A diferencia del siglo XX, el XIX terminó con una explosión. Vino con un clang y un boom. Como un rayo. El golpe de un tambor. Un terremoto provocado por el movimiento imprevisible de las fallas, las geologías de la conciencia visual y moral. La ruptura de los puntos de vista hacia arriba desde abajo y hacia abajo desde arriba. Una máquina loca, que combina como tales cosas hacen tanto sonido-imagen como multitud. O un shock. Un choc en retour.
‘Choque inverso’ es el término que utilizaron los pensadores negros del Caribe para explicar su experiencia del ascenso del fascismo en Francia y el resto de Europa, y explicarse su experiencia vivida como inmigrantes. Como tantos otros, seguían a la inversa los movimientos de las mercancías y el dinero en las redes globales de capital: los capitales de las metrópolis que buscan las periferias para abaratar la mano de obra y los recursos. De allí las propuestas que aún hacen sus títeres periféricos, como aquella del trabajo por horas.
La llegada en reverso de los migrantes a las metrópolis tiene el efecto de una explosión surrealista. Así, por ejemplo, cuando la Bomba-S explotó en París artistas como Suzanne y Aimé Césaire o Diego Rivera despertaron en la margen izquierda del río. La explosión había resonado como el canto lejano de las sirenas, junto al río, rompiendo el Sena en dos y una de sus ramas transformándose en el lecho del río que cruza a través y más allá de La Realidad, que también es el nombre de un pueblo al sur de México. Ahí, algo emergente. Algo irrumpe en y desde el inconsciente de las metrópolis de Europa. Un sueño les invade desde abajo.
En la margen derecha, capitales bonitas como París se pueblan de cosas feas. Algunas reproducidas a través del exceso mimético y la técnica en el propio pozo de la ciudad. Otras las produce el miedo a que la violencia reservada a los negros y a los indios en sus ‘hábitats naturales’ retorne como un bumerán: xenofobia, miedo reverso a volver a una edad ‘primitiva,’ rechazo a lo extranjero. En esa margen, bien poco ha cambiado. Cuando Marine Le Pen dijo tras la derrota de esta semana que ‘no deseo gobernar para los pocos sino para el pueblo francés,’ el acento está en el rechazo al inmigrante, en particular al ‘de color’ y el norte de África, las antiguas y nuevas colonias, lo no-francés, y no en un gobierno para los muchos.
Es lo que diferencia a los populismos de derechas y el fascismo renovado de los frentes populares de izquierda, hoy más plural y moderada, reconstruida en las muchas direcciones de los movimientos sociales de base, los derechos, y la protesta social. Es lo que distingue al MaléFico de Francia (Márquez) y Petro. Por supuesto que aquel, como Le Pen, quiere disfrazarse de pueblo y para ello usa el lenguaje populista. Le ayudan, como a Le Pen, los equivalentes de Macron entre nosotros, en los medios, las finanzas y dentro de las instituciones, que prefieren coquetear con los posfascistas en el entendido de que será mas fácil derrotarlos a ellos que a la margen izquierda, sin cambiar nada ni gobernar para los nadies o los muchos.
Dicha estrategia está llamada a fracasar. En Francia, aunque Macron ha triunfado es el partido de Le Pen el que continúa en trayectoria ascendente desde las ultimas elecciones. Como en la España de Vox y el PP donde ya cogobiernan en algunas regiones. O en Brasil, donde Bolsonaro ya ha hecho su trabajo de destrucción universal. O en Colombia, donde nos gobiernan ya desde hace varios años con múltiples disfraces. Enmascarados.
A propósito de máscaras. Cuando las usan, muy rápido los poderosos se deshacen de ellas. Cuando Rockefeller contrató a Diego Rivera para que este pintara un mural en su edificio de Manhattan, y este incluyó a Lenin y a propuso incluir a Lincoln como contrapunto, el billonario cubrió el muro de pintura blanca antes de destruirlo. Algún crítico se preguntó: ¿puede un billonario estadounidense comprar la Capilla Sixtina y demolerla? Ante la compra de Twitter por Elon Musk, dizque para defender la libertad de expresión, vale la pena hacer una pregunta similar. Twitter está bien lejos de ser comparable a la Capilla Sixtina, pero es posible comparar las acciones de Rockefeller y Musk. ¿Deberíamos confiar en los billonarios para defender la libre expresión en la esfera pública? El número 1 de la lista Forbes del 2021 controla el Washington Post. El número 2 es ahora dueño de Twitter. Número 3, Meta/Facebook. Números 4 a 9 fundaron Microsoft. Número 10, Bloomberg. ¿Libre expresión? O mas bien, ¿no es así como mueren las democracias?