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No jueguen con candela

Pablo Felipe Robledo

13 de julio de 2022 - 12:01 a. m.
"A Petro le gusta gobernar desde una trinchera, a la brava, careando a todos y por todo, pero aunque le parezca aburridor, debe actuar como alguien normal, sin creerse su falso mesianismo ni en fundar sus políticas de cambio en sus anhelos refundacionistas, o en sus ya fracasada ideas en otras latitudes" - Pablo Felipe Robledo.
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Si decidiéramos hacer una lista de las dificultades por las que atraviesa el mundo en distintos países, importantes unos y desconocidos otros, ricos unos y pobres otros, desarrollados unos y atrasados otros, no alcanzaría esta columna para ni siquiera enlistarlos, pues la retahíla es larga y compleja.

La situación reviste la mayor gravedad. Todo este mundo globalizado está convulsionado y todo apunta a que estamos en los inicios de los que podría ser una terrible recesión global que hará tornar las cosas de castaño a oscuro, en todas partes, empezando por los más desarrollados. Grave, muy grave.

En estos momentos, los diferentes liderazgos que con sus decisiones marcan el rumbo del mundo y de ciertos países que influencian al resto, exige de sus gobernantes y demás responsables de la implementación de las decisiones de política pública, un grado extremo -muy extremo-, de responsabilidad y cautela en las decisiones a adoptar, porque cuando se está al filo del abismo, cualquier paso en falso, cualquier resbalón o cualquier empujón en la dirección equivocada equivale, nada más pero tampoco nada menos, que a la muerte, la catástrofe y la sin salida.

En términos específicos y en lo relativo a la economía, esa caída al abismo es inflación descontrolada, aumento del desempleo, crecimiento de la pobreza, baja productividad, disminución de la inversión local y extranjera y, obviamente, aumento en la desigualdad y desmejora en las condiciones de vida de la inmensa mayoría de los ciudadanos.

En términos políticos, esa caída al abismo es desestabilización institucional, renuncias de gobernantes, golpes de Estado, bajísima favorabilidad, pérdida de la capacidad de gobernar, aumento de la incredulidad ciudadana y pesimismo en la clase dirigente, acompañado de decisiones absurdas y populistas que, antes que calmar las aguas, las alborotan en el mediano plazo.

Sumado lo uno y lo otro, es decir, las cosas nefastas en lo económico y las perversas en lo político, lo social es inmanejable, toda una bomba de tiempo, una cuenta regresiva hacia la explosión social, que muchas veces fue la que buscaron quienes gobiernan en algunos países.

Por esa razón, por lo menos en Colombia, el presidente electo Gustavo Petro, desde hoy mismo y durante su gobierno, no puede equivocarse con los mensajes que manda. A Petro le gusta gobernar desde una trinchera, a la brava, careando a todos y por todo, pero aunque le parezca aburridor, debe actuar como alguien normal, sin creerse su falso mesianismo ni en fundar sus políticas de cambio en sus anhelos refundacionistas, o en sus ya fracasada ideas en otras latitudes.

Ojalá que Petro y sus nuevos mejores amigos, que son políticos de toda la vida, la mayoría muy malos como casi todos los políticos, entiendan que, ahora más que nunca, la prudencia es la mejor consejera y que el palo no está para cucharas. El mar está alebrestado y no puede navegarse en cualquier chalupa.

Yo estoy en la oposición y sigo en ella, pero si Petro y sus amigotes juegan con candela, juegan a la improvisación, juegan a los cambios locos para ver qué tan locos son, la mayoría del país terminará dándoles la espalda, empezando por quienes en algún momento votaron por ellos o los han acompañado. Insisto, no es momento de jugar con candela.

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