Mal si lo hacen otros; bien si lo hacemos nosotros

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Pablo Felipe Robledo
11 de enero de 2023 - 05:00 a. m.
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El viaje del presidente Petro esta semana a Chile y sus primeras palabras en tierras australes nos muestran, una vez más, que él en sí mismo es un infinito mar de contradicciones.

Las palabras a las que me refiero nos reconfirman que Petro es de aquellas personas que van por el mundo creyéndose infalibles, superiores y superdotados. Sin embargo, lo más grave de esa perversa y mezquina personalidad, y que es impresionante en Petro por su alto grado de cinismo, es que él es de aquellos que van por el mundo convencidos de que las cosas malas solo son malas cuando las hacen otros, pero extraordinariamente buenas cuando las hacemos nosotros.

Una especie de doble estándar para todo. Nada en otros tiene justificación ni perdón, pero todo en nosotros siempre tiene una explicación que raya con la gloria eterna a la que estamos destinados, pues en los mesías y salvadores siempre el fin justificará los medios.

Petro criticó —y con razón— a los brasileños revoltosos que salieron a las calles a invadir el Congreso, el Tribunal Supremo y el palacio presidencial de Planalto, en Brasilia, con el fin de destrozar lo que se encontraran en el camino, crear el caos, causar zozobra y, posiblemente, ambientar la caída de Lula Da Silva. Claramente, cualquier demócrata debe repudiar con vehemencia este tipo de actos. De eso no hay duda.

Ahora bien, en el caso de Petro, sus críticas dejan un gran sinsabor por lo contradictorias. Critica lo ocurrido en Brasil, pero fue él quien en el año 2021 y en otras varias oportunidades se convirtió en un instigador y un determinador de las protestas sociales vandálicas para destruir lo público y privado que se encontraran a su paso, asfixiar a la sociedad colombiana durante varios meses, afectar gravemente la economía, cobrar la vida de civiles y policías, y pretender derrocar al paquetazo del presidente Iván Duque o, al menos, crear un ambiente propicio para ello.

A Petro y a su anfitrión, el presidente Boric de Chile —otro experto en protestas sociales que acaban hasta con el “nido de la perra”, quien en 2019 lideró los peores desórdenes para atentar contra la estabilidad de Chile en la búsqueda de derrocar al presidente Sebastián Piñera— les parecen esplendorosas las “Primeras Líneas” cuando se trata de perturbar el orden público en contra de contradictores políticos como Duque o Piñera, pero terribles y antidemocráticas cuando se enfilan en contra de amigos como Lula.

Petro y Boric, sin sonrojarse, catalogan de golpistas y terroristas a quienes en Brasil invadieron las sedes de los poderes públicos, pidiendo su judicialización hasta las últimas consecuencias, en sintonía con lo expresado por Lula. Sin embargo, este par de “estadistas” están adelantando acciones encaminadas a sacar de las cárceles de sus países a quienes en las calles de Chile y Colombia cometieron todo tipo de delitos, como homicidios, torturas y daños en bienes públicos y privados en 2019 y 2021. Es decir, hacer mutar a una buena cantidad de hampones a modelos de la sociedad, a través de indultos presidenciales o nombramientos como gestores de paz.

Pero también es importante recordar —pues sobre ello Petro jamás ha pedido el verdadero perdón que merezca olvidarlo— que el M-19 —organización a la que Petro perteneció como líder de alto vuelo en algunas épocas, o por lo menos eso nos hace creer— no solo pretendió durante muchos años derrocar al gobierno de turno, sino que es responsable de muchos asesinatos, secuestros y extorsiones, pero, sobre todo, de brutales actos de asalto a edificaciones públicas —nacionales y extranjeras—, como el robo de armas del Cantón Norte (1978), la toma de la Embajada de la República Dominicana (1980), secuestrando a 14 embajadores durante más de dos meses, y la toma del Palacio de Justicia (1985), en la que murieron más de 100 personas entre magistrados y empleados judiciales, civiles, guerrilleros y uniformados.

En fin, Petro es el “Rey de la Relatividad”, pues una cosa es buena o mala, justificada o injustificada, dependiendo de quien la hace. Mal si lo hacen otros; bien si lo hacemos nosotros.

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