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Políticos, al fin y al cabo

Pablo Felipe Robledo

29 de junio de 2022 - 12:01 a. m.
"El Partido Conservador, Cambio Radical, el Partido Liberal, el Partido de la U y otros -hasta hace poco feroces históricos opositores de Petro- no se demoraron ni una semana en entregársele a ciegas al presidente electo, en actos públicamente conocidos o en medio de las tinieblas" - Pablo Felipe Robledo.
Foto: EFE - Mauricio Duenas Castaneda
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La política es dinámica. Eso lo sabemos, nunca lo hemos dudado y somos conscientes de que siempre será así. En buena medida, un político, por lo menos en Colombia, no es más que un sujeto con muchos bríos y pocos principios. Literalmente, con muchos arrestos y poca ética. Esa frase atribuida al cómico Julius (Groucho) Marx según la cual “estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros”, parecería ser el primer mandamiento ético en la política colombiana, cada vez más inconcebible e inentendible, pero, sobre todo, cada vez más burócrata, oportunista y enmermelada, por solo citar algunos de sus menores defectos.

Los partidos políticos y militantes que perdieron las elecciones presidenciales no parecen haber perdido más que eso, unas elecciones. Ahora resulta que la inmensa mayoría de ellos se han declarado “partido de gobierno” después de que los derrotara en las urnas la persona y la expresión política que más reacción y piquiña les ha generado en las últimas décadas de su ya decadente existencia. El día antes de las elecciones, en medio de la incertidumbre, gritaban, en público y privado, que Petro era lo peor que le podía pasar a Colombia. A las 5:30 p. m. del día de las elecciones, hora en la que todas las cuentas daban como presidente a Petro, estaban ya buscando la forma de acomodarse y congraciarse con el presidente electo, tanto como quienes sí habían estado al lado del candidato vencedor.

Es realmente impresionante estar viendo, desde la barrera, cómo todos los políticos tradicionales -salvo algunas y dignas esporádicas excepciones- se han arrastrado como lagartos profesionales a los pies de Petro y su autodenominado “Acuerdo Nacional”, ante la escéptica mirada de millones de colombianos que, pese a saber que la política es dinámica, no hemos logrado entender a qué hora fue que ser oposición, al menos en su versión reflexiva o propositiva, se volvió vergonzante o antipatriótico.

Los partidos políticos tradicionales siempre se han caracterizado por su apetito burocrático, por su desconexión con lo que resulta consecuente con los postulados filosóficos que dicen pregonar y por el abandono de las ideas que dicen enarbolar, pero, sobre todo, por moverse gracias a la necesidad de estar en el poder, porque, al fin y al cabo, la política se convirtió, desde hace ya mucho tiempo, en un negocio del que es imposible salirse y sin el que les es imposible vivir. Algo así como un club de carteles y mafiosos.

El Partido Conservador, Cambio Radical, el Partido Liberal, el Partido de la U y otros -hasta hace poco feroces históricos opositores de Petro- no se demoraron ni una semana en entregársele a ciegas al presidente electo, en actos públicamente conocidos o en medio de las tinieblas. Hasta ahora, se entregaron a Petro firmándole un cheque en blanco, pues no se conocen ni siquiera las bases de un acuerdo programático serio. Alianzas a prisa, sin meditación, sin reflexión, sin agenda, sin límites inamovibles, sin líneas rojas y sin fronteras intraspasables, concertadas a la carrera para congraciarse con el mandamás de turno, solo traen tranquilidad aparente, pues mientras no sea una sumisión absoluta como le gusta a la figura mesiánica y autoritaria de Petro, la unión política será tan efímera en su futuro como afanosa en su conformación.

Del afán de un acuerdo nacional no quedará sino el cansancio. Lo que se pega con babas se despega fácilmente. La fragilidad de lo que ocurre es evidente y el riesgo es enorme. Por eso es más seguro mantenerse en los principios que cambiarlos, pues ellos -los principios- no pueden empeñarse al primer populista refundacionista que pase por la esquina.

Por mi parte, sigo en la oposición.

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