Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Desde hace varios meses en Bogotá, la Sabana, sus valles aledaños y riberas, he visto morir los sauces llorones. Primero las hojas más altas adquieren un color amarillento, se marchitan y caen; el proceso se extiende a todas las hojas hasta alcanzar las ramas y el tronco; el árbol enfermo cede, pequeños organismos le dan un color amarillo-verdoso intenso a la corteza, seguido por el negro de la contaminación atmosférica y la muerte.
También he visto en la Sabana, sus cerros circundantes y sistemas montañosos, cómo individuos de varias especies vegetales están afectados por la falta de humedad y enfermedades; con frecuencia, las hojas presentan manchas café, son perforadas o devoradas por las plagas y los rebrotes se marchitan. Algunas plantas, según la especie y el lugar, resisten más; otras se enferman y mueren...
Es muy triste ver cómo se secan lentamente los muelles (falsos pimientos) en calles y parques de Bogotá. Muchas personas también han visto con preocupación cómo se están afectando en toda la región algunos nogales, cedros, alisos, cerezos, robles, tibares, guayacanes, romerones, cucharos, sangregados, tunos, alcaparros, cajetos, duraznillos, raques, borracheros, fucsias, arrayanes, arbolocos, gurrubos; urapanes, nísperos japoneses y magnolios; también los pastos, los pinos, eucaliptos y acacias aguantan un poco más… Al regarlas, unas plantas se recuperan con traumatismos evidentes. Sobreviven espinos nativos, mortiños, hayuelos, chilcos y fiques…
He visto el suelo seco disminuir los cauces y desaparecer estanques y nacederos y especies acuáticas propias reemplazadas por otras extrañas. He visto expandirse el retamo espinoso y aparecer nuevas especies invasoras.
A pesar de que las lluvias presentaron algunos excesos con relación a los promedios históricos mensuales, ¿será posible que desde la fuerte sequía del 2024, la condición dominante en la región esté marcada por un estrés hidro-climático, reforzado por la demanda de agua de la población y la presión de la urbanización (el volteo de tierras), la infraestructura, la industria y la minería? ¿Será posible que todo esto haya producido un descenso de los acuíferos y un déficit de humedad del suelo?
La urgencia de garantizar el abastecimiento de agua para Bogotá y las cabeceras municipales ha centrado la mirada en embalses y reservorios. Se ha olvidado observar el sistema socioecológico regional, la vulnerabilidad y particular debilidad en que probablemente se encuentra, el alto riesgo que esto representa y la necesidad de tomar medidas urgentes de prevención y adaptación de corto y largo plazo. No es la “sorpresa” de los impactos y efectos del cambio climático o “la fuerza” de El Niño en curso, ni una falla de “las instituciones”. La responsabilidad es de algunos de quienes las dirigen y nos representan, no tienen la información por desidia o la tienen y no la quieren ni ver, no la entienden por ignorancia, no la comunican adecuadamente y toman decisiones sólo por interés político y económico inmediato. También contribuye nuestro comportamiento y ceguera. No es el clima, es la política.
