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[Opinión] La reina ha muerto

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Oscar Guardiola-Rivera
14 de septiembre de 2022 - 05:05 a. m.
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¿Cómo explicar el impacto de la muerte de la reina de los británicos no solo entre sus súbditos en ese país, sino también, y sobre todo, allende las fronteras entre públicos de países que se definen liberales y republicanos?

Dos posiciones, al parecer opuestas, compiten por una respuesta.

De un lado se nos dice que las monarquías pertenecen al bote de basura de la historia. Isabel II es una reliquia, un anacronismo. Del otro lado nos recuerdan que la monarquía tiene un papel puramente decorativo. Como la cereza encima del pastel. Su sentido y significado habrían sido superados por la constitución parlamentaria. Los tiempos han pasado y Westminster es la madre de los parlamentos y las democracias. La monarquía representa una mera curiosidad que nada resta a la felicidad de la constitución liberal.

O bien reliquia, o como afirmó en estos días un comentarista en los Estados Unidos, “una debilidad en el carácter… que nos hace anhelar aquello de lo cual nos separamos”.

No hace falta ser pedante para notar que estas posiciones contrarias no lo son tanto. Ambas apelan a la imagen de la historia como tribunal que juzga y condena. Lo que desdice tanto de la historia como de nuestra capacidad de juicio. Y ambas reducen el papel del público al que se dirigen tanto los monarcas como los parlamentos liberales.

O se lo trata como un público poco educado adherido a las reliquias del pasado, o se lo imagina como un público débil que lejos de tener un papel activo se comporta como los visitantes a un museo. Es lo que pensaban algunos constitucionalistas británicos de la era Victoriana cuando explicaban la persistencia de la monarquía como una ilusión necesaria tan solo a aquella parte del pueblo lo suficientemente ignorante como para creer en ese tipo de cosas.

El sentido común a ambas posiciones, que reduce a la pasividad el quehacer del público, ya debería alertarnos. ¿No será que ese es precisamente el legado de las monarquías, y que se encuentra alojado en el interior de las democracias parlamentarias y liberales antes que ser su opuesto? Por sorprendente que parezca, encontrar a la monarquía en el corazón de las democracias podría explicar mejor la fascinación que Tirios y Troyanos sienten por la institución y el espectro que la encarna.

Ya lo sospechaba Hobbes en el siglo diecisiete. Al insistir en la importancia de que el soberano sea visible, observó que era necesario “mantener a sus sujetos en estado de asombro, y atar al público mediante el miedo.” En un país como Colombia sabemos bien lo que significa estar atados por el miedo y el terror, pero poca atención se ha prestado a aquello del asombro, la perplejidad, y la admiración. O en términos más contemporáneos, la publicidad. En esta y las próximas semanas no será posible escapar a la marejada mediática que nos impone un sentimiento sobre la reina: su buen humor, la música que le gustaba, sus mascotas, su empatía, y su capacidad para elevarse sobre los vaivenes y veleidades de los políticos. Como si no fuese ella misma la atadura de una forma política cuyos contornos van desde Londres hasta África y los paraísos fiscales del Caribe. Como si no hubiese gobernado y recompuesto los fragmentos del arruinado imperio: incluyendo la masacre de los Mau-Mau en Kenia, el establecimiento del apartheid en Sudáfrica, o de la Commonwealth. Y dado que no es aceptado ni aceptable mencionar tales cosas, habrá que por lo menos tener en cuenta ese otro evento decisivo en la historia política del segundo periodo isabelino: el advenimiento de la televisión.

En 1952, la ceremonia de coronación de Isabel II empujó las ventas de aparatos de televisión. Hoy sucede lo contrario, es la televisión y los medios los que empujan el poder visual para mantener a súbditos y foráneos en estado de perplejidad constante. De allí la omnipresencia de la antes reina y el futuro rey en la BBC, la totalidad de la prensa británica, y en medios sociales y extranjeros. De allí también la pregunta que se hacen los expertos en estas cosas, en voz baja, como si se tratase de un secreto: ¿logrará Carlos III seducir y fascinar al público de la misma manera que lo hizo su antecesora? Vaya paradoja. Se supone que la monarquía está por encima de tales veleidades, distante de la opinión, los ratings, y las celebridades. Sin embargo, como sospechaba Hobbes, tanto ella como las soberanías populares dependen de ese poder visual. Hoy quizás más que ayer. El poder se ha confundido con la imagen.

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