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La Semana Santa terminó siendo un verdadero reto de reflexión para los colombianos. El promotor, el gestor, el líder, o si se quiere el causante de tal milagro no fue un obispo, un rabino, un pastor o nadie que se les parezca. En realidad, fue un político. Increíble pero cierto.
Petro lo logró. Y la verdad, hasta ahora, ello ha sido la mayor contribución de algún candidato presidencial a este debate electoral para determinar el cambio de voto de miles y miles de colombianos, en un proceso que siempre hemos catalogado de trascendental por la peligrosidad que implica para la estabilidad de la Nación, el mantenimiento de la democracia, la preservación de la economía de mercado, el respeto a la propiedad privada, la independencia de los poderes y, en general, el apego a las reglas de juego establecidas en la Constitución.
Contra todo pronóstico -nadie avizoró tal nivel de torpeza y perversidad-, la campaña de Petro envió, al mismísimo hermano del candidato, a la cárcel La Picota, concretamente, al patio especial en donde se encuentran poderosos condenados por corrupción, paramilitarismo, narcotráfico y su mezcla con la política. El objetivo de la visita, por más que intenten ahora disfrazarla gaseosamente y antes explicarla con “contundencia”, no fue otro que acordar, con esos encumbrados exponentes de lo peor de esta sociedad colombiana, su amnistía, indulto, libertad o rebaja de penas, algo que el perverso emisor y candidato Gustavo Petro ha denominado “perdón social”, y todo, a cambio del apoyo político de esas estructuras político-delincuenciales que aún siguen vivitas y coleando, y que la gente en las redes ha sabido bautizar, en medio de la suprema indignación, como “El Pacto de La Picota”.
A algunos les ha parecido que ello fue un simple error, un desatino, una visita inoportuna o algo meramente inapropiado del candidato Petro. Discrepo de esa miope y minimalista visión del asunto, que pretende reducir lo tan grave ocurrido a una simple equivocación intrascendente.
Ni más faltaba, esa visita fue una bofetada al pueblo colombiano y una cachetada a quienes hemos dedicado la vida a combatir a los corruptos sin importar qué representan, quiénes son o qué tan poderosos se insinúan, pero, sobre todo, una patada en el trasero a millones de colombianos que creen, con rigor y con razón, que la corrupción es el primer mal que aqueja a la Nación, pues con ella se han dilapidado las posibilidades de tener un mejor país.
Si algo no puede tolerar la sociedad colombiana es pactar con corruptos. Es contrario a toda ética y lógica perdonar a quienes desde el Estado y arropados bajo una función pública se han robado los recursos y los dineros de todos, quienes han estado en el poder para enriquecerse y no para servir como servidores públicos. Eso no tiene perdón celestial ni perdón terrenal.
Muy miserable Petro, muy miserable su hermano, muy miserable su campaña y muy miserables todos los que se han dado a la tarea de justificar algo indefensable como el “Pacto de La Picota”, irrespetando así a toda la sociedad.
Ojalá esta Semana Santa no haya pasado en vano. Puede ser que los colombianos hayan podido recapacitar sobre lo sucedido con Petro y su deshonroso “Pacto de La Picota”, que no es más que una pequeñísima muestra de lo que nos espera en caso de que Petro gane las elecciones. Lo corrido debe llevar a una profunda reflexión ciudadana para decidir no votar por quien propone semejante despropósito y que ahora se ve tan desdibujado y confundido que hace todo tipo de estupideces, inanes por demás, como ir a firmar y a afirmar en una escritura pública que no expropiará, como si ello tuviese algún valor jurídico.
