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El 31 de diciembre, el presidente Petro, como es acostumbrado por los presidentes, nos deseó feliz año; pero fue más allá. Petro escribió en su cuenta de Twitter: “Es mi deseo en este final de año que sea posible la paz. Este es un acto audaz. El cese bilateral de fuego obliga a las organizaciones armadas y al Estado a respetarlo. Habrá un mecanismo de verificación nacional e internacional. Que la paz sea entre nosotros. Feliz nuevo año”.
Igualmente, ese mismo día, Petro siguió trinando: “Hemos acordado un cese bilateral con el Eln, la Segunda Marquetalia, el Estado Mayor Central, las Agc y las Autodefensas de la Sierra Nevada desde el 1.° de enero hasta el 30 de junio de 2023, prorrogable según los avances en las negociaciones. La paz total será una realidad”.
Mas allá del “feliz nuevo año”, ese trino terminó siendo, como ha sido habitual en Petro, una gran una tergiversación, una exageración, un disparate, una falsedad, una ilegalidad, una calumnia o simplemente una mentira. Eso lo ha hecho siempre Petro, creo que desde que nació o, por lo menos, desde que nació Twitter. Esa es la constante que guía su comportamiento y es el que mantiene como presidente, pues Petro, al igual que mucha gente, no cambiará.
A los pocos días, tal vez el 3 de enero, es decir, ya durante el “feliz año nuevo”, el Eln desmintió y descalificó las unilaterales aseveraciones de Petro, diciendo que ello era falso, pues la guerrilla no había firmado ni se había comprometido con el Gobierno a un cese bilateral del fuego y de las operaciones guerrilleras.
El Gobierno quedó metido en “camisa de once varas” y quedó con un margen de acción reducido, pero, ante todo, quedó muy mal en el concierto nacional e internacional, pues mostró, una vez más, que no es capaz de manejar nada, absolutamente nada, con madurez, responsabilidad, prudencia y profesionalismo, ni siquiera algo tan importante como un proceso de paz. Gústeles o no a los colombianos, lo cierto es que todos estamos, por lo menos frente a lo que guarda relación con el Eln, pendientes de esos avances, para ver si algún día este país, que ha sido siempre y en todos los gobiernos benevolente y misericordioso con las guerrillas —incluso el de Uribe—, termina con la eterna guerra y camina por senderos de paz y prosperidad.
No es posible tanta irresponsabilidad. Lo que ocurre es que en este Gobierno estas cosas se notan menos, pues gobernar sin rumbo es el norte de Petro. La irresponsabilidad y la improvisación de este Gobierno son en todos los frentes y no solo en los de batalla contra la insurgencia y la delincuencia. Es de no creer la forma en que manejan cada tema o política pública; la ignorancia es supina. Promesas, frases bonitas y pocas concreciones y obras. Locura tras locura.
Este Gobierno de extrema locura —no de extrema izquierda, ello es menos grave— no da pie con bola. Sus funcionarios, por regla general, son personas que desconocen los asuntos y las materias sobre las que tienen que diseñar y ejecutar políticas públicas. Casi todos los altos funcionarios del Estado son personas que día a día se convierten en el hazmerreír de los colombianos y de la comunidad internacional tanto por sus formas como por su fondo. Los puestos públicos, el Congreso, los ministerios, en fin, casi todos los funcionarios o entidades de este Gobierno parecen estar desubicados sin que nadie les ponga orden. Y ello es imposible, porque el peor de todos es el jefe de jefes. Petro no es una persona cuerda, es un mitómano compulsivo al que solo le gustan las tempestades, y cuando no las hay se las inventa.
Muchos colombianos esperamos con ansiedad la llegada de un próximo presidente responsable y confiable, que nos dé los deseos de feliz año nuevo sin embustes. Mientras tanto, crucen los dedos, hagan fuerza y no cierren los ojos, pues a mi manera de ver las cosas lo mejor del gobierno Petro ya pasó. Imagínense, entonces, lo que está por venir. ¡Ojalá cese la horrible noche!
