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Salir al otro lado es la prioridad

Pablo Felipe Robledo

28 de enero de 2026 - 12:05 a. m.

Colombia atraviesa un momento complejo no solo en su institucionalidad sino en su sistema democrático. En los actuales momentos, el régimen presidencialista en que estamos montados –que siempre ha tenido sus debilidades por cuenta del excesivo poder que, en la teoría, tienen y que en la práctica han ejercido todos los mandatarios– se encuentra exacerbado por el delirio de grandeza y la omnipotencia de quien ha venido ejerciendo la presidencia y que está a menos de 200 días de irse del solio de Bolívar.

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El presidente ha abusado de su poder para desprestigiar y trapear con la institucionalidad como nunca alguien se había atrevido ni imaginado. Gente sin méritos, sin preparación, sin estudios, sin experiencia, sin vocación de servicio, sin carácter y sobre todo, sin principios, han dirigido a todas las entidades del ejecutivo en estos últimos tres años, casi que sin excepción. Han sumido a la institucionalidad no solo en el desprestigio sino en la ineficacia, convirtiendo cada entidad no solo en minas burocráticas y politiqueras sino en un verdadero circo. El presidente Petro tiene un imbatible récord por el que claro que será recordado y puesto como ejemplo en las clases de mal gobierno, no solo haber nombrado un ministro cada 18 días, sino tener la capacidad de nombrar en cada relevo a alguien más malo.

Atrás quedaron las consignas de lo que, sin discusión, tuvimos por cierto. A los altos cargos del gobierno debían llegar los más idóneos, más preparados, más técnicos y con mayor experiencia, para que trabajar por Colombia fuera más eficiente y los recursos públicos pudiesen ser invertidos de la manera más correcta. Aquí hemos advertido que, con el actual gobierno, eso está revaluado y totalmente contrariado.

Cada nombramiento es cada vez más vergonzoso. Quienes en el pasado hemos ejercido funciones públicas en cargos de alto relieve y responsabilidad, cada día nos sentimos aturdidos al ver que quienes hoy están sentados en los mismos asientos que algún día ocupamos no tienen los méritos que en algún momento se pensaba eran los necesarios para ejercer tales dignidades. Y lo más grave es que las ejecutorias de política pública hoy se menosprecian y se sustituyen por caprichosas actuaciones sin norte, ni sustancia, que hacen que todo sea visto como al revés, patas arriba. Reina el mundo del fanatismo, la improvisación y el desprecio por lo correcto.

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El país está anestesiado ante tanta brutalidad en la administración pública, ya nada sorprende por grave que sea. Cada día ocurre algo peor, y parece que a nadie ya importara, porque la pelea por lo correcto y lo adecuado está casi que perdida. Es tan bajo el nivel de discusión, que la improvisación y la ignorancia parecen ganar por knockout, por walkover, por físico cansancio.

Los electores tienen la palabra. En este país nada va a cambiar si los colombianos no lo hacen mandatorio en las urnas. Hay que ser bastante inteligentes, y pensar en que, si el actual gobierno conserva el poder, esto que aquí se ha descrito como una crisis en la institucionalidad y en las políticas públicas, será la regla general y hasta terminaremos acostumbrándonos a que en Colombia el circo mayor sea el Ejecutivo.

Pueda ser que, en lo poco que resta del mandato del actual presidente, que por fortuna ya es casi nada, la institucionalidad funcione para pararle los abusos a este inescrupuloso Gobierno y, sobre todo, que el legislativo y las altas cortes se pongan firmes en su lugar, haciendo funcionar el sistema de pesos y contrapesos que, en este punto, es lo único que puede salvar a la institucionalidad y a la democracia misma.

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No hay noche a la que no le siga la luz del sol y no hay crisis que no se supere, pero lo de ahora no tiene mucho tiempo y requiere de decisiones serias de los colombianos pues, en todos los que hoy estamos inconformes, está la posibilidad de ver la luz al final del túnel. Salir al otro lado es la prioridad.

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