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El mal gobierno de Gustavo Petro tuvo otro nuevo remezón, ya no por el rechazo ciudadano a sus maneras de gobernar, sus alocadas propuestas o sus escándalos familiares, sino por cuenta de la ruptura de la variopinta coalición política de gobierno que había conseguido conformar al inicio de estos casi nueve meses en la presidencia.
En otras palabras, la coalición de gobierno —clientelista y oportunista— que Petro logró consolidar con políticos y partidos aún en extremos diferentes a su ideología de izquierda radical no duró, como era apenas previsible, ni lo que dura un embarazo.
La semana pasada, la coalición de gobierno sufrió una implosión mayúscula que incineró toda su frágil estructura y se derrumbó como un castillo de naipes. El florero de Llorente fue la proyectada reforma al sistema de salud, que navega sin rumbo en el Congreso, que tiene justificados y poderosos enemigos por fuera y por dentro del gobierno. A nadie sensato le gusta esa maltrecha reforma.
La causante de la detonación fue la ignorante, desinformada, intransigente y arribista hoy exministra de Salud, Carolina Corcho, a quien sus credenciales no le alcanzaban ni para secretaria de Salud de un municipio de sexta categoría, quien no fue capaz de entenderse ni concertarse sino con su propia terquedad y petulancia. Su forma de dialogar era —después de hacerse rogar— la de sentarse en una mesa a que la oyeran y luego medio oír a sus contertulios, comprometerse a unos cambios y finalmente hacerles pistola.
Se fueron los conservadores, los de la U, los liberales y otros cuantos, quienes cada vez fueron entendiendo que ni el gran aprecio que sentían por sus cuotas burocráticas les podía cerrar los ojos, la razón y la mente, frente a las inconvenientes reformas con las que Petro pretende destruir a este país, que claramente no solo es la de la salud, sino la laboral y pensional, por citar unas cuantas.
Pensaron los políticos tradicionales de esos partidos que con Petro podían jugar a la democracia constructiva y de consensos, como es apenas natural y obvio en cualquier escenario político, pero rápidamente se dieron cuenta de que con Petro ello es imposible, pues nadie puede construir una interlocución válida con él y mucho menos atreverse a disentir. Encontraron que el Petro de antes es el mismo Petro de hoy, solo que más poderoso, intransigente, perverso y mesiánico.
En fin, esta aparente tranquilidad política que Petro anunció al inicio de su gobierno con bombos y platillos, ante la mirada atónita de millones de colombianos, se acabó, y se acabó, por el bien del país. Sin ella, Petro no logrará ninguno de sus propósitos reformistas, por lo menos, por las vías hoy constitucionales e institucionales. Gracias a esta implosión, el país quedará, en buena medida, a salvo de Petro, al menos, transitoriamente, hasta que Petro busque el caos social y revoltoso que le permita, incluso, encontrar una alternativa que le permita perpetuarse en el poder, que seguro andará buscando, bajo la idea de que los políticos tradicionales y los grupos de poder no lo han dejado hacer nada.
El gabinete de Petro era muy malo, difícilmente era factible encontrar uno peor. Sin embargo, con Petro eso de descender y decrecer es fácil, y con los nuevos nombramientos, el gabinete es aún peor. Quienes con inocencia e ingenuidad creyeron que la mala persona y el mal gobernante que había sido Petro podía revertirse siendo presidente olvidaron que a nadie el poder lo mejora; ignoraron una regla de la vida que es que el poder radicaliza y maximiza los defectos de los seres humanos, al paso que hace sucumbir sus virtudes.
Esto de Petro va mal; muy mal.
