“El Gobierno está comprometido con una política de austeridad y eficiencia de los recursos públicos”, escribió el pasado lunes la Presidencia de la República, cuyo Departamento Administrativo está en manos de Mauricio Lizcano, un político tradicional que ha conducido su vida con muy “mala ortografía”, pero con mucha suerte, pues es un manzanillo de kilates importantes que tiene habilidad para ubicarse en el poder.
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No tengo elementos de juicio para decir si en la dotación de la casa privada en el Palacio de Nariño, en donde habita la familia presidencial –que entre otras cosas es una casa pública–, existía o no la necesidad de hacer algunas compras para poner allí lo que no existe o para reemplazar cosas que por su deterioro se hace necesario sustituir, como ocurre en cualquier casa.
Parto de la base de que esas cosas que se pretenden comprar sí se necesitan, pues no tiene sentido que anden comprando algo inútil. Claro que me parece bien que en el Palacio de Nariño exista una casa privada para que transitoriamente viva allí la familia presidencial, y que exista otra con la misma finalidad para la Vicepresidencia. También me parece bien que exista una Casa de Huéspedes en Cartagena para que el presidente reciba a sus invitados nacionales y extranjeros, y claro que me parece bien que exista Hatogrande en la sabana de Bogotá, y obvio que me parece bien que exista un avión y un helicóptero presidenciales, entre otras tantas cosas.
Oponerse a que ello exista me parece incorrecto. No estoy de acuerdo con que, por populismo, la institución presidencial, con independencia de quien sea el presidente, no tenga lo que ha sido habitual, necesario y útil para gobernar. También me parece bien que el presidente tenga personal asistente que le prepare sus alimentos, y claro que me parece bien que tenga un esquema de seguridad que lo proteja. Creo que es más que obvio.
Sin embargo, es importante advertir que lo que suena mal y muy mal es que algunas cosas rayen con lo ridículo precisamente en un gobierno como el de Petro, que ha hablado tanto y criticado tanto en el pasado, y que ha prometido austeridad y cambio. Una cosa es, por ejemplo, comprar unos cubiertos y otra muy distinta comprarlos de oro, cuando quienes los pretenden comprar han criticado sin piedad en el pasado compras menos relevantes o groseras. Una cosa es comprar lo que se necesita y otra es comprarlo en versión suntuaria o con humillante lujo, pues se trata de recursos públicos.
Y ese es el punto. Al final, esto es más de lo mismo cuando se trata de Petro. Aquí, como en tantas otras cosas, muere por la boca, pues, al fin y al cabo, la lengua es su peor azote.
Criticaron a Duque hasta más no poder, por pretender comprar para la dotación de la mismísima casa privada del Palacio de Nariño un asador de $3 millones. Sin embargo, les parece intrascendente comprar cosas rabiosamente suntuarias como un televisor de más de $27 millones, un plumón de pluma de ganso de más de $4 millones, un juego de cama de tela de 500 hilos de más de $2 millones, un duvet de 500 hilos de casi $3 millones cada uno, una licuadora de casi $2 millones, una cubierta de estufa de vitrocerámica de inducción de más de $17 millones, entre otras joyas. Eso es lo que está verdaderamente mal, y ahí es donde radica la indignación de la gente, sobre todo cuando prometieron no hacerlo.
Por eso me pareció grandioso un trino en el que se decía respecto de Petro: “Se vendió como Pepe Mujica y terminó siendo una Kardashian”. Claramente, el problema de este gobierno no es la dotación de la casa privada, el problema es que nadie da pie con bola, empezando por el propio presidente y su entorno más cercano.