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El debate electoral está cada vez más enrarecido, lo cual es de por sí bastante preocupante para un sistema democrático que, en esta oportunidad, se juega algo más que resolver quién será el próximo presidente. En verdad, lo que está sobre la mesa es la mismísima supervivencia de nuestra democracia y no estoy exagerando. Dependerá de quién gane las elecciones.
Muchas son las razones para decir que el ambiente está enrarecido. Por un lado, la corrupción se ha apoderado de las campañas que lideran las encuestas sobre la actual intención de voto. No es un secreto que algunos personajes vinculados desde hace muchos años a la corrupción y al clientelismo se han apoderado de la campaña de Petro, a lo que habría que sumarle su intención de consolidar el miserable “Pacto de La Picota” en búsqueda de más apoyos a su causa.
Si donde Petro llueve, donde Fico no escampa. Allí están casi todos los clanes políticos vinculados a la corrupción, el narcotráfico y el paramilitarismo, con quienes Fico hace campaña con besamanos y fotógrafos de cabecera. Tampoco importa quién es el que allí llega, pues el objetivo es sumar y sumar, así sea con el mismísimo diablo.
A esta estrategia de reunir hampones por manadas Fajardo se resiste, se niega. Él ha dado claras muestras de no ceder en ese terreno, pues sabe que con quien se hace campaña se gobierna y que al final la cuenta hay que pagarla porque hay que pagarla. Hace bien Fajardo en marcar su lindero ético.
Por otro lado, resulta francamente inadmisible la falta de garantías. Primero fue la modificación de la Ley de Garantías Electorales estando en capilla las elecciones, lo cual no se les ocurre sino a un gobierno como el de Duque, tan atropellador como abusivo, y a un Congreso arrodillado al Ejecutivo, convencido de que a punta de maniobras y jugaditas se contribuye a la estabilidad del sistema democrático. A un mes de la primera vuelta, llega la noticia de que la Procuraduría conceptuó ante la Corte Constitucional solicitando su inexequibilidad, pero la verdad ello es inane pues los promotores de ese atropello se salieron con la suya, ya que el fallo llegará después de las elecciones presidenciales.
Tampoco es de olvidar que nadie confía en el nefasto registrador Alexánder Vega, quien hizo un oso monumental en las consultas y elecciones parlamentarias por la pérdida de más de un millón de votos, lo cual obviamente no genera credibilidad, a tal punto que es macondiano que aún esté en su cargo como si nada hubiese ocurrido.
No menos grave es que el presidente Duque todos los días viole su deber constitucional de imparcialidad y no participación en el debate electoral. Ataca a Petro y a Fajardo, al paso que llena de elogios directos o indirectos a Fico. Esto deslegitima la democracia y pone un manto de duda sobre la transparencia y las garantías del proceso electoral.
Pero si todo esto no fuera suficiente, el general Zapateiro —que más bien parece un humorista imitando exageradamente a un militar— se involucra en una disputa directa con el candidato Petro, incurriendo no solo en todo tipo de imprudencias indignas de su alto cargo castrense sino interviniendo en política, algo que juró no hacer este general y Duque nunca permitir, pues ello, como se sabe, es lo que manda la Constitución por el bien de la democracia.
Así las cosas, estas elecciones están enrarecidas, brilla la ausencia de garantías y para rematar —ojalá la palabra fuera otra— los militares decidieron meterse en el debate ante la actitud cómplice y complaciente del presidente Duque, que ni para eso dio la talla. Dios salve a esta débil democracia.
