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Quienes hemos estado en la oposición a Gustavo Petro y seguramente lo estaremos hasta el último de sus días en el solio de Bolívar -que ojalá llegue al final del cuatrienio-, no entendemos en qué consiste el tan anhelado cambio prometido a lo largo y ancho de su tormentosa vida.
Vaticinamos un desastre y tristemente lo vivido en estos casi nueve meses de desgobierno demuestra que no solo no nos hemos equivocado, sino que nos hemos quedado cortos; muy cortos.
Petro, desde el día en que ganó las elecciones, hizo varios anuncios que no ha podido concretar y que está muy lejos de lograrlo. Más allá de sus alocados, deshilvanados e improvisados discursos, el presidente ha constituido alrededor de él un equipo de mediocres en el que, incluso, los pocos que en el papel no lo eran se han desdibujado más allá de las difíciles circunstancias políticas, que valga decirlo, ellos mismo se han encargado de hacer mutar hacia lo inmanejable.
Nadie en el mundo de hoy defiende lo que Petro, cada vez más desorbitado y perdido, pretende implementar bajo su “liderazgo” y con ayuda de una manada de ministros quienes, en algunos casos, extrañamente, han cambiado hasta su forma de pensar y concebir el país. Libra por libra, este es el gabinete ministerial más flojo y poco preparado de la historia política del país.
Petro anuncia cuanta locura se le pasa por la cabeza, pero no logra convencer al país sobre la necesidad y oportunidad de sus reformas, y mucho menos cuando presenta la minucia o el detalle de las mismas. Solo frases e ideas vagas, sin preparación, sin practicidad y sin ponderación.
El país se resiste al cambio prometido; se resiste al gobierno. Y, en realidad, no es ni siquiera porque las propuestas provengan de orillas políticamente antagónicas -la izquierda radical, violenta y recalcitrante que Petro encarna-, ni porque sea natural y obvio guardar cierta resistencia al cambio. El tema es más sencillo: las propuestas de cambio no aguantan el más mínimo ejercicio de contradicción; ni siquiera pasan la prueba dulce de la mermelada.
Este gobierno no ha logrado cuajar ni media faena. Todas sus propuestas de reforma son malas hasta que las explican y es allí cuando mutan a pésimas. ¿Cómo es posible que un gobierno que logra consolidar unas mayorías tan rápidamente después de las elecciones no haya podido concretar ni una sola reforma importante? Estamos ad-portas de terminar la primera de las legislaturas, y el gobierno está despilfarrando la única en donde se cuenta con la mayor de las popularidades esperables y un caudal político arrollador que en otros gobiernos ha permitido concretar con rapidez ciertos anhelos de cambio. Seguramente, Petro está pensando en que debe perpetuarse en el poder, pues de ninguna otra forma podría entenderse tanta dilapidación del poder político con el costo de oportunidad que ello tiene para quien pretende, al menos, pasar por la Presidencia dejando alguna huella importante de su propia cosecha.
Al presidente se le cayó la reforma electoral y tiene en cuidados intensivos la de la salud. Con ello, ha demostrado que eso de gobernar le ha quedado grande, como ya con creces lo demostró cuando fue un pésimo e insoportable alcalde de Bogotá. Poco o nada se ha avanzado en los temas de justicia, pensional, laboral, ambiental y energético, pues la gente ya conoce que este gobierno lidera su agenda desde las redes e implementa sus anheladas reformas en la plaza pública, pero eso está lejos de ser el escenario natural de las transformaciones que demandan una ley o una enmienda constitucional.
Estamos en presencia de un presidente que día a día demuestra una abismal incapacidad para gobernar, y que su ejemplo es uno más de que una cosa es la plaza pública y otra bien distinta es el Palacio de Nariño. ¿Será que por eso Petro se obstina en abrir el balcón para gobernar desde allí como lo hizo cuando fue alcalde?
Petro muestra nulo interés por recuperar el norte, pues sabe que su única excusa, como la de todo incapaz, es la de atribuirle a otros el fracaso de su gobierno.
