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Medios y comentaristas internacionales comienzan a preguntarse por el significado de un nuevo ascenso del progresismo en las Américas. Tras la revolucionaria composición del gobierno Boric en Chile y el reciente ascenso de Xiomara Castro en Honduras, los ojos están puestos en Colombia y Brasil. En este último casi todos dan por descontada la victoria del Partido de los Trabajadores de Lula.
Las implicaciones de un regreso de la izquierda al país latinoamericano que durante la primera década de este siglo llegó a ser la sexta economía del mundo y uno de los más importantes impulsores de una política exterior alejada de la hegemonía estadounidense serían considerables. Máxime cuando se piensa en las consecuencias a mediano y largo plazo de la guerra en Ucrania.
Para muchos, este conflicto sería parte de un esfuerzo por parte de China y Rusia para aprovechar y acelerar el declive relativo de occidente y los Estados Unidos en Eurasia. Aunque especulativa, esa perspectiva importa cuando se trata de analizar las relaciones exteriores. Al contrario de lo que sucede con la política interior, aquí lo fundamental es la perspectiva de largo plazo. Ello implica reconocer lo que ha sido común a todos los poderes hegemónicos globales desde al menos el siglo dieciséis: predominio en Eurasia y el Indo-Pacífico.
La centralidad europea, por ejemplo, fue el resultado más o menos contingente de un ‘error’ de navegación cometido por Colón mientras buscaba rutas alternativas de acceso al Indo-Pacífico. La misma contingencia que ha determinado siglos de sufrimiento, simulación y deuda histórica para con los pueblos desplazados a la periferia de ese centro. Entre ellos los ‘indios’ y ‘afros’ de nuestra América.
Por eso tampoco pasa desapercibido en los análisis internacionales el enorme peso del nombramiento de Francia Márquez en el tiquete presidencial con más posibilidades en Colombia. Pues se trata no solo de un vuelco al perfil tradicional de los partidos progresistas que los lleva mas allá de la renovación de las izquierdas hacia la configuración de coaliciones plurales, constructivas y más liberales, fruto del proceso de impugnación social y popular en las calles. Un proceso que en las Américas se ha extendido desde Chile, Colombia y el Caribe, como lo acaba de atestiguar el heredero al trono británico tras su malograda gira, hasta los propios Estados Unidos. También se trata de reconocer que parte de ese proceso pasa por aceptar que es posible hacer justicia social e histórica a través de medios políticos.
Se trata entonces no de sacrificar la política y las libertades, sino al contrario, y como lo demuestra el pasado inmediato de los EE. UU. bajo Trump, de salvar a la política de las numerosas formas de golpismo practicado desde la derecha gobernante. Desde el ‘lawfare’ a los intentos de fraude electoral, pánico económico, monopolio mediático y guerra cultural importada, hasta las masacres y amenazas, o pescar en el rio revuelto de las guerras internacionales.
Aquí cabe la pregunta: si la guerra en Ucrania y la paz negociada resultan en una nueva división del mundo en bloques, y el llamado a alinearse con alguno de ellos, ¿cual será el papel del nuevo progresismo de las Américas? Sería un desastre volver a caer en la trampa de la polarización y la Guerra Fría. ¿Por qué no apostarle mejor a un renacer del tricontinentalismo y los No-Alineados? Si dicha ‘neutralidad’ permitió a Finlandia y Suecia alcanzar grandes logros en materia de justicia social en Europa, o al Chile de Allende un mayor espacio de maniobra en el uso de los medios políticos, ¿no es ese el mejor ejemplo histórico para seguir?
En cualquier caso, dicha perspectiva debe primar en las mentes de posibles líderes progresistas latinoamericanos como Petro, Lula y Francia. Ellos y ella saben que los problemas más urgentes son también los de mayor profundidad histórica y geopolítica. La violencia financiera, el cambio climático, las migraciones y los conflictos tienen raíces históricas que se extienden mas allá de las fronteras nacionales. Solo una alianza tricontinental puede enfrentarlos.
