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Asalto a la democracia

Pablo Felipe Robledo

28 de septiembre de 2021 - 11:59 p. m.

Uno podría pensar que a los gobernantes de este país les gusta jugar con candela. Y no, en realidad no. Lo que les gusta es torcer las reglas de juego de la democracia, cambiarlas a su antojo e interpretarlas para sí mismos, pues ni la ética política ni la imagen del sistema político les interesan para nada. Ello siempre será inferior a sus ansias de poder.

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Es una tentación para gran parte de ellos vulnerar los cimientos de la democracia. Aunque lo critican cuando lo hace un contradictor político aquí o en el extranjero, algunos de los que gobiernan buscan la forma de cambiar las reglas de juego para perpetuarse en el poder o garantizar la sucesión en los suyos; es decir, atornillarse. En la historia reciente, los más propensos y efectivos para hacerlo han sido, sin duda, Uribe y sus amigos, estos a través de las mañas que se heredan sin recato alguno.

Uribe, elegido solo para cuatro años sin posibilidad de más, decidió, a mitad de camino, hacer una reforma constitucional, dirán algunos, o perpetrar un asalto a la democracia, diremos otros. Así, por cuenta de su popularidad (Estado de opinión), Uribe decidió promover y hacerse aprobar a la brava su posibilidad de reelección, fechoría en la cual sus más cercanos funcionarios y uno que otro congresista —todos hoy condenados penalmente, salvo Uribe— cometieron todo tipo de delitos.

Pero el atraco democrático no terminó allí. Uribe, a quien le quedó gustando gobernar —no para servir, sino para poder saciar su enfermiza obsesión por el poder—, pretendió de nuevo hacerse reelegir por segunda vez, para lo cual también tramitó su habilitación ante el Congreso, esta vez con más tropiezos que fluidez y con mala suerte para él y buena para el país, porque la Corte Constitucional, permisiva la primera vez, se le atravesó en esta segunda aventura. Si no hubiera sido así, Uribe seguiría hoy de presidente en cuerpo propio, al mejor estilo de sus más odiados contradictores como Chávez, Maduro, Ortega o Evo. Una especie de simetría entre polos.

Uno puede creer que nos libramos de Uribe, pero eso no es tan cierto, pues ha gobernado y gobierna por medio de su pupilo, el nunca aprendido y mucho menos valorado presidente Duque, a quien se le ocurrió la idea, inspirado en su maestro, de atracar nuevamente la democracia, esta vez a apunta de recursos públicos disfrazados de recuperación económica, pero con el fin de ayudar a los uribistas en las elecciones de Congreso y presidente que se avecinan.

El camino para el tal nuevo asalto a la democracia no es más que una modificación a la Ley de Garantías Electorales ad portas de un proceso electoral, mediante la inclusión de “un articulito” en el proyecto de Presupuesto General de la Nación de 2022, lo que no se le ocurre a nadie provisto de buenas intenciones. Es de tal grado de ordinariez lo que pretende hacer Duque junto con decenas de intoxicados congresistas, que les han llovido piedras de todos los lugares posibles y espectros políticos.

A este intento de atraco a la democracia habría que sumarle la sorpresiva aparición del jefe de la banda. Uribe ha salido a decir que se opone a esa reforma; no obstante, sus congresistas, que tienen todo menos voluntad propia y autonomía, ya la habían aprobado. Uribe los había mandado a aprobarla y ahora los desautoriza. Ante las piedras y el descrédito, Uribe salió, como salió cuando la nefasta reforma tributaria de Carrasquilla, a oponerse a ella y montar un espectáculo de alerta a la democracia, cuando él ha sido el mayor de sus contaminantes en los últimos años.

No sé si en el Congreso terminen aprobando ese adefesio para atentar contra la Ley de Garantías ante el repudio que la iniciativa ha generado entre los colombianos, pero lo que sí sé es que modificar una norma de nuestro sistema electoral que implica, además, canalizar inmensas cantidades de recursos públicos en pleno proceso electoral no luce nada bien y se parece más a un nuevo asalto a la democracia.

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