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La magia de los cadáveres

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Oscar Guardiola-Rivera
01 de julio de 2026 - 05:05 a. m.
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Cuando mi nombre apareció junto a otros en una lista de amenazados de muerte por parte de los paramilitares me negué a creerlo. “¿Soy un nadie, a quién diablos puede parecerle que podría yo tener el poder de cambiar todo un sistema de cosas?”.

Aún no lo creo, después de más de veinte años en el exilio. Después de habernos enterado de que habría sido alguien cercano, un amigo, quien le habría pasado nuestros nombres a los militares y estos a los paramilitares. “Le toca irse”, me dio el entonces director de la policía. “Le toca irse”, me dijo el padre Gabriel Izquierdo SJ, colega investigador y el único en insistir que debíamos tomar en serio la cosa. Lo sabía. Apenas unos años atrás los paramilitares habían asesinado a dos de sus investigadores. Mataron a toda la familia. Se salvo un bebé, este sí un milagro. Me pregunto qué habrá sido de ese bebé. Un adulto que nunca conoció a sus padres. ¿Qué pensará de sus asesinos?

Conozco a personas a quienes las FARC asesinaron a sus padres. Conozco a otras cuyos hijos fueron asesinados por la policía o el ejército. Por décadas he caminado junto a una comunidad del suroeste del país a la que han desplazado, hostigado, y masacrado paramilitares y los ahora denominados “clanes” u “organizaciones de seguridad privada” más veces de las que puedo contar con los dedos de la mano.

Y ahí está el hijo de Rodrigo Lara Bonilla, quien al parecer va a trabajar ahora con el defensor de quien mandó a matar a su padre, con quien mi padre trabajó. ¿Qué une a los muertos por la violencia, a los asesinados y a quienes afectan esos asesinatos con sus matadores? Me hago esas preguntas tras escuchar el análisis de Claudia López tras las elecciones en Colombia, y a la vista de lo que sucede en Venezuela. Me aterra porque Claudia dice la verdad. Con tal firmeza y claridad que me dan ganas de lanzar su candidatura presidencial para el 2030 desde ya.

Me aterra que a pesar de ello nadie la escuche, como a Casandra. Me aterra que la escuchen, y a sabiendas de que dice la verdad muchos prefieran actuar como si no supieran. Como si pudiesen borrar de nuestras mentes y cuerpos los traumas y heridas de esa guerra sucia y colonial durante la cual la derecha y las élites financieras y terratenientes, apoderadas del estado, mataron a algo más de cuatrocientas mil personas para deshacerse de la guerrilla y los “comunistas” que a lo más sumaron alguna vez unos cuarenta mil. Como si se pudiese exorcizar al asesino que toma posesión del cuerpo y alma de los asesinados.

Como en la vecina Venezuela, donde el terremoto hace visible cómo las sanciones económicas y la ocupación semicolonial, sumadas a los compromisos que ha hecho el régimen para “sobrevivir” o mantenerse suman más muertos a los muertos que todas las catástrofes naturales juntas. Claro, no hay tal cosa como catástrofes naturales. O mejor, si la cultura y la política son inventadas, ¿por qué parecen tan naturales? Si el capitalismo y el colonialismo son fenómenos históricos, que ocurren en el tiempo y son creados por los humanos como todo el resto de su historia, ¿por qué parecen inmutables?

Nos queda mucho por aprender. No es cuestión de mera curiosidad. Cuando imperio y colonialidad vuelven con toda su fuerza, cuando los paras de ayer vuelven al poder disfrazados de animalillos del bosque, dando la apariencia de ser demócratas y respetables, de ser patriotas y líderes, aunque solo sean lacayos y vendepatrias, es cuestión de supervivencia. Para comenzar, de nuevo, ¿cuál es la relación entre el asesinado y sus asesinos? Al antropólogo Michael Taussig, que conoce a Latinoamérica, a Colombia en particular, mejor que muchos colombianos, le parece un caso de magia mortuaria.

“En este caso”, escribe en su libro más reciente, “mi enfoque no ha sido tanto histórico como ‘colonial’, centrado en las conexiones entre la Guerra contra las Drogas instigada por Estados Unidos y su impacto en el Sur Global, particularmente pero no solo Colombia”. Este enfoque implica un movimiento hacia atrás. Retroceder en el tiempo para estudiar las imágenes y la narración oral del palabrero indígena y campesino como performancia visual y oral, y considerar su persistencia a pesar de que estas formas de crear la sociedad a partir de la poesía y la retórica fueron declaradas muertas tras la llegada de la reproducción mecánica. Pero también un movimiento hacia adelante. Para distinguir entre dos tipos diferentes de performancia. Distinguir entre la grandilocuencia presidencial y el chamanismo del palabrero. El primero es simple deseo de imitación, del wannabe que cree que por obedecer al maestro titiritero de Washington lo van a tratar como a un blanco. El segundo busca sanación y limpieza. Entonces hay que distinguir también entre dos tipos de limpieza. La “limpieza” que consiste en asesinar a miles o cientos de miles indefensos como en una purga de los indeseables.

Es de la que habla Claudia López. Y aquella otra, que en Colombia y Venezuela tiene una historia más larga como arte de sanación, solidaridad y resistencia. Una performancia de cuidado y ayuda mutua. Lo que viene para las poblaciones de Venezuela y Colombia tendrá lugar en la interzona entre estas distintas formas de aparecer, imágenes y performancia. Por lo pronto, tomo posición del lado del palabrero campesino y de Claudia. Porque dicen la verdad. Los otros mienten.

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