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Con fecha de vencimiento

Pablo Leyva

30 de octubre de 2022 - 12:30 a. m.

Un sorpresivo giro de César Gaviria, seguido con obediencia por los congresistas del Partido Liberal, marca el inicio de una posible y absurda ruptura de los acuerdos de los partidos tradicionales con el Pacto Histórico para lograr una salida inteligente y pacífica del modelo actual. Las declaraciones agresivas de los voceros liberales sobre la reforma tributaria —que estaba convenida, salvo posibles torpezas de los proponentes— y las líneas rojas planteadas —después azules y demás— a numerosos artículos evidencian la resistencia de los sectores tradicionales al mínimo cambio. Con demagogia ligera los voceros presentan como perjudiciales para las clases populares los impuestos a los alimentos ultraprocesados, claves para la salud, y los impuestos a las actividades comerciales de algunas iglesias o profesiones, y a las excesivas ganancias minero-energéticas coyunturales. Al mismo tiempo muestran con orgullo una carta de empresarios norteamericanos que se oponen a la reforma tributaria, que en realidad defienden intereses particulares y apoyos políticos.

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El país está inscrito en el modelo productivista globalizado que no considera los límites del planeta. Fuerzas productivas mayores determinan sus posibilidades de expansión internacional y local. En consecuencia, dificultan la distribución social de los beneficios. Las crisis internacionales, la pandemia del COVID-19, los efectos del calentamiento y el cambio climático global (olas de calor insoportables, sequía, incendios forestales, lluvias excesivas, inundaciones y erosión costera) y la guerra en Ucrania no se entienden como alertas para corregir el rumbo y evolucionar. En China, Europa, Rusia y América las respuestas para imponer un crecimiento imposible son autoritarias y militares. En el país no se leen las señales; “seguridad” y “crecimiento” son sinónimos de bienestar y desarrollo para todos…

Sobran las explicaciones sobre la importancia de los hidrocarburos para la economía nacional; esa dependencia es el problema, la descarbonización es urgente a corto plazo. La cortedad de los argumentos sobre la reducida contribución nacional al calentamiento global es evidente. Falta examinar los riesgos y costos de adaptación a los impactos y efectos del cambio climático, como la inundación costera, los cambios en los ecosistemas y agroecosistemas, en la producción de alimentos, en la salud de la población y las posibles reacciones de los países poderosos para protegerse, etcétera. No incorporar explícitamente la realidad natural y social en los análisis es imperdonable. ¿Se considera acaso que el cambio climático y global funciona de acuerdo con las previsiones de los modelos económicos locales simples? ¿No bastan las señales de la naturaleza, las alertas de los científicos, las migraciones, la miseria y la pobreza de amplios sectores, incluso en países “desarrollados”?

Encontrar una vía nacional en el escenario global es importante; urgen acuerdos para iniciar la transición. En las últimas décadas el país ha sufrido un proceso sistemático de deconstrucción, un paisaje devastador. No se trata de reparar daños y distribuir escombros. Se necesita construir una sociedad digna. La fecha de vencimiento del modelo de crecimiento y consumo expiró.

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