Es inevitable juzgar a las personas por sus amigos y preferidos. La amistad es una elección crucial, una inclinación que define nuestras fobias, nuestros límites, nuestra manera más grata de ser humanos. Aunque haya amigos que nos lleven al límite, siempre habrá algo en ellos que nos dice que son indispensables, que tienen el poder de conmover, de emocionar, de chocar de la forma más emotiva y dolorosa. No hay amistades verdaderas y desinteresadas, si un amigo o amiga no despierta un interés es solo un figurante más, un transeúnte. La opinión de esas amistades debe ser siempre una incógnita, nadie quiere palabras sabidas, solo un amigo que mira de soslayo merece una pregunta. La amistad es también una especie de llamado, un asomo, una promesa, “un impulso natural”, dijo Séneca, “un instintivo placer”.
Es muy difícil llevar todas las condiciones y las ofrendas de la amistad a las relaciones entre países, tal vez por eso la retórica oficial habla siempre de “países hermanos”. Y mucho más difícil llevarla a las relaciones entre gobiernos, siempre plagadas de intereses y simulaciones, de dependencias y amenazas, de sometimiento y temor. La diplomacia en últimas es un antónimo de la amistad, una formalidad en busca de reciprocidad. O un inclinarse en busca de protección.
La polémica por las ayudas internacionales dejó un énfasis, muy temprano y confuso, en los preferidos del gobierno de Abelardo de la Espriella. Los gobiernos y las banderas que acompañarán de cerca al presidente colombiano en sus protocolos, negocios, respaldos y posibles traiciones. Las filias del presidente nos atarán de algún modo durante estos cuatro años. También las peligrosas fobias que exhibe su canciller.
El hecho probado de que Estados Unidos e Israel serán la mancorna que acompañe el traje de Abelardo de la Espriella deja muchas preocupaciones. Lo primero es que esa relación estará muy lejos de la reciprocidad, un requisito clave para llamar amistad a cualquier tipo de vínculo. El presidente se precia de su cercanía con Donald Trump y exhibe con orgullo su pasaporte estadounidense, pero es imposible no verlo en la condición de un ahijado, un hombre expuesto y condescendiente, un adepto que jamás podrá ser un amigo. Si en la amistad el interés material es un embozo que todo lo confunde, en la relación entre países la dependencia, el miedo, la devoción es una entrega, una traición en últimas. Un presidente destinado a congraciarse con un líder que se pretende dueño del mundo siempre será un peligro. Gorgona no es Groenlandia, pero puede ser un ejemplo de la pequeña piedra que Abelardo estaría dispuesto a entregar como obsequio para su “homólogo”.
Séneca, quien era exigente pues iba en busca de un amigo sabio, afirmaba que su amistad jamás admitiría a un “hombre indigno”, y que una de las grandes dificultades de tener amigos poderosos era elegir al menos corrompido de todos. Y jamás al prestamista. Abelardo ha elegido como su amigo, así su amigo no lo sepa, a uno de los más corrompidos poderosos del momento. Un embaucador, condenado en su país, artífice de ejecuciones extrajudiciales, un hombre desmesurado en poder y arrogancia. Alguien que no dudaría en destriparlo ante una mínima desobediencia. Trump ha ordenado el asesinato de colombianos en el Caribe y el Pacífico, y nuestro presidente acaba de acordar operaciones conjuntas con su ejército. Comprar un amigo de ese tamaño implica grandes sacrificios.
También eligió como amigo a un hombre acusado de crímenes de lesa humanidad. Un presidente que ha utilizado la muerte de sus compatriotas para impulsar un ataque a la democracia en su país, para imponer un fundamentalismo. Sus amigos lo desdeñan con cortesía. Nos costará su empeño en cortejarlos, su logró de un recuerdo en el álbum del fin del curso.