Indignante resulta lo acontecido con los consumidores en torno a la decisión de Viva Air y Ultra Air de suspender intempestivamente las operaciones aéreas, luego de haber vendido más de un millón de tiquetes a sabiendas de la grave situación financiera por la que atravesaban y estando seguros de que dejarían en tierra no solo sus aviones sino a los pasajeros.
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Es evidente que a los empresarios de Viva Air y Ultra Air se les olvidó el mandato constitucional que nos recuerda que “la empresa, como base del desarrollo, tiene una función social que implica obligaciones” con el mercado y los clientes a lo largo de la cadena productiva. Para un empresario, concurrir al mercado no solo es un derecho empresarial reflejo de la libre competencia económica, sino un privilegio que les concede el Estado.
Esta nefasta situación demuestra la falta de escrúpulos en estas compañías en desmedro no solo de los derechos sino de los sueños e ilusiones de cientos de miles de ciudadanos que confiaron en las sencillas pero falsas promesas de estas aerolíneas, que tan solo tenían que cumplirles a sus clientes.
Y es que imaginémonos la tristeza, debilidad y frustración que pueden estar sintiendo las personas que habían adquirido tiquetes en estas aerolíneas para viajar por necesidad personal, trabajo o vacaciones. Cientos de miles de hogares vivieron el drama de no poder disfrutar sus vacaciones, planeadas con esmero y esfuerzo inimaginable, pues gozar de ellas viajando no solo es un gusto sino una decisión trascendental, ya que viajar para el grueso de la población implica gastar lo que no se tiene, empeñarse o simplemente exprimir al máximo las tarjetas de crédito.
Mientras sus clientes hacen ingentes esfuerzos para cumplir con los compromisos económicos que implica viajar, los “aviones” de Viva Air y Ultra Air (me refiero a sus administradores y directores) no tuvieron recato alguno en quedarse con la plata de los viajeros y causarles perjuicios económicos por los que las aerolíneas jamás responderán. Paquetes turísticos, hoteles, alquiler de vehículos, comidas y tours quedaron pagos, al igual que los tiquetes, pero que no solo no se pudieron gozar, sino que realizar un reembolso es tarea titánica; misión imposible. Por cuenta de una manada de “aviones” con patente de corso para robar, engañar y estafar, los sueños y planes familiares quedaron en el mundo de lo inolvidable, por traumático.
La crisis área también está afectando el turismo en regiones de nuestro país que confiaban en que los turistas que habían programado sus vuelos para estas fechas concurrieran a sus destinos a fin de brindar oxígeno a las economías que dependen del turismo, otro daño irreparable que jamás será asumido por las aerolíneas, irresponsables gracias a la patente de corso que creen tener o, mejor dicho, que tienen.
¿Cómo fue posible que estas aerolíneas hubiesen vendido tiquetes hasta minutos antes de cesar operaciones? Eso lo hacen los bandidos y dista mucho de la actitud de empresario serios y consciente del rol que juegan en una sociedad.
Haber vendido tiquetes a pocos minutos de cesar operaciones es un juego sucio contra la sociedad, lo cual defrauda la confianza que la ciudadanía y el Estado depositan en las empresas. Un juego realmente cochino que merece el máximo reproche social y judicial. El permiso que tienen de concurrir al mercado no es para engañar y robar, no es para ultrajar a las familias, no es para estafar.
Todo esto me recuerda al expresidente John F. Kennedy, cuando le hizo saber al mundo que “más que ciudadanos, hoy en día somos consumidores”. Urgen fuertes sanciones en contra de quienes se encargaron, literalmente, de atracar a los consumidores para luego salir volando y no responder. Siendo abogado, pero no penalista, podría decir, con la rabia propia de quienes hemos dedicado parte de nuestras vida a proteger a los consumidores, que los administradores y directivos de Viva Air y de Ultra Air, como mínimo, merecen la cárcel por ser unos “atracadores al vuelo”.