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Tras los primeros 18 meses de iniciarse el gobierno de Gustavo Petro -si es que así puede llamarse este mar de improvisación y desatino en el Ejecutivo- nos encontramos, como nunca antes, en un escenario de grave irrespeto institucional liderado desde la propia Casa de Nariño.
Como lo hemos dicho en otras oportunidades, a Petro solamente le gusta “gobernar desde una trinchera” disparando a diestra y siniestra contra todo aquel que lo critique, lo confronte, le pida explicaciones, lo rete, lo desafíe o simplemente le manifieste su inconformidad con algún acto, propuesta u acción del gobierno. Y claro está, eso de “gobernar desde una trinchera”, Petro lo traslada al terreno de lo institucional, sin importar a quién quiere desconocer, confrontar, retar o simplemente desobedecer, pues más que un presidente, Petro tiene ínfulas de tirano y para hacerlo saber y darlo a entender es altanero, grosero y delirante.
En este modo de ser, porque sin duda eso es Petro, pelea, incluso, con los más cercanos: los humilla, los expone cuando las cosas salen mal por ejecutar las propias órdenes presidenciales, los bota del puesto sin darles la cara ni menos una explicación y, en muchos casos, solamente por disentir, pues en el gobierno nacional el que piensa por sí mismo pierde. Petro los trata como escoria por el simple hecho de no compartir todo lo que pasa por su desquiciada mente, pues quiere lealtad irrestricta incluso frente a ideas descabelladas o delictivas, lo que deja expuestos y sin puesto a aquellos funcionarios de alguna valía y jerarquía profesional que se resisten a tragar sin masticar, y por ello en el gobierno no aguanta nadie y mucho menos los mejores funcionarios que ya todos o casi todos se han ido.
Se inventa enemigos, golpes de Estado -duros o blandos-, conspiraciones, persecuciones y animadversiones que solo existen en su alucinada mente. Pero, lo más grave, se inventa conspiraciones institucionales cuando diversos funcionarios del Estado que también juraron defender la Constitución y la ley desde las instituciones que representan, toman alguna decisión que no satisface al tirano, bien sea porque se meten con él, con algún familiar, con algún decreto o ley patrocinada por él, con algún funcionario amigo que se extralimita o deshonra el ejercicio de su cargo o porque no le siguen la corriente.
Inaudito, por decir lo menos, que un presidente no entienda que hay separación de poderes, que hay organismos de inspección, vigilancia y control y que hay instituciones administrativas y judiciales independientes que deben proteger el orden constitucional y legal vigente con total abstracción de los caprichos, ideas o proyectos del presidente de turno, cuyas competencias no son ni omnímodas ni omnipotentes por más que Petro en su ignorancia y demencia constitucional y legal crea que sí.
Una cosa es lo que quiera pensar el presidente y otra cosa es lo que la institucionales le debe o no permitir hacer al presidente. Aquí todos podemos exaltarnos, pero el único que tiene la obligación de mantener permanente compostura es el presidente de la República, este o cualquier otro, pues desde su investidura representa la unidad nacional.
Con Petro las cosas son muy difíciles, cada vez más complejas e inentendibles. De hecho, Petro ha perdido ya el respaldo y el respeto de gente que increíblemente le pidió al país votar por Petro a sabiendas de que era un “payasín”, ignorando aquel famoso proverbio turco que dice que “cuando un payaso se muda a un palacio no se convierte en rey. El palacio se convierte en un circo”.
Ojalá esta pesadilla acabe pronto, con el menor daño posible para el país y que en 2026 los colombianos hayan entendido que apostarle al payaso no es el camino, ni aquí, ni en ninguna parte, pues todo terminará, más temprano que tarde, convertido en un circo.
