“Gran Bretaña no es Argentina.” La frase, repetida por políticos y comentaristas conservadores durante esta semana de vértigo en el Reino Unido, revela el pánico que se ha extendido entre las filas de la otrora “mejor máquina electoral de Europa”.
Es cierto que los tories ingleses llevan más de una década en el poder, y durante ese tiempo han logrado derrotar muy diversos adversarios. Desde el neolaborismo de derechas de Blair y Brown hasta la izquierda laborista y popular de Jeremy Corbyn. Su capacidad para desplazar en otros su propia responsabilidad por al menos doce años de ruina ―en Europa, los migrantes, Corbyn, COVID, Ucrania, Escocia e Irlanda del Norte— y rehabilitar monstruos o por lo menos evitar cualquier rendimiento de cuentas por parte de sus propios villanos explica el que haya logrado sobrevivir lo que ya se evidencia como uno de los periodos de gobierno con los peores resultados que quepa recordar en la historia reciente del continente.
Cierto, Gran Bretaña no es Argentina. Pero al menos en el caso de esta última sería posible buscar las causas de sus dificultades entre los treinta y los años siguientes a 1976. Durante ese período, un número mayor de militares que civiles demócratas presidió la explosión de desigualdad creciente y endeudamiento externo que terminó sacrificando el futuro argentino supuestamente defendido mediante torturas y desapariciones.
En cambio, en Gran Bretaña habría que comenzar cuestionando el que esta semana los medios entrevisten al muy civil antiguo ministro de economía conservador, George Osborne, como testigo experto en vez de acusado. Pues ningún otro político es tan responsable como él por haber empujado el país cerca del abismo que advirtiese el Fondo Monetario Internacional la semana pasada. Su receta de austeridad desde el 2010 es el origen del más largo decrecimiento de los salarios en la historia británica moderna, y una causa directa del descontento que llevó a los electores a caer en la trampa publicitaria de Johnson y los demás brexiteers en el 2016.
Aunque ahora critica las políticas de sus copartidarios, Kwasi Kwarteng y Liz Truss, fue durante su administración a cargo de las finanzas públicas que Gran Bretaña perdió la calificación de deuda triple A. Más consecuente aún es el hecho de que el nuevo primer ministro de facto, Jeremy Hunt, a quien los conservadores han resucitado de la muerte política para que de nueva vida a una economía con signos de paro, hubiese abogado por recortes a los niveles impositivos para las corporaciones aún más bajos que los propuestos por la propia Truss. Ello para no mencionar su responsabilidad directa por la impreparación de este país para enfrentar la pandemia.
Su nuevo “Consejo de Administración Económica” está compuesto por hedge fund managers y banqueros, dos de los grupos que más se han beneficiado a costa de la ruina de la clase trabajadora británica y las cada vez más empobrecidas clases medias. En el 2019, Hunt celebraba el razonamiento económico de Osborne. No habrá que sorprenderse, entonces, de que ahora sea el encargado de retrasar el reloj una vez más a los peores años de austeridad. Aplicando nuevos recortes, e infligiendo aún más dolor a una sociedad que ya no aguanta.
Así, cuando los viajeros colombianos que pueden darse el lujo de disfrutar la exención de visas para el Reino Unido en vez de la pintoresca campiña de los aristócratas y los teatros del West End aterricen en Londres entre riots, disturbios, y protestas, tendrán razón al preguntarse qué ha sucedido con este Primer Mundo que se supone muestra a los demás una imagen de su propio futuro. Es Cronos, devorando a sus propios hijos.
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