Hay regalos inapreciables. Nos recuerdan que la libertad verdadera consiste en reconocer que no somos excepcionales, que dependemos de otros, y no estamos solos. De ello se sigue que estamos llamados a cuestionar el monopolio de los puntos de vista que se proclaman únicos e infalibles. Y, entonces, adoptar una posición más humilde que se permite poner en duda precisamente lo que creemos saber. Aquello que nos es familiar y que asumimos como verdadero tan solo porque es familiar.
El regalo al que me refiero es el último libro del escritor colombiano Eduardo Mendieta, publicado en los Estados Unidos hace apenas unas semanas. Se titula The Philosophical Animal. Aboga por un cosmopolitanismo que va más allá no solo de las fronteras entre las naciones sino también de la frontera más sutil, menos visible, y que por ello solemos dar por supuesto, mediante la cual separamos a los humanos de los que suponemos menos que humanos. Los animales, el medio ambiente, y también aquellos humanos que por muy enraizadas sin razones son percibidos como atrasados, menos desarrollados, o más cercanos a la naturaleza que a la civilización o a las sociedades supuestamente mas civilizadas.
Este libro hace parte de la edad de oro por la que atraviesa en la actualidad la filosofía latinoamericana y, en especial, la colombiana. La presente época dorada del pensar puede haber pasado desapercibida a los lectores de los medios corrientes y a no pocos entendidos. Debemos ese infortunio a la muy extendida tendencia a juzgarnos incapaces de cosas tales como la filosofía, la política, o el arte universal precisamente porque aún nos percibimos, o a algunos de entre nosotros, como menos civilizados, prisioneros de un hábitat, o en cualquier caso retrasados respecto de las sociedades del mal llamado Primer Mundo. Mas no por ser un libro de filosofía, y uno muy riguroso, este libro es de difícil lectura, abstracto o lejano a la realidad más corriente. Por el contrario, se trata de un libro de la tierra. Tanto en el sentido planetario como en el del suelo que nos nutre y en el que hemos crecido.
En el último capítulo, Mendieta recuerda “haber crecido en los años setenta en Colombia… en las montañas y valles del suroeste, en la cuenca del río Cauca, entre las cordilleras central y occidental. Crecí a lomo de yegua, caminando antes del amanecer entre colinas empinadas cubiertas por la niebla para reunir a las vacas, recogiendo café, y persiguiendo a los cerdos… lejos de la ciudad”. El discípulo más logrado de Jürgen Habermas y Reinhart Kosellek es un filósofo campesino. Como tantos otros campesinos de las zonas empobrecidas y violentadas de Colombia, el joven Eduardo y su familia se vieron obligados a emigrar. Lo que un país pierde lo gana el universo de la escritura y la filosofía.
Sin embargo, el filósofo ya maduro lleva consigo el olor de la yegua campesina bajo la cual solía dormir cuando joven tras llevar los frutos de la tierra al mercado dominical. Esa memoria, junto a la de la violencia que desposeyó a los suyos, le permite releer de manera precisa los bestiarios antiguos y medievales, para concluir que el homo sapiens moderno es también homo equestriens. La relevancia de esa conclusión en la época del colapso ambiental, la sexta extinción y el retorno de la guerra total en total impunidad, es evidente. O mejor, se hace evidente en el sentido de aclarar lo que de otra manera permanece oscuro y se nos escapa.
La simbiosis entre los humanos y el caballo, los otros animales y la naturaleza en general, constituye el mejor punto de partida para pensar y actuar la extinción en curso como el tiempo y el lugar en el que chocan y entrecruzan la historia humana y la historia natural. Ello quiere decir que Eduardo Mendieta contribuye con este libro fantástico a una segunda Ilustración. La que necesitamos en este preciso momento de la historia. Digo “fantástico” en el sentido de una precisión que no es pedante, forense y pretoriana, sino que traduce una parte de la imaginación y la pone en contacto con la tierra, con las relaciones reales y más cotidianas, para transformarlas.
La segunda Ilustración procederá no de Europa sino de eso que llaman el Sur Global. En este caso, el campo del suroeste colombiano. No he querido escribir una reseña de este libro maravilloso. No podría hacerle justicia. Tan solo quiero aceptar la deuda que, gracias a este libro, a sus trabajos anteriores, y su amistad, he adquirido con Eduardo Mendieta. Y quiero compartirla con ustedes. Quiero invitarles a leer ese libro, a exigir que sea traducido y publicado entre nosotros, para pensar mejor y hacer a un lado las opiniones que se repiten de manera mortificante en los medios corrientes. Se trata de una deuda que jamás podremos pagar.
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