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Aristóteles decía que solo cabe evaluar el talante de una persona después de que ha completado su vida. Quizás resulte imposible defender la orientación ética y política del senador estadounidense Lindsey Graham, quien murió hace unos días a la edad de 71 años. “Era una de las figuras más odiosas de la vida pública norteamericana”, observa Jeet Heer en su obituario para The Nation, titulado “Lindsey Graham optó por el mal”.
Sin embargo, como también apunta dicha publicación, se lo puede defender de sus críticos liberales al menos en parte. “Políticamente, durante la última década de su vida Graham se transformó de manera dramática. En el 2015 y hasta comienzos del 2016, Graham era un enemigo acérrimo de Donald Trump.
En ese entonces arremetía contra Trump calificándolo de ser ‘un fanático religioso, xenófobo, y racista’ que ‘representa lo peor de los Estados Unidos’." Solo cuando el entonces candidato outsider triunfó en las primarias del 4 de mayo del 2016, Graham comenzó a acercársele. Dicho proceso se aceleró cuando Trump fue elegido en noviembre. Entonces, dice Heer, “Graham se convirtió en el lacayo más obsequioso del presidente.”
Explica que dicha transformación resulta sorprendente cuando se tiene en cuenta su historia política. Graham no solamente había sido un halcón, aliado de los belicosos senadores conservadores John McCain y Joe Lieberman, lo que sugiere que “Los Tres Amigos” (apodo que ellos mismos eligieron) serían opositores lógicos de la política exterior aislacionista de Trump. Además, Graham tenía una larga trayectoria de colaboración bipartidista junto a los Demócratas en temas como limitar la financiación privada de las campañas, la reforma de la política migratoria, y el voto solitario entre los republicanos en favor de la nominación de Sonia Sotomayor a la Corte Suprema. Nada más alejado del populismo ultra de Trump.
“¿Cómo explicar el repentino cambio de identidad política del Senador Graham?”, se pregunta el columnista de The Nation. Una teoría popular entre activistas de centro-izquierda de la llamada Resistencia Liberal y los Never Trump conservadores en los EE.UU. es que Graham, de quien se rumoraba era un gay enclosetado, habría sido chantajeado por el Trumpismo. Además de ser conspirativa, pues carece de evidencia que la soporte, dicha tesis es problemática porque convierte a Graham en una víctima y excusa su responsabilidad.
La verdad detrás de la conversión ideológica y casi-religiosa de Graham es mucho más simple, y por ello, peor. Como sucede con demasiada frecuencia entre los personajes de este tipo, como acaba de suceder también en Colombia, estos políticos renuncian a sus principios y compromisos políticos por las peores razones: para mantenerse cerca del poder, adaptarse a las modas políticas de modo que estas no les dejen atrás, y alinear el poder político y los intereses económicos de grupo con el militarismo que promete darles estabilidad y seguridad.
Este es el caso no solo con los políticos. También los electores pueden hacer a un lado lo que saben y reconocen acerca del peligro que corre un país al ceder ante el militarismo y el culto singular: el riesgo de incendiar las almas y aniquilar los cuerpos más vulnerables en la apoteosis de la guerra y sus líderes firmes en apariencia, como ha sucedido en repetidas ocasiones en Colombia.
Y actuar como si en efecto existiese tal cosa como la seguridad total, las recompensas del más allá, y los milagros en la vida política y social. O como si el actuar como blancos y lacayos del poder estadounidense los hiciese blancos y poderosos ante los ojos de los titiriteros a quienes eligen servir.
En este punto, los políticos como Graham se encuentran con quienes los eligen en eso que, haciendo eco de Aristóteles, llamaremos “elegir el mal”, las llamas, y el infierno.
En este punto Aristóteles nos recuerda una larga tradición proveniente cuando menos del Libro XI de La Odisea – cuya actualidad resuena en la película de cine próxima a estrenarse en estos días. Tiresias le recuerda a Odiseo que en el Hades “no hay tal cosa como la felicidad” y que los muertos “son como sombras” de los vivientes. Ello quiere decir que, en principio, carece de sentido esperar recompensas por nuestra conducta o felicidad en la otra vida. Si los muertos tienen conciencia acerca de la felicidad, esta es mínima. Suceda lo que suceda en la otra vida, los vivos no podemos saberlo.
Quizás sea por ello por lo que quienes claman saber qué cosa sea “la patria milagro”, o la seguridad total, o la libertad sin luchas ni conflictos también tienen que acudir al dudoso expediente de hablar con los muertos o encarnar la divinidad, como hacen Milei y Trump o los wannabes criollos.
Lo que importan son las elecciones que hacemos en vida, no solo y no tanto sus consecuencias más allá. Podemos creer o no en el más allá, pero la importancia de haber elegido y obrar de manera virtuosa aquí y ahora, es decir, nuestra responsabilidad, no disminuye en uno u otro caso.
Lo cierto es, entonces, que lo importante es enfocar nuestras energías en el florecimiento de la vida en el presente y para nuestros hijos e hijas, y ayudar a otros trabajando junto a ellos y ellas para que la vida florezca en este espacio y tiempo que compartimos ahora y en el porvenir.
Es por ello también que honramos a nuestros padres, madres y ancestros -en especial los muertos de las guerras que los ricos no suelen pelear- al preguntarnos qué pensarían de nosotros al elegir de esta o aquella manera.
Otra cosa es cierta, políticos como estos, como Graham o los que hoy se aprestan a doblar la rodilla ante Trump mientras incendian el país una vez más, carecen de virtud alguna.
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