Esta semana se cumplió el primer año de desgobierno de Gustavo Petro como presidente de Colombia. Un primer año que, para millones de colombianos, duró como cinco minutos, pero debajo del agua. Difícil describirlo, pero, en síntesis: ¡Qué agonía! ¡Qué desgaste! ¡Qué horror! ¡Qué mal!
Por más que trato de encontrar algo bueno en lo sucedido durante el primer año de la presidencia de Petro, no lo logro, salvo el hundimiento de casi todas sus nefastas reformas. Todo fue fiasco, charlatanería, chabacanería, mal gusto, mentiras, payasadas, pero sobre todo improvisación y corrupción. Hoy en Colombia reina el pesimismo y quien hoy está en modo positivo es porque cree que Petro no durará todo el cuatrienio.
El Gobierno de Petro, tal vez como ningún otro, ha tenido tantos ministros “renunciados” en su primer año, van 11. Empero, lo que más sorprende de Petro no es solo su gran capacidad para nombrar ministros efímeros sino para reemplazarlos por alguien peor. Es como si el lema fuese: lo saco por malo y lo reemplazo con pésimo. Es una historia sin fin, muy particular en Petro, siempre tan mal rodeado y sin límites en ello.
Lo más grave es que con esa inestabilidad institucional, que baila al son del desequilibrado presidente, es imposible construir políticas públicas e implementarlas, diseñar proyectos y sacarlos adelante, pues los ministerios quedan sometidos a los designios del ministro de turno, en la mayoría de los casos desinformado y no estudiado. Quien apenas empieza a entender la cartera ya está haciendo empalme con su sucesor.
Sumado a lo anterior, este primer año de desgobierno de Petro se ha caracterizado por la impuntualidad del presidente. No llega cumplido a ninguna parte y en muchísimas ocasiones ni siquiera llega, razón por la cual, en ese sentido, ha demostrado su máximo irrespeto frente a los demás y ha dilapidado miles de millones de pesos en gastos operativos y logísticos en muchísimos eventos, y lo que es aún peor, de esa impuntualidad se han contagiado todos los ministros y altos funcionarios. Viven en continuo desplante con Raimundo y todo el mundo, lo cual es un método exótico, por decir lo menos, de llevar las riendas de un país.
Pero, claro, como todo es susceptible de empeorarse, este Gobierno del cambio —pero en reversa— se ha caracterizado por grandes escándalos de corrupción, no solo de ahora sino de la campaña presidencial cuya violación de los topes electorales sería lo menos grave que habría ocurrido. La familia presidencial y el propio presidente Petro, y sus más cercanos colaboradores ya se encuentran comprometidos con alma, vida y sombrero en los más penosos y bochornosos episodios que dan cuenta de vínculos con narcotraficantes, paramilitares, “caballeros de industria”, corruptos y todo tipo de indeseables, en un escándalo que parece haber tocado fondo pero que en realidad apenas empieza en historias, relatos y sobre todo en involucrados. La lista de nombres y delitos recorrerá todo el abecedario y el Código Penal.
En fin, a estas alturas es de suponer que el gran reto de Petro será terminar su período presidencial, el que en realidad nunca mereció tener pero que logró conseguir combinando todas las formas de lucha desleal y trampa, que ahora juegan en su contra porque “Dios no castiga ni con palo ni con rejo”.
En este ambiente la única noticia buena es que Petro estará en imposibilidad absoluta de avanzar con sus descabelladas reformas, así como de tramitar con éxito una reforma constitucional o convocar una constituyente que le permita cumplir su sueño de perpetuarse en el poder o dejar un sucesor de sus entrañas.
Miren pues, no todo es tan malo.