Este fin de semana tuvo lugar una gigantesca marcha en las calles del centro de Londres. De acuerdo con sus organizadores, medio millón de personas se manifestaron en contra de la ultraderecha que amenaza volver a incendiar el mundo. A juzgar por los símbolos, pancartas y banderas presentes en las calles, para quienes se manifestaron resulta evidente el patrón que une las guerras de intervención unilateral que han tenido lugar desde el Mar Caribe hasta el Mar Árabe y Persa con los intentos por normalizar el sentimiento antiinmigrante, la exclusión o extinción de otras formas de vida y culturas, y la creciente desigualdad en todas partes.
A ello se refería el líder del Partido Verde británico, Zack Polanski, cuando instó a los participantes “a volver a sus comunidades, sus sindicatos y sus centros vecinales” para decirles “que es necesario organizarnos. Pues ya vienen las elecciones… y debemos derrotar el odio. Es hora de que regrese la esperanza” y se normalice, no el miedo y el desprecio por el otro. Ello explica la resonancia entre la marcha de Londres y las que tuvieron lugar este mismo fin de semana del otro lado del Atlántico, en Nueva York y en otros lugares.
Pues también en las Américas las fuerzas más conservadoras y de ultraderecha se disfrazan de pueblo y de centro en época electoral al tiempo que azuzan el miedo y el odio al otro. Como sucedió en Norteamérica y en el Sur, en Chile o Argentina, y como podría suceder en Colombia si quienes ayer proponían apartar en sus regiones a los mestizos blancos de los indígenas logran persuadir a las mayorías de que hoy son mansas ovejas, palomas de centro que apoyan la paz y los derechos de las comunidades LGTB+ y otras. Para que al llegar al poder tengamos más de lo mismo: guerra, exclusión, genocidio y extinción, más desigualdad.
El patrón es el mismo: se trata de reorganizar el capitalismo en crisis, de apoderarse de los recursos energéticos y naturales a la fuerza, y de tal manera mantener y garantizar los beneficios en manos de unos pocos. Todo lo cual depende de producir odios y diferencias y reproducir aquí y allá la vieja estrategia colonial de dividir y conquistar. Dividir a Latinoamérica, por ejemplo, contra sí misma. O dividir a la clase trabajadora, popular y rebelde, harta de su exclusión y abandono, contra sí misma. Es por ello por lo que la simple afirmación de las diferencias, lejos de subvertir dicho sistema, contribuye a su consolidación.
Esta era la advertencia que realizábamos a finales de los noventa y comienzos de este siglo quienes aceptamos el reto de reinventar la teoría crítica de la sociedad desde el Sur Global. Nuestro punto de partida era la experiencia que habíamos vivido desde abajo, desde el movimiento estudiantil junto a una multitud de fuerzas sociales y políticas durante la lucha por la constituyente del 91 y por la paz. Nuestro principio era práctico, experiencial y político, ni simplemente pragmático ni tan solo el producto de la lectura de este o aquel filósofo alemán. Y por lo mismo se trataba de un principio profundamente ético.
La tarea de una crítica práctica, pensábamos entonces y lo seguimos pensando hoy, consiste precisamente en hacer visible aquello en lo que consiste la crisis de la modernidad, indicar las nuevas configuraciones de poder que buscan controlar la vida, y aquellas otras configuraciones éticas y políticas que buscan liberarla. Por eso, tras la práctica política del 91 empezamos a prepararnos para dar la batalla de las ideas en contra de las fuerzas conservadoras y de ultraderecha que ya entonces se apresuraban a tomar las armas de una “guerra cultural” que reflejaba aquella otra llevada a cabo por las huestes paramilitares y su gobernanza justificada como mera reacción contrainsurgente y de autodefensa.
Por eso, lejos de culpar o cancelar a otros, hablábamos de “autocolonización”, también en el sentido autocrítico de reconocer que nuestros cuerpos y nuestras mentes estaban lejos de haber sido descolonizadas. Por eso, cuando hoy en día hasta el reto de la descolonización se vuelve moda, y tirios y troyanos celebran al filósofo alemán como paladín del diálogo, la democracia y la Constitución del 91, recordamos a quien fuese quizás su más adelantado estudiante, el filósofo campesino colombiano Eduardo Mendieta. Y a Santiago Castro-Gómez.
Y a tantos otros pensadores y pensadoras, activistas y defensoras de los derechos y las comunidades en calles y veredas, en costas y mares, en este y en otros países, cuyo compromiso político y ético parte de la experiencia vivida, de la búsqueda de la verdad en medio de tanto disfraz y tanta mentira, y de la esperanza. Eduardo me enseñó que donde otros ven contradicción —por ejemplo, entre su fidelidad al proyecto habermasiano y mi compromiso con una concepción descolonizadora de la teoría crítica y la práctica política— emerge en cambio una fuerza, desde esa tensión creativa y productiva. Una fuerza para cambiar incluso el cambio. Es a lo que llamo esperanza. Y a juzgar por lo que pude ver en las calles de la ciudad donde tantos otros como yo viven la migración y el exilio, la esperanza está de regreso.
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