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Amigos y amigxs, ultras y conservadorxs, liberales o no, es hora de elegir. ¿El papa o el falso Mesías? O mejor, el Jesús del papa León XIV y el evangelio cuya voz “bendice a quienes hacen la paz”, o la falsedad moral y ética de quienes se disfrazan de temperancia, centro y valores al tiempo que se alinean con los reyes burlones de las Américas cuyo favor cortejan, cuyos actos y complicidades justifican o toleran sin importar cuán inmorales, brutales o ilegales sean. He ahí la cuestión.
Es hora de elegir.
“No temo a la administración Trump,” dice León XIV. ¿Le temen ustedes señoras y señores? ¿Deberíamos temerle nosotros, todos y todes? ¿Puede ser el temor la guía de nuestras acciones? ¿Es dicho afecto, el temor y el miedo, un sentimiento moral y ético?
Reconozcamos que quienes han gobernado mediante la fuerza y el miedo, y quienes volverían a hacerlo si los elegimos otra vez, también temen. Temen que un buen día las multitudes dejen de obedecerles. Temen que un buen día sus discursos solo nos causen aburrimiento. Que ni siquiera nos preocupemos por mirarlos hacia arriba. Que dejemos de pronunciar sus nombres con temor o admiración y dejemos de adorarles. Temen que los veamos por lo que son, falsos ídolos.
Les aterran quienes responden a los ataques infundados sin gritos ni entonación afectada, leyendo su discurso desde un papel escrito como hacen los poetas y los que presentan de tal manera sus promesas para comprometerse a cumplirlas. “Los Camisas Pardas temen a aquellos cuyo brazo ya no se extiende con pulso firme como resultado del miedo, y les aterran aquellos que simplemente les dan los buenos días”. Esta vez he citado a un poeta, no al papa. ¿Pero no es ese también el gesto y el mansaje del Jesús del evangelio?
“Mi voz es la del evangelio, no la de un político”, dijo León XIV en ruta hacia Argelia. Con claridad, distingue su voz y la del evangelio de aquella otra, la del político que se disfraza de Mesías y abusa del mensaje religioso para promover la desigualdad y la guerra en nombre de la prosperidad, la seguridad y el progreso. Para este último, aun el nombre de Dios y de la vida puede ser arrastrado y encadenado para servir fines de muerte. De esta manera se desvanece la posibilidad de un mundo de hermanos y hermanas, y en su lugar emerge una realidad de pesadilla que se impone y representa como repleta de enemigos por todos lados.
Este “realismo” corresponde a una mentalidad de miedo y autodefensa que, nos dicen los historiadores, ha definido a los imperios modernos desde el siglo diecisiete cuando menos. Desde el imperio Hispánico hasta la Pax Americana de la Doctrina Monroe y sus corolarios mediante los cuales intenta justificarse lo injustificable. Por ejemplo, la condena y ejecución sin asiento en ley o proceso alguno de Rishi Samaroo y Chad Joseph, de la población de Las Cuevas en la isla de Trinidad, junto a sus cuatro compañeros venezolanos en una embarcación en el mar Caribe el pasado 14 de octubre de 2025.
Y como ellos, tantos otros, otras y otrxs. Antes y después de octubre del 25. Los de las dictaduras del Cono Sur que los políticos trumpistas en el poder en dichos países ahora niegan. Los y las de los falsos positivos de Colombia que también niegan quienes se disfrazan de centro para que lxs elijamos. Los de viejos y nuevos imperialismos en lugares como Argelia y el resto del África, hacia donde se dirige León XIV mientras cita el Salmo 115 y nos recuerda que la voz y el mensaje de la Iglesia y los evangelios es de paz, no de guerra.
Hoy como ayer, los imperialismos y las políticas de muerte se disfrazan. De temperancia, en ciertos casos. De Jesús, en otros. Tras descalificar con insultos al estadounidense León XIV, el presidente de dicho país que ha desfinanciado Medicare y dirigido a la milicia ICE contra los latinos (cuya asistencia a misa hablada en español se ha reducido en un 30 % en los Estados Unidos, por miedo, según lo dicho por los Cardenales McElroy, Tobin y Cupich al programa 60 Minutos) circuló en redes una imagen suya disfrazado de Mesías curando a los enfermos.
La imagen detona la denotación, hace estallar el mensaje del evangelio de la misma manera en que los misiles hacen estallar por los aires los cuerpos y embarcaciones de badjohns y pescadores pobres en el Caribe. En vez de ángeles y palomas, aviones caza y el águila calva. Esta última transformada de símbolo republicano a emblema imperial. Mas allá de las connotaciones obvias, esta imagen hace aparente un tercer nivel de ideología y contradicciones: palomas de guerra, milicias de limpieza y muerte, de blanquitud y limpieza.
“Pienso que la gente que lea estas cosas puede sacar sus propias conclusiones”, dice el mesurado León XIV al insistir en la voz y el mensaje. Al hacerlo, nos llama a distinguir entre el estilo de una voz que construye y el disfraz de una imagen que busca destruir. Me recuerda otra voz proveniente también desde la ruta que lleva del Caribe en las Américas hasta Argelia. “La grandeza de una persona se encuentra no tanto en sus actos sino en su estilo. A fin de cuentas, la realidad de la existencia no se asemeja a una curva ascendente sino a una serie de altibajos a veces lentos, otras veces tristes”. El escritor que cito, médico y dramaturgo, nos invita a distinguir entre los llamados “personajes de acción” que se disfrazan, mienten y abusan al darnos la apariencia de seguridad, progreso y temperancia para sujetarnos al miedo, de aquellos otros cuyo estilo resuena con la realidad que conocemos trágica y sin embargo preñada de esperanza. Tanto el papa mensajero como el médico-dramaturgo en medio de la realidad nos llaman a elegir y no desesperar. A no tener miedo.
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