La siempre genial Erna von der Walde acaba de postear en medios sociales un cuento de Juan Rulfo llamado “El día del derrumbe”. “Esto pasó en septiembre. No en el septiembre de este año sino en el del año pasado. ¿O fue el antepasado, Melitón?”. Así comienza esta historia, en la que dos nunca rememoran la visita de un miembro del gobierno a un pueblo que acaba de sufrir un terremoto. El primero es un narrador poco fiable, “Sí, sí yo me acordaba bien”, le dice a su dialogante, aunque bien poco o nada recuerda. Su memoria es una colcha de retazos, como suele pasar a quienes sufren en carne propia una tragedia. “Hasta vi cuando se derrumbaban las casas como si estuvieran hechas de melcocha, nomás se retorcían así, haciendo muecas y se venían paredes enteras contra el suelo. Y la gente salía de los escombros toda aterrorizada corriendo derecho a la iglesia...”. Es un nunca, un nadie cuyo nombre no conocemos. Al segundo sí lo conocemos. “Eres bueno para eso de la memoria, Melitón, no cabe duda”. Melitón, como el filósofo y apologeta cristiano griego de Lidia. A este último se le atribuye uno de los primeros ejemplos de apologética, una defensa del cristianismo como fe y filosofía. Como “ideología”, dirían los modernos.
Apologetas cristianos como Melitón y Atenágoras recibían el título de filósofos y se apoyaban en esta para poner a la fe en pie de igualdad junto a los cuerpos de pensamiento y formas de vivir que contaban con gran prestigio entre el común de las personas en la antigüedad, los nadie de la época. Pues entre las filosofías del común llamadas paganas existía también una orientación religiosa, una preocupación material y existencial por la trascendencia y la justificación de Dios, su bondad milagrosa y omnipotencia, en medio de los males evidentes de las catástrofes y la guerra. Se trata de una audiencia con capacidades y pretensión filosóficas, sin importar cuan letrada o iletrada sea. Quizás sea algo similar lo que está en juego en el cuento de Rulfo. Solo que nuestro Melitón y su nadie, al igual que los habitantes de San José del Palmar, Quibdó, Paros y Ceuta, son conscientes del problema del mal. Y lo son más aún de la debilidad moral de quienes pretenden seguir actuando como si creyesen en el bien y el mal, aunque solo lo hagan para seguir acumulando riqueza, poder, y votos.
Todo en ellos es falso: la pinta y el pelo, la pose de aficionado al deporte popular, el fervor de su pueblo, el amor que predican por ese pueblo, sus llegadas escenificas al pueblo con alguien gritando por detrás “¡Manos arriba! ¡Manos arriba!”, sus discursos, quizás también sus votos. “Bueno, unos pocos días después… llegó el gobernador,” continúan Melitón y su nadie, “todos ustedes saben que nomás con que se presente el gobernador, con tal de que la gente lo mire, todo se queda arreglado.” Y, claro, viene el presidente, el ministro que no sabe ni en dónde anda, el rescatista-soldado del IDF que se toma una foto arreglada para que parezca moral y humanista mientras su ejército comete crímenes de guerra y el exterminio de los nadie de esa parte del mundo, y “todo se arregla, y la gente, aunque se le haya caído la casa encima, queda muy contenta con haberlo conocido”. No toda la gente. “Oye, Melitón, ¿como cuánto dinero nos costó darles de comer a los acompañantes del gobernador?”. En efecto, ¿cuánto costaron los desplazamientos para hacer videos arreglados y los balones de fútbol? “Y eso que nomás estuvieron un día y en cuanto se les hizo de noche se fueron, si no, quién sabe hasta que alturas hubiéramos sido desfalcados”.
Ahora bien, la cosa es que todo aquello “en lugar de ser una visita a los dolientes y a los que habían perdido sus casas, se convirtió en una borrachera de las buenas”, nos dicen los dialogantes de Rulfo. Los nunca. Y se le ve al gobernador aburrido, volado y desencajado por tener que estar allí escuchando al alcalde dar un discurso como si fuese Morelos o Venustiano Carranza, aunque sea el mismo de siempre, un refrito. “Se quitó el saco y se desabrochó la corbata, y la cosa siguió de refilón”. Porque de eso se trata. De que traigan más damajuanas de ponche, más camisetas, más caramelos y más balones, y de que la bola de lambiscones se desviva por tenerle la mesa tan llena al gobernador, al presidente, o al presidente verdadero que está en los Estados Unidos de modo que “hasta los manteles estaban colorados”. Colorados de sangre. La sangre de los rojos, del profesor negro, de los campesinos, los maricas, los marroquíes, los palestinos, los animales y los que han sido declarados animales, y los zurdos. Y que alegría verlos sufrir.
Don Misael, el palabrero de la isla, me envió un mensaje luego del terremoto: “Mire lo que hizo la naturaleza, precisamente en el lugar donde días antes había pronunciado el discurso” apologético, en defensa de la guerra cultural y “la guerra que se nos viene encima. Es como si la naturaleza se estuviese haciendo presente, dándonos un mensaje de que no está de acuerdo con lo que quieren hacer con ella”. Y desde Paros, la isla que arde en Grecia, Costas, el filósofo griego me envió un mensaje en el cual se refiere a la naturaleza como un agente-más-que-humano haciendo presente la diferencia que existe en el tiempo entre el terremoto en Colombia o los incendios forestales en Grecia y la catástrofe que es humana, muy humana, determinada por las decisiones de los ideólogos políticos y su espectáculo que transmiten los medios que las encubren o las silencian. Ambos, el palabrero colombiano y el griego, comunes, cristianos, y paganos resuenan. “En este caso, digo cuando la naturaleza nos ha castigado, nuestra presencia receptiva en el centro del epicentro telúrico…”, sigue el discurso del gobernador y el de quienes lo gobiernan. Que no es el común, el pueblo. “Allí hubo aplausos, ¿o no Melitón? Sí, muchos aplausos”. Entre tanto, seguimos esperando el milagro.
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