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Presagio

Oscar Guardiola-Rivera

05 de agosto de 2026 - 12:05 a. m.

Antes de morir, mi amigo Eduardo esperaba un signo o un presagio. Pasó la vida aprendiendo de un maestro o una maestra, que podían ser o no humanos, como quien espera una respuesta de una palabrera o un profeta. Apostaba a que sus compañeros y compañeras, a quienes había perdido o dejado atrás, no fuesen el signo que buscaba. Pero sabía también que mientras continuase utilizando su astucia podría distinguir entre las cosas que son signos y las que son meras apariencias. Y temía que esa lógica fuese la razón de su derrota. Ello le llevaba al límite de su razón y de su paciencia, y se sentía como una mascota que gime en la noche atrapada por una cadena y a la que nadie escucha. Eduardo enseñaba filosofía así que aquello no era poca cosa. El temor a ser llevado al límite por la atmósfera de violencia que nos rodea, a perder la razón, la voluntad, o la paciencia. Pensaba que así se sentían los combatientes que regresan de la guerra y los que no pueden escapar de ella.

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Es el terror que se respira en el Caribe militarizado por el wannabe King of the Americas, y en la frontera mediterránea entre Africa y Europa, donde se ahogan los que escapan de sus países en guerra y con cuyos destinos juegan las mafias, los reyes, y los líderes de ultraderecha. Es el terror que hemos respirado desde cuando éramos adolescentes en Colombia y escuchábamos por primera vez palabras como “paramilitar” o versos como “¡soldado mutilado! Has sido condecorado, sin un brazo estás deformado, bendición te da la nación”, en los conciertos de Mano Negra y La Pestilencia.

Allí nos nació la conciencia. Por eso quieren acabar con esas formas de la cultura las ministras ultras y su líder converso cual cruzados en batalla usando la religión y la familia, una vez más, como pretexto. Y de paso ponernos un bozal a los que aprendimos a escuchar la voz de la conciencia de la misma manera que escuchábamos a las bandas y a los bandos, y aprendíamos a distinguir entre las cosas que son signos y las que aparentan ser tales cuando en verdad son el latido del corazón de una bestia que no para de devorar a sus hijos e hijas.

“Con nuestras letras hemos dicho lo que Colombia no vio, lo que cayó (sic),” y que una vez más se dispone a negar, recordaba en estos días Dilson Díaz durante una entrevista para El País, meses antes del concierto de despedida de su legendaria banda. “Es una Colombia que no quiere cambiar, que no quiere moverse hacia adelante”, y no quiere escuchar.

Es tan constante el sonido de la guerra, tan repetida esa historia que se ha vuelto normal y que respiramos como atmósfera. La percibimos tan natural como la caída de la lluvia, el viento, o el calor de las costas. Por ello es invisible. Digamos, más bien, que esa violencia ha sido aceptada y olvidada de la misma manera en que aceptamos y olvidamos cualquier ocurrencia cotidiana. Los bandos se matan y destruyen unos a otros una y otra vez. Los inversionistas, los terratenientes y sus políticos de siempre disfrazados de los nunca envían a sus policías y paramilitares para que de manera subrepticia, en la noche, y las más de las veces a plena luz del día lleven a cabo sus limpiezas para purgar a los bandos y las bandas. Y lo hacen con el apoyo tácito de la población que celebrará el próximo 7 de agosto como si se tratase de un nuevo día y que acepta resignada el gobierno “alterno” desde la narcolook Casa Blanca.

No son ignorantes. Deciden participar de estructuras de ignorancia como esta que se levanta sobre la fachada de un edificio en Barranquilla. “A mí me parece como si fuese un genocidio”, me decía Eduardo. Uno que tiene lugar no solo en los Territorios Ocupados de allá, que la política exterior de los de siempre también niega, sino también aquí en casa. La violencia es doméstica y nos ha domesticado. Creemos ser sus amos y dominarla, pero en verdad somos sus animales y como tales nos sacrifica y nos mata.

Mientras la venganza late en el corazón del nexo que une al que mata con sus muertos podemos escuchar también el susurro casi imperceptible que nos atrapa de la misma manera que las imágenes, las sombras y los espectros atrapan a los esclavos encerrados con sus amos, sus rituales y sus ídolos falsos en lo más profundo de una cueva.

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