15 Sep 2021 - 5:30 a. m.

Lágrimas de cocodrilo

Todos hemos crecido oyendo y repitiendo la expresión “lágrimas de cocodrilo”. La hemos oído de nuestros padres y abuelos. Y, claramente, todos hemos entendido su sentido, que no es otro que llorar para engañar a quienes nos ven llorando. Es como fingir llorar o llorar sin arrepentimiento, sin tristeza.

Lo que en realidad muchos ignoran es de dónde viene la expresión y por qué se asocia con los cocodrilos. Muchos creen, de forma bastante ilusa y hasta con romántica perversidad, que proviene del hecho de que, al tiempo que el cocodrilo se come a su presa, llora porque le tiene lástima, porque le da pesar comerse a otro ser, o sea, como si al morder le remordiera la conciencia. Pero no, no es por eso que el cocodrilo llora.

Los cocodrilos lloran al comer, es verdad, pero no por remordimiento, pesar o solidaridad con la presa que tienen en sus fauces, ni como parte de un homenaje fúnebre frente a los caídos en la batalla de la supervivencia. En verdad, el cocodrilo llora porque sus glándulas lagrimales se encuentran muy cerca de sus glándulas salivales, lo que hace que cuando estas se estimulan aquellas producen lágrimas. Es simple, el cocodrilo come y, solo por eso, sus ojos lloran.

Algunos políticos bandidos, al igual que los cocodrilos, también lloran. Pero no lloran mientras muerden su tajada en un robo ni cuando saborean el botín del que se han apoderado. Tampoco lo hacen cuando preparan el siguiente robo. Los políticos roban riéndose, burlándose de sus electores, ufanándose de ser ladrones, exhibiéndose y exhibiendo lo que han comprado con el sudor del erario. Lo hacen a carcajadas en la cara de todos nosotros, los robados. Sí, amigo lector, ellos se ríen en su cara y, claro, también en la mía.

Entonces, ¿cuándo lloran los políticos bandidos? Cuando los cogen, los meten a la cárcel, los descubren. No lloran de arrepentimiento. Las lágrimas de estos otros reptiles no son aquellas de cocodrilo que cuenta la leyenda que se producen por compasión con su presa, y menos por simplemente estar dando una mordida. Si así fuera, los políticos llorarían mientras roban, y en verdad solo lo hacen cuando los pillan. Una vez descubiertos, los políticos lloran de pura cobardía para afrontar las consecuencias de sus actos, lloran porque creen que la ingenua sociedad se compadecerá de ellos, lloran porque buscan solidaridad entre sus víctimas, o sea, lloran porque buscan que usted y yo, amigo lector, sintamos lástima por ellos.

Los políticos que roban son unos miserables. Y cuando teatralmente lloran por ser descubiertos son aún más miserables. Son actores de una burda obra de teatro, en este caso con políticos bandidos, reptiles de quinta categoría.

No es sino ver la berreada que se metió la semana pasada Edwin Ballesteros, representante del Centro Democrático y miembro emérito del clan Aguilar, al dar su discurso de despedida en el Congreso tras haber renunciado a su curul para perder el fuero ante la Corte Suprema y quedar en manos de la Fiscalía. Montó una gran obra teatral para que nos compadeciéramos de él. Ballesteros, no es llorando, es no robando.

Famosa también fue la llorada, en este caso grupal, de uno de los políticos más corruptos de la historia reciente de Colombia, involucrado en todo tipo de delitos y en escándalos como Odebrecht y el cartel de la toga. Nada más ni nada menos que Musa Besaile, exsenador cordobés del Partido de la U, socio de fechorías del Ñoño Elías, quien grabó un miserable video, que el país vio con estupor, en el que expuso a sus tres hijos menores de edad y a su esposa para llorar en coro, pues su cobardía no le dio ni para llorar solo.

A un político es difícil creerle lo que dice y es menos creíble lo que llora. Sus lágrimas no son de cocodrilo compasivo o arrepentido, sino de cocodrilo capturado, pues lloran por la cercanía entre sus glándulas lagrimales, la cárcel y sus bolsillos.

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