“Sabemos lo que sucedió con la república romana. Roma se convirtió en un imperio fascista. ¿Es eso en lo que nos convertiremos?”. La pregunta es quizás más relevante aquí y ahora de lo que pudo serlo cuando fue hecha. La formuló el director de cine Francis Ford Coppola al responder una entrevista en 1999 acerca de su último proyecto, Megalópolis. Casi una década después, la última película del celebrado autor de El Padrino, Drácula, y Apocalipsis Ahora será sometida a la prueba del público este viernes durante el festival de Cannes. “Se trata de poner a prueba la premisa de que el futuro… está siendo determinado hoy por los intereses que compiten por el control y dominio de la situación”, dijo Coppola al ser preguntado acerca del punto de una película cuya gestación ha demorado casi 40 años y cuya ejecución divide ya a los críticos y a quienes participaron en ella.
El punto, sin embargo, no es ni el resultado de taquilla, ni su recepción por los críticos de estudio, ni su logro en términos de las expectativas del sistema o la industria del cine y el entretenimiento actuales. Si nos atenemos a lo dicho por Coppola, se trata de un experimento. Y debe tener valor ese experimento dado que, como se sabe, su autor le ha dedicado las últimas cuatro décadas de su vida, su fortuna y prestigio personales. Es decir, va más allá del autor como individuo y de las instituciones constituidas para juzgar este tipo de cosas de acuerdo con reglas o precedentes dados y dentro de los procedimientos existentes. No solamente porque implica asumir un riesgo considerable (críticos, conocidos, y algún ejecutivo de los estudios tras verla han apuntado: “No es así cómo Coppola debería terminar su carrera de director”) el pasar a la acción y realizar su experimento público sin tener pleno conocimiento de las consecuencias, sin contenerlas dentro de limites más o menos precisos, ni garantía alguna de éxito o retorno. Sino también, o antes bien, porque en este caso asumir tan considerable riesgo tiene valor en sí mismo. Como en el caso de los bailarines en un círculo de breakdance o hip hop, y de quienes participan de culturas y actividades que instituyen sus propios términos de valor como la práctica del monopatín, participar en un rave de electrónica, o tocar y poguear juntos en un jam de punk rock, de lo que se trata aquí es de invitar al cuerpo propio y al de otros a contemplar otras vistas para que sean sentidas o aprehendidas y luego convocarles a participar juntos para darle tiempo y espacio, una base comunal o comunera, a esa visión y experiencia. Y quizás hacer indeleble de esa manera lo que de cualquier otra manera sería un acto inconsecuente. Los antiguos y los modernos que prestaban atención a esa sabiduría interrumpida y venerable hablaron de un “coraje plebeyo” para referirse a ese acto instituyente. Y lo consideraban una virtud ética y política.
Se trata, en efecto, de la virtud republicana y comunera que aparece como antídoto y resistencia a la voluntad de control y dominio. Aquella cuyos medios persuasivos llaman a la gente, eso que los constitucionalistas y expertos califican como “el pueblo soberano”, a identificarse como uno y homogéneo al esencializar este o aquel atributo, este o aquel destino, manifiesto y encarnado en la figura del líder, el capitán de barco o el capitán de industria cuya excepcionalidad confirma la regla, los precedentes dados, y los procedimientos existentes. Es mediante la ecuación que incluye voluntad y pulso firme, los medios persuasivos, la apariencia del pueblo (que es diferente de la aparición de lo popular) y la excepcionalidad de los precedentes y las reglas bajo la protección de sus declarados protectores pretorianos que la comunidad se convierte en súbdita y la república se invierte en su opuesto imperial y autoritario. ¿Se trata de una paradoja? ¿Una tensión que debemos navegar, para lo cual necesitaríamos capitanes ejemplares con excepcional capacidad de liderazgo o el ejemplo de las democracias mejores que ya han logrado el equilibrio temperante entre “soberanía” popular y “Estado de derecho”? En tal caso, sería interesante examinar por qué repetimos el gesto de acudir al individuo ejemplar o al caso típico, excepcional y ejemplarizante cuando en verdad se trata experiencias y experimentos colectivos. ¿No es ese el síntoma de un malestar mayor?
Para algunos de nosotros participar en movimientos como el de la Séptima Papeleta o las protestas del 2021 tiene valor en sí mismo porque se trataba de crear y volver a imaginar el valor en términos de lo colectivo cuando el estándar de valor en esta sociedad es el enriquecimiento individual. No participamos en este o aquel movimiento de protesta porque ello contribuyese a lanzar una carrera política, un experticio individual, o un pacto de estabilización en el que todo cambia para que nada cambie y los modelos económicos que imaginan las llamadas periferias como lugares de extracción por los autoproclamados centros permanezcan. ¿Y qué tal si al realizar dicha tarea concluimos que hablar de “pueblo soberano” es un oxímoron antes que una paradoja?
Es sintomático que los expertos en estos temas, y no soy uno de ellos, los analicen a la manera de los filósofos abstractos mientras que la historia del movimiento de los 90 todavía está por escribir. Es una tarea por hacer. No lograda. Incompleta. Pero quizás ese sea el punto del experimento colectivo con lo público y las democracias. Su incompletud. Como la película de Coppola. Entonces, no hay liderazgo ejemplarizante ni ejemplo orientador de la democracia lograda. Se trata de una tarea experimental y colectiva, volátil y por venir. Esa apertura del futuro puede ser nuestra mejor opción frente al fascismo que ha vuelto a asomar su faz enmascarada aquí y ahora.
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