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La radicalización de la polarización

Pablo Felipe Robledo

18 de mayo de 2021 - 10:00 p. m.

Al presidente Duque le molesta, le da ira, que alguien le diga que es el títere de Uribe. Eso quedó claro la semana pasada, cuando la periodista Ángela Patricia Janiot lo entrevistó y le hizo una pregunta muy directa sobre el particular. Duque sintió la rienda de la entrevistadora y contestó indignado.

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Todos sabemos, por más que se indignen Uribe y Duque, que la relación entre ellos es la del titiritero y el títere, no de ahora sino de siempre. Duque se encontró la Presidencia por un capricho de Uribe, y no como fruto de un arduo trabajo político o de una larga trayectoria en la administración pública. Y los colombianos lo estamos padeciendo, pues los estadistas no nacen, se hacen.

Uribe nos impuso como presidente a alguien sin mérito alguno, que se equivoca a diario y que no da pie con bola. Un presidente que desde el inicio de su débil gobierno ha reportado una precaria favorabilidad que, en las más de las veces, no es superior al 35%. La errática forma como Duque ha gobernado este país nos tiene caminado de para atrás, no solo en los asuntos de estabilidad política y económica, sino en casi todos los indicadores de desarrollo construidos con tanto esfuerzo durante los últimos gobiernos. Una verdadera lástima.

Necesitamos un presidente que una al país. Un verdadero estadista con capacidad de reunir a todos los sectores y destrabar los complejos nudos que no nos están dejando avanzar. Colombia necesita un verdadero presidente, precisamente lo que hoy no tenemos. No necesitamos un gobierno en cuerpo ajeno. No necesitamos ni más títeres ni más titiriteros. Necesitamos un líder sensato.

El paro nacional —que ya ha cobrado la vida de decenas de manifestantes y miembros de la Fuerza Pública, ha dejado incalculables daños a la economía y al parecer no va a cesar hasta tanto exista voluntad de parte de este gobierno indolente y desconectado de la realidad del país— nos está mostrando la imperiosa necesidad de concretar un acuerdo nacional que imponga metas claras y concretas y dé frutos palpables que permitan cerrar las brechas sociales existentes que con razón tienen a millones de colombianos protestando en las calles.

Duque no tiene las calidades y aptitudes para poder hacerle frente a esa situación y lograr acuerdos políticos que le pongan fin a ese suplicio, pues carece de credibilidad. El pueblo no lo admira, no lo respeta y no lo ve como a un líder, sino como a un títere de Uribe, y así lo ven la clase política y la clase empresarial. Duque ha estado atado a lo que diga Uribe, necesita de su permiso, está sometido a sus designios, está en función de obedecerle, y así es muy complejo que logre concertar salidas a esta crisis que cada día se agudiza dentro de una sociedad convulsionada y altamente insatisfecha.

En el entretanto, Uribe se monta rápidamente en la estrategia de dejarlo solo, de abandonar al títere. Eso es lo que hacen los titiriteros cuando deben cambiar de espectáculo. Uribe lleva semanas desmarcándose de Duque, pero utilizándolo como instrumento para obtener frutos políticos para el 2022, radicalizando la polarización entre la extrema derecha uribista y la extrema izquierda petrista, que es lo que más le gusta al titiritero. Es en este escenario en donde tenía importancia la pregunta de Ángela Patricia Janiot. Duque no logra entender lo que es obvio: Uribe lo está utilizando para sus fines políticos.

Uribe pretende beneficiarse del paro nacional legitimando su discurso de odio y miedo para abonar el terreno de cara a las elecciones del 2022 dentro de un clima de radicalización de la polarización, en donde un candidato suyo termine enfrentando a Petro, otro terrible candidato al que igualmente le sirve la radicalización de la polarización, pues él es también un político de odios al que le gusta que reine la violencia. Me temo que los grandes beneficiados de este paro sean Uribe y Petro, a quienes les encanta que nos odiemos en la radicalización de la polarización.

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