Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
La bandera anticorrupción no puede ser empleada por los políticos como una simple frase de cajón para crear una superioridad moral frente a los demás, pero sin proponer ideas concretas de cómo se ejecutaría esa política pública. Se trata, una vez más, de la apropiación de una bandera política que en realidad no enarbolan. Solo usan la palabra “anticorrupción”, pero sin convicción y menos aún precisión.
En lo que llevamos de antesala a la campaña presidencial, a la que, dicho sea de paso, le falta mucho trecho, hemos escuchado que la gran mayoría de aspirantes, si no todos, se autoproclaman como los héroes anticorrupción, pues en sus eventuales gobiernos no se permitirá el uso indebido de los recursos públicos y se investigará y sancionará de manera férrea a todos aquellos servidores que utilicen sus cargos para llenarse los bolsillos o los de sus amigos. Muy bonito discurso, que seguramente genera aplausos entre sus seguidores, pero nos deja inquietos a todos sobre el siguiente cuestionamiento: ¿cuál es la propuesta concreta para combatir la corrupción? Hasta ahora, ningún candidato ha dicho cómo, lo cual es más importante que el qué.
Desde la firma del Acuerdo de Paz con las Farc, los colombianos perciben cada día más la corrupción como el verdadero y gran problema que aqueja al país. Los dineros públicos no son destinados para mejorar la infraestructura, la educación, el sistema de salud o la justicia, sino que están al servicio de los intereses particulares de los gobiernos nacionales y locales de turno, y de sus amigos políticos y empresarios. En últimas, eso afecta gravemente el nivel de vida de las personas y la confianza en las instituciones, las cuales son vistas como nidos de corrupción en donde no se salva casi ninguno.
La percepción de que las cosas no van por buen camino, en especial en esta materia, la demuestran todas las encuestas donde se enlista la corrupción entre las principales preocupaciones de los ciudadanos. Cómo no, si durante los últimos años han explotado vergonzosos episodios como el cartel de la toga, el cartel de la hemofilia, Fidupetrol, la Ruta del Sol II Odebrecht-Sarmiento y cuanto cartel se les ocurra, que se han convertido en el pan de cada día de las noticias en este país.
Los candidatos presidenciales saben que necesitan capitalizar ese descontento social para convertirlo en votos y que se volvió moda proclamarse “anticorrupción” mediante un discurso vacío y sin propuestas para combatir ese flagelo, con el único propósito de que las personas, cansadas ya de tantos canallas que se han dedicado a robar las arcas públicas, los reconozcan como los salvadores caídos del cielo que por fin van a cambiar las cosas. Nada más alejado de la realidad.
Ninguno de los aspirantes presidenciales ha propuesto ideas concretas de cómo pretende ejecutar su política anticorrupción en caso de que llegue a la Casa de Nariño, ninguno ha manifestado cómo pretende luchar contra esos clanes regionales que se roban la plata; por el contrario, parecen cohonestar con ellos. Ciertamente, los candidatos se han dedicado a denominarse “anticorrupción” al paso que vociferan que todos sus contrincantes son corruptos. Esa es la única propuesta.
Se necesitan, de verdad, ideas y no gritos, propuestas y no discursos politiqueros, que combatan la corrupción y garanticen la correcta inversión de los recursos públicos, para que realmente un candidato se pueda proclamar anticorrupción. Es claro que se requiere abordar este discurso, pues se trata de un verdadero propósito inaplazable, pero no así de vacío, sin propuestas serias, sin fundamento alguno, como si se tratara de un mero asunto de campaña.
Ojalá los candidatos se pongan serios y entiendan que a la política anticorrupción hay que ponerle sustancia y concreción, lo demás es puro y simple paisaje, el mismo que nos tiene en el podio del escalafón mundial de la corrupción. Por eso, anticorrupción sí, pero no así de vacía.
