La posesión del presidente Petro, sin lugar a dudas, fue un acto distinto al de todos sus antecesores. A muchos colombianos les habrá gustado, pero a otros les habrá parecido fatal. Al final, poco importa, pues a los presidentes no los juzgan por sus actos de posesión sino por los aciertos o desaciertos en sus ejecutorias.
Lo diseñado por Petro fue una especie de “fiesta nacional” a la que se unieron sus seguidores y gran parte de lo que ha venido recogiendo con su propuesta de pacto o unidad nacional, sobre todo en el bajo mundo de la politiquería y la corrupción. Ahora bien, después de toda fiesta viene el guayabo, la resaca, y hay que levantarse a trabajar, a cumplir con el deber y, en términos políticos, a garantizar la materialización de todas las promesas electorales que por más de una década ha hecho Petro, sin importar si eran viables o no. El estado permanente de fiesta y celebración nadie lo resiste y mucho menos, un electorado expectante e impaciente por la necesidad de ver las promesas convertidas en realidades.
Las promesas de Petro son para sus seguidores anhelos conseguibles, pero para sus contradictores tan solo humo o carreta. Le corresponde al presidente Petro convertir esas promesas en ejecutorias palpables y medibles. El equipo de gobierno de Petro deberá enfocarse y concentrarse en ese propósito, pues toda falsa promesa, más temprano que tarde, pasa su factura. Petro y muchos veteranos políticos que forman parte de su equipo y que han estado con otros presidentes en idénticos ejercicios, saben que hoy en día el pueblo no perdona a quien incumple sus promesas. El juicio del pueblo es hoy el látigo del poder. Quienes ayer estuvieron de fiesta, mañana estarán en la primera línea de las protestas buscando la caída del régimen que incumplió lo prometido, pues se sentirán, una vez, usados para ganar las elecciones, pero finalmente olvidados. Ante cualquier desamor, esos mismos que entusiasmados votaron por Petro serán mañana los indignados.
Petro se concentró durante más de una década en enfurecer a la gente, en despotricar de toda la institucionalidad, en calumniar a todos, en mentir en materia grave y sobre todo en prometer lo divino y lo humano, a sabiendas, incluso, de que lo prometido era irrealizable. Eso le genera una responsabilidad superior. Subió la vara de las promesas y la gente subió la vara de las expectativas. Eso es tan efectivo electoralmente como peligroso para quien gana las elecciones. Quienes hoy aplauden mañana rechiflan; quienes hoy vitorean mañana tiran piedra; quienes hoy respaldan mañana dan la espalda.
La clave será cumplir lo prometido. Transformar a Colombia, hacer las cosas de manera diferente, generar crecimiento, disminuir sustancialmente la pobreza, generar mucho empleo, hacer grande el sector empresarial, acabar la corrupción, fomentar el deporte y la recreación, dar educación de calidad, ampliar la cobertura y calidad de los servicios públicos, mejorar la infraestructura, modernizar y limpiar la democracia, dar seguridad, proveer estabilidad política, cubrir el déficit de vivienda digna y mejorar el sistema de salud, por solo citar algunas temáticas en las que el gobierno entrante deberá concentrarse con la ayuda de quienes serán sus más cercanos e importantes colaboradores, es la prioridad.
Debo confesar que algunos nombramientos en los ministerios me parecieron buenos, otros resultaron claramente fatales. Al final, los nombres son importantes porque generan tranquilidad o aumentan la zozobra, pero a los presidentes no los juzgan por sus gabinetes sino por sus ejecutorias, pues la gente también tiene claro que aquí no se gana ni se pierde de nombre. La cosa al final es más pragmática de lo que se cree y se define es por los resultados.
Soy muy escéptico con lo que viene para Colombia con un gobierno liderado por Petro. Ojalá las cosas salgan bien, pero no creo. Lo que pienso lo digo desde la oposición en la que he estado y en la que seguiré. Petro, no más circo, llegó la hora de trabajar.