La semana pasada es considerada por todos los opinadores como la peor semana del Gobierno de Petro. Muchas cosas caóticas, unas más que otras. Empero, algunas dan esperanza respecto del sistema de pesos y contrapesos, que permitirá evitar —o por lo menos hará más difícil— el ejercicio del poder autoritario y dictatorial que tanto les gusta a Gustavo y los de su especie.
Pasó de todo esa semana y comenzó desde la víspera. El domingo, la opinión pública conoció el documento supuestamente filtrado por el entonces ministro de Educación, Alejandro Gaviria —aunque lo negó—, en donde él, un par de colegas de gabinete y el director de Planeación Nacional glosaban, y de qué manera, sobre el inviable adefesio de destrucción del sistema de salud de Petro y su insoportable ministra Carolina Corcho.
Mi tesis es que la inteligencia de Gaviria regresó a él para filtrar el documento asegurándose de que Petro lo pillara. Así, garantizaría que lo botaran del Ministerio, con lo cual Alejandro saldría triunfador y con la posibilidad de recuperar en algo su deteriorada imagen por cuenta de su ambición política e ingenua decisión de creer que al lado de Petro se podía trabajar desde el disentimiento. Gaviria cumplió su propia premonición sobre la salida temprana de buenos funcionarios al cabo de tan solo seis meses de gobierno.
Empezó la semana con la bien asegurada botada del ministro de Educación y con la despachada también de las ministras del Deporte y de Cultura. Petro, patán y poco caballeroso como siempre, no les dio la oportunidad de saberlo anticipadamente y de boca suya, por cuenta de esas cosas raras que tiene el presidente de no mirar a los ojos a la gente cuando le habla en “sano juicio”.
Pero la semana tendría más por dar. Sucedió el secuestro de los policías en el Caguán, con el asesinato de uno de ellos; los problemas de la financiación de la campaña de Petro advertidos por el Consejo Nacional Electoral; la crisis de Viva Air al haber cesado intempestivamente operaciones por orden de su controlante Avianca, con la que dejaron embaucados, engrampados y tirados a miles y miles de colombianos; las reuniones y al parecer los presuntos pagos de narcos y otra serie de delincuentes a Juan Fernando Petro, hermano del presidente, para su ingreso a las negociaciones de la apetecida pero inviable paz total; la medida cautelar del Consejo de Estado suspendiendo provisionalmente la asunción dictatorial de competencias reguladoras en materia de servicios públicos, que desplazaba a las comisiones de regulación; la decisión de la Corte Constitucional respecto de que ella podría en el futuro suspender provisionalmente una ley mientras dictamina en forma definitiva sobre su constitucionalidad o no, lo que desde esta columna habíamos pedido que fuese así.
Y como si todo lo anterior fuese poco, el escándalo que involucra al joven político Nicolás Petro, hijo del presidente, en todo tipo de delitos, irregularidades e indelicadezas. Lo que bien puede llamarse el Nicogate creo que será “el fin del delfín”, pues la Fiscalía y la Procuraduría ya están tras él y deberán ser implacables y ejemplarizantes en este caso, cuya denunciante es la propia exesposa del heredero de Petro.
La semana del 27 de febrero será inolvidable para el gobierno de Petro y su familia, pero también será importante para el país en la medida en que las autoridades —en estos casos, la Corte Constitucional, el Consejo de Estado, el Consejo Electoral, la Fiscalía y la Procuraduría— han dejado claro que el mal llamado “Gobierno del cambio” no goza del poder omnímodo, omnipotente e intocable que algunos creen tener, pues ello nunca fue lo que se ganaron en las elecciones.
Entender lo ocurrido en esa semana les hará evitar semanas peores en el futuro, pero creo que el presidente no tiene ganas ni capacidad de mejorar y por ello me atrevo a decir que la semana pasada es “la hasta ahora peor semana de Petro”, pero en el futuro vendrán muchas otras peores.