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Como ranas, de charco en charco

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Pablo Felipe Robledo
04 de enero de 2023 - 05:09 a. m.
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El derecho a elegir y ser elegidos constituye uno de los derechos y deberes políticos más importantes que la democracia contemporánea reconoce a favor de los ciudadanos. Sin embargo, algunos de los congresistas designados para ocupar estos cargos han olvidado que este derecho es, a su vez, una obligación. Muchos de los elegidos popularmente para ocupar altos cargos se han olvidado del deber de cumplir con el respeto a los valores sobre los que se cimienta la democracia, y la confianza depositada por aquellos electores que consideraron que un determinado político podría representar sus intereses en el Congreso. Mejor dicho, al hacerse elegir ejercieron un derecho y al renunciar contravinieron una obligación.

Y es que precisamente estos politiquillos olvidan que la democracia se basa en un modelo representativo, en el que los ciudadanos designan a un determinado candidato para que los represente en el concierto político, porque confían en que este encarnará sus ideales. Es decir, se haría matar por ellos y no saldría corriendo ante la posibilidad de ocupar otro cargo.

Sin embargo, estos honorables padres de la patria, irrespetando la democracia, a los electores y a la institucionalidad, renuncian a los cargos para los cuales han sido elegidos en el Congreso para aspirar a otro cargo de elección popular, antes de incurrir en una inhabilidad que no les permita saltar de un charco a otro.

Esta situación no solo deja en entredicho la importancia que los políticos les dan a los cargos para los cuales han sido elegidos, sino que afecta, en gran medida, el cumplimiento de sus obligaciones constitucionales, legales y políticas inherentes a estas altísimas dignidades, las cuales han sido asumidas por personajes irresponsables que las dejan tiradas al inicio del camino.

Es nefasto haber elegido a un candidato para que promoviera la adopción de una política pública determinada o consiguiera volver ley de la República una norma que favorece los intereses de sus electores, pero que al inicio del camino renuncia y se olvida del mandato para el cual fue elegido, por querer vivir en un charco que le parece más atractivo sin importar el mandato de sus electores.

Pregunto: ¿qué es más importante? ¿el interés individual del político o la correcta ejecución de los cargos de elección popular? Para algunos politiquillos, sus intereses deben primar al del resto de la población; para otros —los electores— es incorrecto lo que estos politiquillos hacen.

Recordemos el caso de Antanas Mockus, quien, habiendo sido elegido alcalde de Bogotá, renunció a su cargo para aspirar a la Presidencia de la República. Decisión contradictoria, toda vez que Mockus había afirmado que no renunciaría a su cargo, porque supuestamente le faltaba cumplir la tarea.

No se debe olvidar que nadie está obligado a estar en un cargo público de elección popular en contra de su voluntad, pero otra cosa es tener por cierto que ningún elegido debería tener el derecho a evadirlo para aspirar a otro cargo de elección popular, pues ello sería sencillamente avalar la estrategia de la rana.

No de ahora sino desde siempre, estamos en la inmensa necesidad de implementar en el régimen de inhabilidades e incompatibilidades el hecho de que ningún elegido a un cargo de elección popular pueda adoptar la decisión de abandonarlo para aspirar a otro.

Max Weber clasificó a este tipo de personajes entre los que viven para la política (políticos habituales) y los que viven de la política (políticos ocasionales). Ojalá que los electores dejen de confiar, sobre todo en aquellos que viven de la política saltando como ranas de charco en charco.

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