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Tiranos

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Oscar Guardiola-Rivera
02 de septiembre de 2026 - 06:06 p. m.
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En enero del 2026, las autoridades de la Universidad Texas A&M le comunicaron al profesor de filosofía Martin Peterson que debía “abandonar o remover” de su curso introductorio los temas de raza y género vinculados con los diálogos de Platón. La orden formaba parte de una revisión de los programas de estudio llevada a cabo por la universidad texana con el fin de aplicar la nueva política dictada por su Junta de Regentes. Dicha política establece que “ningún curso académico del sistema promoverá la ideología racial o de género, o cualesquiera otros temas relacionados con la orientación sexual o la identidad de género”.  

Para algunos, el objetivo de medidas como esta no es el texto de Platón como tal sino las perspectivas de lectura que enfatizan temas como el género o la raza que, se supone, no serían apropiadas para leer un texto “clásico”. Para otros, dado que no es posible leer un texto sin tener en cuenta el contexto de quien realiza la lectura, así sea tan solo para marcar la distancia que separa al autor de sus lectores actuales, las diferencias entre ambos contextos, o simplemente para estimar la relevancia de un texto clásico en el mundo de hoy, se trata de algo más que un mero acto de censura.

Que textos como la República o el Simposio leídos en un curso introductorio de filosofía moral clásica terminen siendo juzgados culpables de cosas tan recientes como “wokismo”, o de violar las premisas de una institución que busca proteger a sus estudiantes de “izquierdismo” porque hablan de identidad de género, y porque dichos temas interesan a los estudiantes, es absurdo. Dicho absurdo revela cómo los puristas, los que se presentan como defensores de la moral, y aquellos que buscan limpiar a la sociedad de sus supuestos enemigos y de todo lo que temen pueda contaminarla bajo el pretexto de proteger a los jóvenes, a sus hijas e hijos, terminan asemejándose a lo que temen. En este caso, por ejemplo, es así como el antiwokismo no solo se asemeja bastante a, sino que se convierte en el tan temido wokismo que cancela y censura.

“No me sorprendió demasiado que algunos de los otros tópicos que yo quería enseñar fuesen rechazados, pero Platón… es indignante”, ha dicho Peterson. “Platón habla de identidad de género. En uno de sus libros dice que las relaciones entre personas del mismo sexo son perfectamente normales y no constituyen algo de lo que haya que avergonzarse … y parecería relevante discutir esos temas con los estudiantes. La gente tiene opiniones muy fuertes sobre el particular, por supuesto. Pero mi papel no es el de abogar por esta o aquella posición. Consiste en presentar argumentos ... y puntos de vista alternativos. Decir que ni siquiera puedo discutir estos temas con mis estudiantes, y que no puedo sugerirles leer a Platón es absurdo. Aun para los administradores, pero no tienen el coraje suficiente como para ignorar este tipo de políticas”.

Que Peterson use la palabra “coraje” en este contexto no es coincidencia. Cuando Platón apareció ante el gobernante de Siracusa, Dionisio, en el 387 antes de Cristo, el tópico de su discurso fue el coraje. Observó que quienes carecen de esta virtud o no tienen el coraje suficiente deben ser llamados tiranos. Esta es una de las características que nos permiten distinguir entre un tirano y un gobernante que actúa guiado por la justicia y la ética. Sin importar cuál sea su título o legitimación, arconte, rey, o presidente. Platón y otros como él distinguieron entre la tiranía y el gobierno justo de un rey, por ejemplo, en un momento en que ambas cosas se confundían. Lo hicieron acudiendo al criterio más universalizable que consiste en observar si en el ejercicio del poder dichos gobernantes tienden a acudir a la coerción y la fuerza a la manera del “hombre fuerte”, si lo ejercen para el beneficio de sus sujetos, contando con la voluntad de estos en vez de censurarla o reprimirla, y si tienen el suficiente coraje como para hacer real una visión de la justicia más allá de lo que puede verse en la realidad injusta del presente.

Por ejemplo, disponiendo mejores condiciones para que aquellos a quienes pertenece el tiempo que viene, nuestros hijos e hijas, sean mejores practicantes de la justicia y por ello mismo más felices. Por el contrario, quienes carecen de dicho coraje y prefieren usar el poder en beneficio propio, así para hacerlo deban acudir a la censura, la represión y la fuerza, pueden ser llamados tiranos. Estos últimos carecen también de visión, o de lo que podríamos llamar imaginación política. Ello porque sus sueños se limitan a llenar sus cofres, a tener más, a satisfacer sus apetitos sexuales a costa de las jóvenes a quienes compran o violan, de la manera que nos lo muestran los archivos Epstein o la realidad de la guerra eterna en Colombia. Estos últimos acuden a cualquier pretexto (por ejemplo, la llamada guerra contra las drogas, la inseguridad y el miedo o la rabia de una población que se siente vulnerable, presta al resentimiento). Pretextos que amplifican a través del espectáculo y la propaganda con el fin de satisfacer sus apetitos sin límites haciéndose a más y más cosas: el estrecho de Ormuz, el lago Ontario, el golfo de Méjico, Groenlandia, el petróleo de Venezuela, los recursos de Colombia y más y más. Esto nada tiene que ver con “realismo político” o “así es la geopolítica”.  Esos son eufemismos, sombras, mentiras.

Pero podemos distinguir la verdad que esconden tales sombras. Tal es la enseñanza de Platón. Es ética y es práctica. Y no hay que ser un estudiante de filosofía para darse cuenta de su actual relevancia. Quizás sea por eso por lo que los supuestos soldados de la llamada “guerra cultural” quieren prohibirla, junto a la palabra “niña”, y a todas aquellas cosas que consideran zurdas e impuras. Hay que llamarlos por su nombre: tiranos.

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