano: “El hijo del jefe de estado”, dice sin nombrarlo, “soltó una bomba.” Y a renglón seguido juzga al padre: “Petro llegó al poder con la promesa de un cambio… ahora es impugnado por un caso que parece contradecir toda su carrera política”.

El tono es similar al del autoproclamado “periódico global” desde España, El País, que suele comenzar su narrativa sobre el caso diciendo que no fue la oposición de derechas, sino su hijo, es decir el entorno interno y la esfera moral del padre, quien habría hecho estallar su legitimidad política en pedazos. Esta manera de enmarcar la narrativa para producir ciertos efectos en su receptor ya se ha convertido en un lugar común.

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El tópico es el mismo: las contradicciones del presidente Petro son internas, tienen que ver con su personalidad o su carácter, no provienen de las maniobras políticas de la oposición, y tienen en tal sentido un talante moral. Lo repiten opinadores y novelistas, que en la esfera pública de los países hispanos han sido elevados al estatuto de analistas y filósofos políticos. De ese tópico se sigue el juicio moral extendido de manera inmediata a la arena política: “Gustavo Petro, el primer presidente de izquierda en la Colombia contemporánea, ha hecho de su oratoria, de discursos… que apelan a las emociones de sus seguidores, una de las bases de su fuerza política”, afirma algún otro. Es el imperio de la opinión y el juicio pedante. Afirma sin más que se trata de un demagogo, de un populista que apela a las emociones y no a la razón. Lo cual implicaría además que quienes votaron por él no son o somos personas razonables sino puramente emotivas, lo que nos descalifica a él y a los demás. Las emociones son, se sobreentiende, humores extremos que no permiten a la razón cumplir su papel de temperancia, de centro moral y político. Ello presupone que el centro es temperante y bueno, enfrentado desde las alturas más frías a zonas tórridas y costeras donde predominan los excesos, la corrupción moral, y el extremo. Así que quien no vota o se percibe en el centro, es irracional, tiende a la violencia, el narcicismo o la emoción, y por ello mismo no debería ser parte del espacio político.

Ahora bien, tanto la idea según la cual sería posible pasar del ámbito moral al político en forma inmediata, lo que supone que el primero informa de manera transparente al segundo, como la idea de que los extremos son apetitos emotivos que requieren la temperancia del centro, tienen su historia y son cuestionables. Corresponden al tipo de geografía especulativa de carácter neoaristotélico que ha informado el expansionismo hispánico desde el siglo dieciséis y hasta el tardofranquismo hoy al alza en la España del PP y Vox. La incapacidad del autoproclamado “centro” para aceptar que su punto de vista supuestamente alejado de la ideología (las emociones y los extremos) es él mismo un gesto ideológico, puede ser una de las razones por las cuales su discurso y acción han carecido de fuerza suficiente para enfrentar el ascenso de la ultraderecha en dicho país. Es como intentar negociar sin tomar posición.

Pues la verdad sea dicha, y requiere coraje decirla, es la ultraderecha tanto en Europa y los Estados Unidos como en Colombia y el resto de las Américas quien amenaza a la democracia. No la izquierda. Esa es la contradicción real que hoy enfrentan en su interior las democracias. Es una contradicción política, no moral, en el sentido de que el expansionismo defendido hoy por la derecha cada vez más indistinguible de la ultraderecha es el de los intereses globales del capital en crisis. Incluyendo los intereses de los conglomerados mediáticos. No se pueden examinar las narrativas contrarias de Fox o MSNBC, ni las de los medios propiedad del Grupo Prisa en España y fuera de ella, ni aceptar sin más la idea del centro atemperado sin ideología, si no se toma en cuenta esa contradicción real. Hacerlo permite darse cuenta de que hoy en día los votantes del PSOE, Sumar, y tras la represión de la movilización general del 2021 en Colombia también los de Petro y Márquez, toman posición en contra del ascenso de la derecha cada vez más ultra y del expansionismo de los intereses particulares en contra del interés común.

Es ello, y no la retórica emotivista que quienes apelan a las convenciones del melodrama les atribuyen al líder y a sus “seguidores” como un fallo moral, lo que les mueve políticamente. Se trata de su propia experiencia de décadas tras décadas de promesas de cambio sin que nada cambie. Quizás ello explique que muchos en el interior y el exterior perciban frente al caso de Nicolás Petro no la narrativa melodramática de escándalo y el fallo moral de su padre, sino un intento por utilizar políticamente en su contra lo que en verdad es el fracaso de toda una sociedad que sigue malcriando a sus hijos en la idea de que el éxito es la acumulación de capital sea como sea. Es la violencia de esa idea lo que han experimentado en carne propia. Utilizarla para juzgar moral y políticamente al padre es más de lo mismo: distracción, otra manera de impedirle que introduzca cambios reales de manera que nada cambie y entonces, desesperanzados, los votantes le den su voto al “centro” la próxima vez. Solo que, como ha estado sucediendo en Europa y los EE. UU., al ser defraudados de esta manera nada garantiza que los votantes se muevan al centro.

En ausencia de proyectos reales de cambio, bien pueden hacerlo a la ultraderecha. A quienes esperan que este nuevo escandalo moral sea decisivo y mine del todo el apoyo popular a las perspectivas de cambio habría que recordarles el proverbio anglosajón: ten cuidado con lo que deseas.

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