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Colombia se encuentra en el peor de los mundos no solo por este tercer pico de pandemia, que se advierte más devastador que los dos anteriores, sino también por cuenta de la insensatez del Gobierno al presentar la reforma tributaria de Carrasquilla, sin duda el más cacareado y peor calificado de los ministros de Duque.
No lo digo yo, lo dijo el mismo Duque, y no propiamente cuando ejercía como insensato opositor del gobierno anterior, sino siendo ya presidente... y presidente en la mitad de lo que va corrido de esta terrible pandemia, que no es lo mismo. Dijo hace ocho meses ante la Alianza RIPE: “Hacer una reforma tributaria en este momento, cuando tenemos la pandemia que está golpeando la micro, pequeña, mediana, gran empresa, la clase media, la clase alta, a las clases más vulnerables, pues es suicida. Es suicida, por una sencilla razón: porque en medio de una pandemia, que está generando estos efectos, a quién se le va a cobrar más impuestos, a la micro, pequeña, mediana y gran empresa para asfixiarla, que se quiebren, empleen menos y detonen un mayor desempleo: absurdo”.
Y miren ustedes. Por fin Duque había dicho algo cierto, irrefutable y contundente. Por fin había dicho algo importante en lo que todos estábamos de acuerdo con él: una reforma tributaria en plena pandemia es un suicidio, un absurdo. Pero las cosas con el presidente no duran para siempre; un día dice una cosa y otro día hace otra. Ni corto ni perezoso, presentó a consideración del Congreso un proyecto de reforma tributaria sin duda tan suicida como él lo había vaticinado, pero, claro, bajo eufemismos, como se advierte hasta en su propio título, como si este país fuera tan tonto de creer que un gato es perro porque alguien le grita perro.
Estuve tentado a resumirles el título del proyecto, pero me resistí. Se los presento para que ustedes lo juzguen: “Proyecto de ley por medio de la cual se consolida una infraestructura de equidad fiscalmente sostenible para fortalecer la política de erradicación de la pobreza, a través de la redefinición de la regla fiscal, el fortalecimiento y focalización del gasto social, y la redistribución de cargas tributarias y ambientales con criterios de solidaridad y que permitan atender los efectos generados por la pandemia y se dictan otras disposiciones”. Casi una obra literaria de tecnócratas inspirados, ¿o no?
Pero, bueno, todos sabemos que se trata de una reforma tributaria y punto. Lo que es más relevante es que el propio Gobierno sabe que esta es una reforma sin futuro. No se necesita un consenso político para hundirla, como tampoco una docena de huevos a precio Carrasquilla para que sea motivo de burla generalizada, pues incluso ella —la reforma— pretende gravar en plena pandemia los servicios públicos y los funerarios. Parece un chiste, pero no lo es.
Y la gente, desesperada y coincidente en estar en contra de una reforma tributaria, decide marchar. A una estupidez como la reforma las personas contestan con otra estupidez. Claro, los ciudadanos y uno que otro político irresponsable y oportunista buscan manifestar su opinión y presionar al Gobierno para que retire el proyecto, aun a sabiendas de que la marcha en sí misma es también un acto suicida. Resulta increíble que hayan escogido esta época tanto para presentar la reforma tributaria como para marchar contra ella. El peor momento de todos, cuando Colombia avanza no a paso de galope hacia el tercer pico de la pandemia sino a ritmo de caballo desbocado. Cada tarde de la semana pasada hubo el reporte de un récord en muertos diarios: 420, 429, 430, 440 y 465.
Es verdad que el gobierno Duque es malo y que la reforma y marchar este 28 de abril, en pleno tercer pico, son un suicidio. Ojalá este testarudo Gobierno lo entienda y retire el proyecto, y ojalá la gente lo entienda y desista de marchar, por lo menos por ahora, salvo que quieran ser catalogados de covidiotas (palabra que al parecer ya fue aceptada por la RAE).
