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30 Nov 2022 - 5:30 a. m.

Actos nada protocolarios

Rabo de ají

La pelea es por la mayor visibilidad posible. Los dueños de Catar lo hacen con plata: levantan edificios transparentes, tiran mármol en el piso de los estadios, construyen un metro para mover hinchas y periodistas, ventilan a sus visitantes con las caricias de un aire más confortable… Gastaron US$200.000 millones acondicionando su desierto. Brasil gastó US$15.000 millones y Rusia, US$11.600 millones. Catar celebra sus 50 años exhibiendo una fiesta aparatosa para demostrar que existen, que son beduinos que ahora viven en un inmenso centro comercial bajo una carpa antigua e imaginaria.

Pero los más visibles son los jugadores y cada gesto puede borrar tres autopistas y dos hoteles. La FIFA sigue repitiendo que los futbolistas deben concentrarse en los arcos y dejar la política para recintos más reducidos. Sin embargo, cada día el deporte tiene más relevancia en la opinión política. Brasil y su reciente lucha electoral por la Verdeamarela es un buen ejemplo. Bolsonaro y sus seguidores la tomaron como prenda de campaña. Neymar dijo que le dedicaría al candidato derrotado su primer gol en el Mundial.

Los futbolistas no son los llamados a denunciar la maldad, no se les puede pedir activismo y compromiso, sus equipos no son una ONG y las selecciones no conforman la Asamblea General de Naciones Unidas. Pero es imposible impedirles una postura, una opinión visible. El valor y la lucha individual son lo más importante de su vida y para muchos es inevitable mostrarlo más allá de las canchas. Jesse Owens lo hizo sin darse cuenta en 1936 —aunque fue más discriminado en Estados Unidos que en Alemania donde terminó trabajando en una lavandería—, Mohamed Alí fue profeta en su tierra y más allá, la selección holandesa dejó a la Junta Militar con las medallas en la mano… El podio es también un atril para hablar de política, derechos y torcidos.

En el Mundial hemos visto a Inglaterra con la rodilla al piso en el primer partido, a los alemanes cubriendo su boca contra la censura. Los cataríes respondieron con imágenes de Mesut Özil, alemán de origen turco, con la boca tapada en alusión a las denuncias del zurdo por el racismo de la tribuna de su país y la pasividad de la Federación. Vimos a los iraníes como estatuas ante su himno en el primer partido y como tristes ventrílocuos entonándolo en el segundo juego. Tal vez lo peor fue ver a un juez de línea revisar el brazalete de Neuer, el arquero alemán, en busca de una bandera arcoíris. El guardameta decidió llevar los colores en sus guayos. Lástima que no los haya puesto en la cinta de capitán: ver una tarjeta amarilla, la sanción anunciada, por una banda de colores hubiera sido histórico. Una mezcla inédita de reglamento y política. Los gringos modificaron la bandera de Irán, quitaron la inscripción con el nombre de Dios, y ahora los iraníes piden su expulsión del Mundial por violar disposiciones de FIFA. Y Klinsmann, exseleccionador alemán y observador de la FIFA, ha señalado a Queiroz de jugar sucio en el juego contra Gales y asoció esa conducta con la sociedad iraní: “Encaja muy bien con su cultura”, dijo. Queiroz, héroe del fútbol de ese país, respondió insinuando los antecedentes alemanes en temas de discriminación y llamando a su escuadra a concentrarse en el juego: “Su misión es hacer feliz a la gente”.

El fútbol es también un juego de gestos. Veremos si se recuerda más el chicle que CR7 sacó de su “bolsillo” en pleno partido o el tapete que México le puso a Messi en su camerino, que los “discursos” de algunas selecciones y jugadores.

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