Magnífico lo que acaba de ocurrir en Chile. La decisión del pueblo austral de rechazar la propuesta de reforma plebiscitaria a su constitución política demuestra cómo el populismo, si bien “gobierna” en Chile, no se ha logrado apoderar de esa nación.
Y es que lo cierto es que el populismo ha tratado de apoderarse de Chile a través de discursos que, al igual que el canto de las sirenas, tratan de engañar y atraer a los ciudadanos para que acepten todo lo que estos perversos e impreparados “líderes” prometen al vender humo como recetas mágicas para un falso mejor futuro de sus naciones.
Chile es uno de los países más importantes de la región. De ello no hay duda. Cuenta con buenas políticas públicas, con interesantes indicadores económicos y prósperas condiciones para desarrollarse armónicamente. En América Latina, Chile ha sido pionera de importantes transformaciones sociales y por esta razón es que la decisión de rechazar la constitución propuesta por el deficiente gobierno de Boric es una positiva alarma para aquellos países que, al igual que Colombia, se han dejado hipnotizar electoralmente por el canto populista que siempre ve el vaso vacío para exacerbar los ánimos y potencializar la inconformidad a cambio de promesas irrealizables o, en el mejor de los escenarios, insostenibles. Da igual.
Lo que es verdaderamente magnífico es que el mismo pueblo chileno sea el que rechace la loca propuesta de reforma a la constitución elaborada a la sombra del gobierno de Boric, quien de manera paradójica había convocado una serie de marchas y protestas en el año 2020 en las que se había obsesionado con cambiar la constitución de Chile. Buena parte de ese mismo pueblo chileno que le comió cuento hace un par de años al revoltoso Boric y salió a destruirlo todo, el pasado domingo le dio la espalda como presidente, en el marco de un sentimiento de descontento creciente que ya no se deja seducir por la trampa populista.
Lo que pasó en Chile tiene ciertas coincidencias con Colombia, en donde la inconformidad ciudadana también se volcó a las calles a destruirlo todo, envenenada en gran medida por el obtuso populismo de izquierda, lo cual se terminó reflejando en la elección de Petro como presidente, otro revoltoso, pero con mayor kilometraje que Boric.
Sin embargo, tanto en Chile como en Colombia, los primeros días de gobierno han sido señal inequívoca del desastre y de la falta de capacidad de gobernar por parte de una izquierda trasnochada y recalcitrante, que todo lo quiere destruir, que cree que todo está mal y que todo tiene que ser objeto de refundación.
Y por esto, lo ocurrido en Chile es una alarma para el pueblo colombiano y para el gobierno de Petro, porque si bien el pueblo ya cayó en la trampa de escogerlo como presidente, no necesariamente caerá en la trampa de decirle que sí a todo lo que a él se le ocurra.
Inconsecuente y oportunista Petro. Al paso que se pregona defensor de la libre autodeterminación de los pueblos, llama fascistas, por decir lo menos, a la mayoría del pueblo chileno que no estuvo de acuerdo con las propuestas populistas presentadas por su homólogo presidente de Chile.
Petro es un mar de contradicciones, un ilimitado perturbador de la sociedad, a la que descalifica y agrede cada vez que pasa algo que no le gusta. Pero es apenas obvio que ese efecto opioide tan solo dure un rato, porque más temprano que tarde, los pueblos terminan chiflando a quien algún día edificó su triunfo con cimientos populistas. No hay traba que dure toda la vida. Viva Chile, ojo Colombia.
Estoy en la oposición y seguiré en ella.