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El año 2026 empezó con una tormenta anunciada, bastante anunciada. Nadie podría suponer, en sano juicio, que Estados Unidos, después de movilizar todo tipo de portaaviones, aviones de combate, helicópteros y pie de fuerza militar a las inmediaciones de Caracas, y mil declaraciones del presidente Donald Trump, no fuese a ejecutar una operación de extracción del criminal presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, preocupado más por hacerse videos burlándose de los Estados Unidos que por la cruda y cruel realidad en la que él y el Cartel de los Soles han puesto a Venezuela y al continente.
Desde esta columna, y en varias oportunidades, ya habíamos dicho que, ante el grotesco y burlesco robo de las elecciones presidenciales de 2024 por parte del régimen de Maduro y la confirmación de la inexistencia de un sistema de pesos y contrapesos que salvaguardara la institucionalidad, la salida no podía ser otra que derrocar a Maduro mediante un golpe con el uso de la fuerza militar, nacional o foránea, pues eso de lograr un cambio a través de las urnas era un cuento de ciencia ficción; pasara lo que pasara, el ganador siempre sería el régimen de Maduro.
Yo sí hago parte de quienes creen que, por fortuna, el gobierno de los Estados Unidos tomó la decisión correcta al planear y ejecutar el impecable operativo militar de extracción del dictador Maduro de Venezuela y su poderosa esposa, para ser juzgados en los Estados Unidos por delitos relacionados con casi todo el código penal, pero, en especial, por narcotráfico, terrorismo, lavados de activos, entro otros, también de gran calado.
Claro está: esto de Venezuela apenas empieza y faltan muchas cosas por resolverse, pues, hasta ahora, no hay nada visible diferente a la operación de filigrana de extracción de Maduro y su conducción a las cortes americanas en Nueva York.
Hace bien Estados Unidos en no gobernar de manera directa mediante una invasión permanente, sino en ir trabajando para crear las condiciones de un tránsito hacia el restablecimiento de la democracia en Venezuela, al tiempo de no olvidarse de cuadrar las cuentas pendientes con el resto de la primera línea del chavismo y sus aliados en el continente americano. Entre ellos, las cuentas con el demente presidente de Colombia, Gustavo Petro, a quien desde ya le vaticinamos que su extracción a Estados Unidos tiene plazo, pero no rebaja, pues Petro, más temprano que tarde, estará allá rindiendo descargos por una interminable lista de delitos derivados de sus relaciones con el Clan del Golfo, el Tren de Aragua, el ELN, las disidencias de las FARC, el Pacto de La Picota, el Cartel de los Soles, la financiación con recursos del narcotráfico de sus campañas presidenciales, entre otros, que obviamente los americanos ya tienen bastante documentado, pues en parte de ello soportaron hace poco la inclusión de Gustavo Petro, Verónica Alcocer y Nicolás Petro en las listas OFAC y Clinton.
Ya quedó claro que hacerse videos para retar o ridiculizar a los americanos no le sirvió a Noriega hace treinta años ni le sirvió recientemente a Maduro, y por eso Petro debe cuidarse de seguir retando al presidente Donald Trump y al canciller Marco Rubio, diciéndole que “vengan por mí”, “a mí no me amenace, aquí lo espero si quiere”, “no se metan con la patria de Bolívar”, “no despierten al jaguar dormido” o “métame preso si puede”, pues lo cierto es que los americanos suelen conceder todo ese tipo de deseos a quien le tienen ganas, como es el caso de Petro.
Si bien es cierto, la situación de Venezuela es distinta a la de Colombia y Petro no es ciertamente Maduro, también es cierto que, entre Maduro y Petro, entra el diablo y se niega a escoger. En Colombia, algunos han ya naturalizado como simple paisaje las conocidas alianzas de Petro con el narcotráfico y las organizaciones criminales nacionales y extranjeras y, metidos en un falso nacionalismo, les parece aterrador que los Estados Unidos venga también por Petro, cosa que, parafraseando a Trump, a mí también “me suena bien”.
